Cuando una obra literaria se convierte en serie, todo cuenta los gestos, los silencios, las miradas… y también la forma en que se pronuncia cada palabra. En *La casa de los espíritus*, la adaptación de Prime Video del clásico de Isabel Allende, el acento no es un detalle técnico, sino una decisión artística con peso. Porque trasladar al audiovisual una historia profundamente arraigada en Chile requiere más que buenos actores exige una voz que suene auténtica, pero que también trascienda fronteras.
Un acento que une y divide
La serie comienza con los primeros pasos de la familia Trueba en el Valle, un entramado de pasiones, secretos y poder que crece con el tiempo. Pero antes de que Clara del Valle encarnada por Nicole Wallace aparezca en escena, el espectador ya ha sido introducido en un mundo donde el lenguaje es tanto un puente como una barrera. Wallace no interpreta a Clara hasta el segundo episodio, tras una infancia contada a través de su hermana Rosa. Y cuando llega, lo hace con una voz cuidadosamente construida un chileno de época, moderado, lo suficientemente reconocible como para no traicionar la identidad del país, pero lo bastante neutro como para que cualquier hispanohablante lo entienda sin esfuerzo.
"Obviamente tenía que ser un acento chileno, pero de época, mucho más neutro y que se entienda", explica Wallace. "Esperamos que la serie la pueda ver mucha gente de todo el mundo, y no solo el público con este acento". Una afirmación aparentemente simple, pero cargada de tensión. Porque en la era del streaming global, la autenticidad se negocia constantemente con la accesibilidad. Y en este caso, el equilibrio lo buscó Moira Miller, coach de acentos con experiencia en títulos como *Una mujer fantástica* y *Los 33 una historia de esperanza*, quien trabajó con un reparto diverso españoles, mexicanos, colombianos, todos intentando sonar como si hubieran nacido en Santiago de principios del siglo XX.
El reto de sonar como un lugar que no es el tuyo
Wallace, de nacionalidad española, reconoce que su acento madrileño estaba lejos del modelo chileno. "Ha sido un reto muy guay", dice. "Como española, mi acento es muy madrileño y está bastante alejado del chileno. Tanto el andaluz como el canario son bastante más parecidos al acento latinoamericano". A su lado, Alfonso Herrera, el mexicano que da vida a Esteban Trueba, no duda en destacar su esfuerzo "Debo decir que, cuando llegamos a Chile, Nicole fue de las primeras que lo agarró muy rápido. A mí me costó un poquito".
"El equipo era chileno. Y todo el mundo te habla con ese acento todo el rato. Yo voy a Galicia un día y se me pega el gallego. Es un poco lo mismo. Quizá, siendo latinoamericana, me hubiera costado más. Fue más fácil al tener un acento tan neutro" - Nicole Wallace, protagonista de La casa de los espíritus
La anécdota revela algo más profundo la inmersión como herramienta interpretativa. No se trata solo de repetir fonemas o imitar entonaciones; es absorber un modo de ser. Y en este caso, el entorno ayudó. Grabar en Chile, rodeada de personas que hablan con ese tono particular ese ritmo entre cantado y contenido, aceleró el proceso. Pero también plantea una pregunta incómoda ¿tiene que ser un chileno quien interprete a un chileno? La polémica por el reparto, compuesto por actores no chilenos en papeles centrales, como Eduard Fernández o Maribel Verdú, sigue ahí, latente, aunque la serie apueste por la coherencia lingüística como forma de legitimidad.
La voz como territorio
El acento, al final, es territorio. Es memoria, identidad, pertenencia. Y cuando una historia como *La casa de los espíritus* tan anclada en un país, en una historia política y social concreta se adapta con voces ajenas, el riesgo de desplazamiento es real. Pero también lo es la posibilidad de expansión. Al suavizar ciertos rasgos, al optar por una neutralidad estratégica, la serie no niega su origen, sino que lo invita a viajar. Que un espectador de Sevilla o de Bogotá no necesite subtítulos para sentirse cerca de Clara del Valle puede parecer un pequeño triunfo técnico, pero es, en el fondo, un acto de traducción emocional.
Y mientras la cámara recorre las paredes de la casa del Valle, cargadas de secretos y ecos del pasado, las voces cuidadas, ensayadas, rehechas nos recuerdan que contar una historia también es decidir cómo debe sonar. No basta con decir las palabras. Hay que pronunciarlas como si ya hubieran vivido antes.