Hay películas que nacen con la pompa de una coronación y mueren con el silencio de un olvido programado. Desert Warrior es una de esas paradojas del cine contemporáneo una superproducción que aspiraba a convertirse en el estandarte del nuevo cine saudí, pero que ahora, antes incluso de tener una fecha de estreno confirmada en muchos países, ya suena como el eco de un fracaso anunciado.
Un imperio cinematográfico con los cimientos de arena
Con un presupuesto final de 150 millones de dólares, Desert Warrior se convirtió en la película más cara jamás producida en Arabia Saudí. Una cifra descomunal para un mercado que apenas está comenzando a forjar su industria cinematográfica, y que habla de ambiciones mucho más grandes que el mero entretenimiento se trataba de una declaración de intenciones. Una coproducción entre Estados Unidos y Arabia Saudí, con nombre de renombre detrás de y delante de la cámara, como Rupert Wyatt (El planeta de los simios guerrilla) y actores del calibre de Ben Kingsley, Sharlto Copley y Anthony Mackie. Todo parecía alineado para un estreno triunfal. Pero el cine, como la historia que narra la película, está lleno de traiciones inesperadas.
El rodaje, planeado originalmente para 2020, se vio retrasado por la pandemia. Cuando finalmente se reanudó en 2021, duró cinco meses entre desiertos, fortalezas de adobe y batallas coreografiadas con decenas de extras. Pero las dificultades no terminaron con el cierre de la cámara. Durante la postproducción, Rupert Wyatt abandonó el proyecto por diferencias creativas con los productores. Un episodio que rara vez termina bien. Aunque más tarde regresó para completar la edición, la sombra de esa ruptura ya flotaba sobre el metraje. Las decisiones de montaje, el tono final, la coherencia narrativa todo empezó a tambalearse.
La batalla perdida en la taquilla
La historia de Desert Warrior se sitúa en la Arabia del siglo VII, un crisol de clanes en conflicto, con Hind (Aiysha Hart), una princesa en fuga, que intenta unir a los pueblos para derrocar al despiadado gobernante Kisra, interpretado por un Ben Kingsley que, esta vez, no logra rescatar al guion de su letargo. El mercenario (Copley) y el bandido (Mackie) navegan entre lealtades cambiantes, como si el guion no supiera si quería contar una epopeya histórica, un drama político o una aventura de acción a lo Gladiator en el desierto.
Y esa indecisión se pagó cara. Cuando la película se estrenó en Estados Unidos, apenas recaudó 487.848 dólares en su primer fin de semana. Menos de 500 dólares por sala en más de mil cines. Números que, en la jerga del sector, no solo son malos son catastróficos. Para comparar, una película considerada un fracaso absoluto suele cruzar la línea de los 1.000 dólares por sala en su estreno. Aquí, ni siquiera rozó la mitad. Y en Arabia Saudí, donde se esperaba un respaldo patriótico, la recepción fue tibia, cuando no fría. No hay datos oficiales de recaudación local, pero las salas no se llenaron. Ni una vez.
El presupuesto inicial se había calculado en 70 millones. Al final, se duplicó. 150 millones lanzados al aire, como flechas sin blanco. Y ahora, con el estreno en España aún sin confirmar, todo apunta a que la estrategia de distribución internacional se está desinflando. ¿A quién le vendes una epopeya saudí con actores occidentales si ni el público occidental ni el local la han abrazado?
El cine como arma de influencia blanda
Detrás de esta historia hay algo más que una mala película. Hay un plan geopolítico. Arabia Saudí, en su ambicioso proyecto Vision 2030, no solo quiere diversificar su economía quiere exportar su imagen. El cine es una herramienta de influencia blanda, como lo fue Hollywood para Estados Unidos o Bollywood para la India. Pero no basta con gastar hay que construir. Y construir requiere tiempo, talento, coherencia cultural. Desert Warrior fue concebida como una bandera, pero terminó siendo una advertencia.
Lograron atraer a estrellas de cine, sí. Pero atraer nombres no garantiza audiencias. El público no se conmueve por el reparto, sino por la emoción, por la verdad detrás de las imágenes. Y esa verdad, en este caso, parece haberse perdido en el desierto.
Quizá el mayor error de Desert Warrior no fue su presupuesto, ni los problemas de rodaje, ni siquiera el guion. Fue creer que el cine se puede comprar, como se compra una armada. Pero las historias no se conquistan se ganan. Y esta, por ahora, ha sido derrotada antes incluso de entrar en batalla.