El universo de Mario saltó hace décadas de las pantallas de los videojuegos a nuestra cultura colectiva. Ahora, con *Super Mario Galaxy La película*, ha dado un paso más ha despegado del planeta Tierra hacia el cosmos del cine comercial global. Estrenada el 1 de abril, la cinta ha hecho temblar las taquillas con una fuerza centrífuga que pocos esperaban. No fue una explosión efímera. Fue un estallido estelar sostenido.
Un fenómeno más allá de los sueños de plata
Los números hablan claro más de 300 millones de dólares recaudados en Estados Unidos y otros 600 millones en el mercado internacional. Esas cifras no solo convierten a la película en el mejor estreno de la historia en un mes de abril, sino que también la posicionan como **la primera película del año en superar ambos hitos simultáneamente**. En una industria donde cada centavo cuenta y donde los éxitos se miden en olas de impacto, esta ha sido un tsunami bien orquestado. Y todo sin necesidad de forzar el acelerador con efectos vacíos el público ha ido de forma masiva, una y otra vez, impulsado por el peso del cariño, la nostalgia y, sobre todo, una apuesta técnica arriesgada pero brillante.
La fórmula del color que enamora
Desde el primer fotograma, la cinta se presenta como un festival visual. La calidad de la animación es fantástica, un festival de luz y color que muestra a los protagonistas en su mejor forma. Es como si cada galaxia, cada planeta esférico y cada estrella fugaz hubieran sido diseñados no solo para cumplir una función narrativa, sino para regalarnos un instante de asombro puro. La estética del juego original se ha traducido al cine con una fidelidad casi obsesiva, pero sin caer en el pastiche. Hay vida en esos mundos diminutos, hay textura en los saltos, hay gravedad aunque la física a veces decida tomarse unas vacaciones.
Y en medio de ese universo, aparece Yoshi. O mejor dicho, reaparece. Interpretado por Donald Glover, el dinosaurio verde más querido de la historia del videojuego cobra una dimensión nueva. No solo por el talento vocal del actor, sino por cómo su personaje se integra en la trama **tan mono (o dinosaurio) como el de los videojuegos**, pero con un toque de ironía y calidez que solo Glover puede ofrecer. Su voz no interpreta tanto como acompaña, como si fuera el mejor amigo que siempre ha estado ahí, aunque nunca lo hubiéramos escuchado hablar.
Entre el vértigo y el bostezo
Porque, claro, no todo es perfección cósmica. La crítica no ha sido unánime en todos los aspectos. Si bien se elogia el ritmo trepidante de la primera mitad descrita como "una montaña rusa vertiginosa", algunos señalan que **a mitad de la película, da la sensación de que el ritmo decae un poco**. Es como si, tras un salto cuántico, la cinta necesitara reajustar su órbita. El humor, por otro lado, ha recibido matices "es verdad que el humor no es demasiado fresco", admiten varios reseñistas. Hay chistes que parecen sacados de un manual de comedia familiar del siglo pasado, con giros previsibles y gags físicos que ya hemos visto, y bien, en otras entregas del género.
Pero también hay una verdad más profunda el conjunto aguanta y es una de esas películas que se disfrutan, tanto si eres fan de la saga como si no. Y eso, en tiempos de saturación audiovisual, es un logro en sí mismo. No hace falta ser un jugador empedernido de *Super Mario Galaxy* para sentir una sonrisa tonta al ver a Mario corriendo sobre la superficie de una bola de cupcake mientras esquivas cometas. El cine, al final, también es eso momentos de alegría pura, incluso efímera, que se quedan grabados en el rostro.
"Yo he estado con la sonrisa grabada en el rostro durante la mayor parte de la proyección" - Ana López, crítica de cine de CineMundo
Esta película no revolucionará el séptimo arte. Pero sí ha redefinido lo que significa un estreno en abril, un mes que solía ser tierra de nadie entre grandes sagas. Ha demostrado que el legado de Nintendo, lejos de vivir solo en consolas o coleccionistas, puede expandirse con fuerza en el imaginario colectivo. Y sobre todo, ha recordado algo esencial que el poder de una historia bien contada aunque esté llena de champiñones parlantes y tortugas voladoras radica en su capacidad para hacernos sentir niños otra vez, con los ojos abiertos de par en par frente a la pantalla, creyendo, aunque sea por dos horas, en los mundos imposibles.