Hay una escena en *Día cero* en la que Robert De Niro, con el rostro marcado por la tensión y una mirada que ya ha visto demasiado, se detiene frente a una pantalla negra. No hay sonido, solo el latido de una ciudad paralizada. Un ciberataque ha desatado el caos hospitales sin energía, aviones sin control, trenes descarrilando. Todo en cuestión de segundos. Y él, George Mullen, expresidente de Estados Unidos, es el único que parece entender que esto no fue un accidente, sino una guerra silenciosa que ya empezó. No con balas, sino con código.
Un thriller que se siente real
La premisa de *Día cero* no es ciencia ficción. Es una extrapolación cuidadosa de lo que podría ocurrir si un ataque informático coordinado desmantelara las infraestructuras críticas de una nación. La serie, compuesta por seis episodios que oscilan entre los 43 y los 59 minutos, no se entretiene en rellenos. Cada minuto cuenta, como si el tiempo fuera también una víctima del ataque. El ritmo es apretado, casi claustrofóbico, y el tono, sobrio. Nada de efectos espectaculares por el mero placer de impresionar. Aquí, el terror está en lo silencioso una señal que se apaga, un sistema que falla, una vida que se interrumpe sin aviso.
El personaje de De Niro, George Mullen, no es un héroe de acción. Es un hombre cansado, con cicatrices políticas y emocionales, que regresa al escenario no por ambición, sino por responsabilidad. Su presencia aporta una gravedad que rara vez se ve en las series de streaming, donde a menudo prima la velocidad sobre la profundidad. A su lado, Jesse Plemons y Lizzy Caplan construyen personajes complejos él, un analista de inteligencia con dudas éticas; ella, una periodista que descubre que la verdad no siempre libera, a veces solo asusta más.
El impacto en la pantalla y más allá
Cuando Netflix lanzó *Día cero* en febrero de 2025, las cifras no tardaron en hablar. 70,6 millones de visualizaciones y 363,6 millones de horas vistas en poco tiempo. Son números que sitúan a la miniserie entre los estrenos más fuertes del año en la plataforma. Pero también revelan algo más incómodo el interés masivo por un escenario apocalíptico que, en el fondo, muchos sienten que ya no es tan improbable.
La serie fue creada por Eric Newman, Noah Oppenheim y Michael S. Schmidt, un equipo con experiencia en narrativas políticas y periodísticas. No es casualidad que el relato tenga un pulso tan realista. La trama se mueve entre el thriller de espionaje y la advertencia social, como si quisiera sacudirnos ¿estamos preparados para una guerra que no se libra en campos de batalla, sino en servidores y redes eléctricas?
El ciberataque ficticio de *Día cero* deja 3402 muertos. Una cifra escalofriante, pero no imposible de imaginar. En 2021, un ataque a la planta de oxígeno de un hospital en Alemania ya puso sobre la mesa esa posibilidad. Y cada año, los incidentes de este tipo aumentan. La frontera entre ficción y predicción se vuelve cada vez más delgada.
A pesar del buen arranque, *Día cero* no tardó en caer del top 10 de lo más visto en Netflix. Ese detalle, aunque parezca menor, dice mucho. Tal vez el público prefiera distracciones más ligeras. O quizás la serie fue demasiado intensa, demasiado cercana a la realidad como para mantenerla en la pantalla por mucho tiempo. Como si, después de mirar al abismo, todos necesitáramos cambiar de canal y fingir que el mundo sigue siendo predecible.