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Y hete aquí que, en uno de los recesos del extenuado macho, la hembra da por fin con una presa. Una distraída abeja que vuela de flor en flor. Y, como si de un arpón se tratase, se dispara hacia ella y la perfora con su trompa bisturí-aspiradora. Tan rápido que ni el macho entiende muy bien qué ha pasado.

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Ensartada en pleno vuelo, a unos cuantos centímetros de la rama. La hembra vuelve con su aperitivo, sin dirigir siquiera una mirada al desconcertado noviete.

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¿Sexo? ¿Quién quiere sexo teniendo a tiro esta abeja que está para mojar grano?

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La perplejidad del macho es total. Casi diría que se va difuminando en el paisaje, pero no es más que un desenfoque típico de macro. La mira y la mira, y no acaba de creérselo. ¿Qué hay de mi atractivo fatal?

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Y ella, a lo suyo.

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Y él, que no acaba de reaccionar,

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se acerca lentamente para cerciorarse de que no sueña, de que realmente está quedando fatal.

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Nuestra amiga ni se inmuta.

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Slurp, slurp, ñam, ñam ñam.