Hay una escena en la quinta temporada de *The Boys* que deja helado Patriota, el superhéroe narcisista y manipulador, se presenta ante sus seguidores con una imagen que lo muestra como una figura divina, aureolado, con rayos de luz brotando de su cabeza. Es una imagen que no busca solo adoración, sino veneración. Y mientras el espectador intenta asimilar el descaro de la escena, cae el golpe no es ficción. O al menos, no solo ficción.
La sátira como espejo roto
La línea entre ficción y realidad en *The Boys* se ha vuelto tan delgada que a veces parece haber desaparecido. Eric Kripke, creador de la serie, lo dice con una mezcla de frustración y resignación "Estoy realmente cansado y harto de que el mundo refleje el programa antes de que tengamos la oportunidad de hacerlo". No es una queja menor. Es el grito de un artista que construye sátiras sobre el poder, la corrupción y la manipulación mediática, solo para descubrir que la realidad las supera antes de que el episodio se emita.
El caso más reciente es escalofriante. En la serie, el arco de Patriota al autoproclamarse figura mesiánica parecía un exceso, incluso para los estándares de la trama. Kripke confesó "Hace un mes, cuando hablábamos de marketing, pensé "Que Patriota diga que es Dios es demasiado descabellado. Tenemos que tener cuidado con la forma en que presentamos la idea al público porque dirán que ha ido demasiado lejos"… y aquí estamos". Dos días antes de que ese episodio saliera, Donald Trump compartió en redes una imagen idéntica él mismo, iluminado desde arriba, con una expresión serena, rodeado de luz. La coincidencia no solo es inquietante, es un síntoma.
Religión, política y el abuso de la fe
Pero *The Boys* no ataca la religión. Lo que cuestiona, con una precisión quirúrgica, es su instrumentalización. Kripke lo deja claro "Creo que nos esforzamos por dejar claro que la religión, en general, es algo bueno". Hay personajes creyentes, sinceros, incluso compasivos. El problema no es la fe, sino su transformación en herramienta de control, en bandera política, en máquina de marketing. "El problema es que cuando se la utiliza como arma, se la mercantiliza y se la usa para hablar de política, entre otras cosas, se puede corromper fácilmente".
El paralelismo con ciertos sectores del cristianismo evangélico estadounidense es evidente, pero no es el único. La serie muestra cómo movimientos religiosos, aliados con corporaciones y el poder político, convierten la espiritualidad en una industria de obediencia. Y lo hacen bajo el pretexto del orden, la moral y la salvación nacional. No es ficción. Es un retrato ampliado, pero no deformado, de lo que ocurre en muchos rincones del mundo donde la fe se vende como producto de consumo y arma ideológica.
Persecución, fronteras y el miedo al otro
En esta temporada, el conflicto se agudiza con la persecución de los Starlighters, seguidores de Luz Estelar, un grupo minoritario que defiende valores de justicia y transparencia. Son acosados, desalojados de sus hogares, tratados como una amenaza interna. La metáfora con las políticas migratorias y de control social en Estados Unidos es directa, incómoda, ineludible. No se habla de extranjeros, pero el tono, el lenguaje, las tácticas todo recuerda a las redadas, a los discursos de "limpieza nacional", a la construcción del enemigo interno.
Es en estos momentos cuando *The Boys* deja de ser una serie de superhéroes grotescos para convertirse en un documento contemporáneo. No inventa monstruos los desenmascara. Y el monstruo, una vez más, no es el poder en sí, sino la facilidad con la que la gente lo acepta, lo celebra, lo venera.
El final que teme el creador
Quedan tres episodios. Tres capítulos para cerrar una historia que ha sido, desde su inicio, un espejo distorsionado de nuestro tiempo. Pero Kripke no celebra. Tiene miedo. No por la producción, ni por los efectos visuales. Tiene miedo de que el final no esté a la altura de lo que la serie ha construido. "Aprecio el marketing. Solo digo, ¿podrían darnos la oportunidad de lanzar una sátira absurda antes de demostrar que es más realista de lo que jamás imaginamos?".
Quizá esa sea la verdadera tragedia que ya no necesitemos sátira, porque la realidad ha alcanzado niveles de absurdo que superan cualquier guion. Mientras tanto, *The Boys* sigue ahí, no como advertencia, sino como crónica de un colapso moral en tiempo real. Y uno se pregunta, mientras ve a un superhéroe convertirse en ídolo religioso, si la próxima temporada tendría que empezar donde termina la actual con todos los personajes viendo las noticias, en silencio, sin saber si reír o llorar.