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No sé si cegado por el estupor o por los vapores provocados por la tórrida meteorología, lo cierto es que nuestro Don Juan quiere constatar de cerca su vergüenza, y se acerca a la mosca de sus sueños para contemplar, frente a frente, el cuadro.

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Pues sí que está comiendo, sí, la muy petarda. Y yo que siempre fui un romántico.

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Si a las moscas asesinas también se les rompiera el corazón, yo habría apostado en ese momento por que el de este macho estaba hecho trizas. Dando la espalda, sopesando la situación…

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¿Abandonar? ¿Pagar con desplante este cruel menosprecio? ¿Volar todo lo lejos que pueda y olvidarla ya para siempre?…