“Cochinas” se mete en un videoclub: en Valladolid (1998), el alquiler de porno sostiene el negocio y cambia a Nines

En Valladolid en 1998, Nines asume el videoclub familiar tras el coma de su marido y descubre que el negocio depende del alquiler de películas pornográficas, dando paso a confidencias y cambios en el barrio.

30 de abril de 2026 a las 09:42h
“Cochinas” se mete en un videoclub: en Valladolid (1998), el alquiler de porno sostiene el negocio y cambia a Nines
“Cochinas” se mete en un videoclub: en Valladolid (1998), el alquiler de porno sostiene el negocio y cambia a Nines

En pleno auge del contenido globalizado, donde los algoritmos parecen empeñados en mostrarnos más de lo mismo, una comedia española estrenada el 24 de abril en Prime Video ha conseguido algo poco común llamar la atención no por su presupuesto ni por su catálogo de estrellas internacionales, sino por su olor a piso de barrio, a cinta VHS mal etiquetada y a secretos que se cuelan tras la cortina del salón. Cochinas no suena como una serie cualquiera. Suena, más bien, como un susurro que se convierte en grito.

Un videoclub como excusa para hablar de todo

La historia se sitúa en Valladolid, 1998. Nines, interpretada con contundencia contenida por Malena Alterio, es una ama de casa conservadora que vive al margen de las convulsiones sociales que ya empiezan a agitar otras ciudades. Su mundo cambia de golpe cuando su marido entra en coma y ella debe hacerse cargo del videoclub familiar. Pronto descubre una verdad incómoda lo único que mantiene el negocio a flote es el alquiler de películas pornográficas. Lo que en otras manos podría ser una trama basada en el escándalo fácil, aquí se convierte en el punto de partida de una transformación íntima, colectiva y profundamente humana.

El videoclub deja de ser solo un negocio. Se convierte en un espacio de encuentro, de confidencias, de desobediencia silenciosa. Las mujeres del barrio, muchas veces invisibles, comienzan a acercarse, a curiosear, a preguntar. Algunas por morbo. Otras, por necesidad. Otras, simplemente, por encontrar un resquicio de libertad en un entorno que les ha negado el derecho al deseo.

Un éxito inesperado en un mar de franquicias

Según los datos de FlixPatrol, Cochinas se ha colocado como la serie más vista en España en la plataforma, superando en audiencia a títulos internacionales como The Boys o Invencible. Este dato no solo habla de popularidad, sino de hambre la audiencia parece estar sedienta de historias que les miren a los ojos, que no les vendan espectáculo vacío, sino que les devuelvan su propia realidad, con sus arrugas, sus silencios y sus pequeñas rebeldías.

En un catálogo cada vez más dominado por universos compartidos, reinicios y secuelas infinitas, Cochinas irrumpe como una rareza. No necesita efectos especiales para generar tensión. Basta con una mirada cruzada entre dos vecinas en la sección de adultos. No necesita superhéroes para hablar de poder. El poder aquí es el de una mujer que por primera vez decide qué película se lleva a casa. No necesita gritar para ser subversiva. Su rebeldía es una sonrisa contenida, una decisión discreta, un cambio de etiqueta en una cinta de vídeo.

Sexo, tabú y una España que aún se escandaliza

Las primeras críticas coinciden en un punto esta serie no busca escandalizar por escandalizar. Su ambición es más profunda. A través de la comedia, Cochinas desnuda una España que, a pesar de los años, sigue incómoda con el sexo, especialmente cuando lo ejercen las mujeres. El porno no es aquí una broma fácil, sino una metáfora si lo prohibido es lo que mueve el mundo, ¿por qué no hablar de ello? ¿Por qué no entenderlo? ¿Por qué no usarlo como herramienta de conocimiento?

El barrio se transforma poco a poco. No con revoluciones ruidosas, sino con gestos mínimos una vecina que empieza a elegir sus propios gustos, una adolescente que pregunta por películas que no están en la cartelera oficial, una amistad que nace tras un alquiler clandestino. El verdadero acto subversivo no es ver porno, sino decidir libremente qué ver, con quién y por qué.

En ese contexto, Cochinas se convierte en más que una comedia. Es un retrato de época que tiene eco en el presente. Habla de represión, sí, pero también de resistencia cotidiana. De cómo los espacios pequeños un videoclub, una cocina, una conversación de ascensor pueden ser el epicentro de cambios que nadie anuncia, pero que todos sienten. Y en un momento donde la ficción parece querer escapar cada vez más de la realidad, esta serie apuesta por mirarla de frente, con ironía, con corazón y con una pregunta que flota tras cada episodio ¿cuántas revoluciones empiezan en silencio, sin que nadie se dé cuenta hasta que ya es tarde para ignorarlas?

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