Cuando una serie se convierte en fenómeno cultural, cada nuevo episodio deja de ser solo entretenimiento. Es un acontecimiento. Este lunes, HBO Max estrena la tercera temporada de *Euphoria*, y con ello reabre no solo las vidas de sus personajes, sino también el debate sobre cómo miramos la adolescencia, el dolor, la identidad y el deseo en la era digital. Desde hace años, la serie de Sam Levinson ha funcionado como un espejo roto cada fragmento refleja una parte de la juventud actual, distorsionada, brillante y a veces insoportablemente real.
El adiós que no se confirma
Zendaya, rostro y alma de la serie, habló en *The Drew Barrymore Show* con una frase que resonó como una sentencia "Se acerca el final". No dio más pistas. No hizo falta. Esas cinco palabras bastaron para encender las redes, para que los fans empezaran a despedirse antes de tiempo. Pero la ambigüedad no es casual. Es parte del ADN de *Euphoria*. Desde el principio, Levinson ha tratado cada temporada como si fuera la última. Así lo reveló en una entrevista con el *The New York Times* "Siempre he concebido cada temporada como si fuera la última". No es una estrategia de marketing. Es una forma de escribir, de actuar, de filmar como si todo pudiera acabar en el siguiente plano.
Una despedida abierta
Levinson no se cierra ni se abre. Camina entre dos mundos. "Si me llega la inspiración y se me ocurre una idea, entonces hablo con HBO. Si tiene sentido, tiene sentido", dijo. Y luego, con un tono que mezcla sinceridad y desapego "Solo queremos que esta temporada salga bien. Así que, si esta es la última, genial. Si hay más…". La frase queda en el aire, incompleta, como los finales de muchos capítulos de la serie. No hay drama forzado. Solo una propuesta honesta hacerlo bien, sea el número de temporadas que sea.
En los últimos años, hemos visto cómo otras series se alargan más allá de su momento álgido, arrastrando personajes por tramas que ya no los necesitan. *Euphoria* corre el riesgo de caer en eso, pero también lleva dentro una especie de inmunidad emocional su intensidad no depende de la duración, sino de la profundidad. Cada instante parece comprimido, como si el tiempo se acortara con cada dosis, con cada confesión, con cada mirada al espejo.
El peso de la mirada
La cámara en *Euphoria* no es neutra. Es cómplice, intrusiva, a veces violenta. Pero también es tierna. Sigue a sus personajes como si temiera perderlos. Y ahora, con esta posible despedida, esa mirada adquiere un matiz nuevo el de la despedida que se intuye, pero no se anuncia. ¿Qué hará Rue? ¿Encontrará el equilibrio que nunca parece alcanzar? ¿Qué pasará con Jules, con Nate, con Maddy? Las preguntas no tienen prisa por responderse. Tal vez porque, en el fondo, lo importante no sea el desenlace, sino el viaje.
Las series que dejan huella no siempre son las que duran más. A veces, son las que saben cuándo parar. O las que, como *Euphoria*, juegan con esa posibilidad hasta el último segundo. Esta tercera temporada no llega como un nuevo capítulo. Llega como un posible epílogo. Y aunque nadie lo diga con claridad, todos lo sienten algo está terminando, aunque aún no sepamos exactamente qué.
Quizá, al final, la verdadera genialidad de *Euphoria* no esté en sus escenas de drogas, en sus vestuarios o en su banda sonora. Quizá esté en algo más sutil en la capacidad de hacernos sentir que cada episodio podría ser el último. Y en eso, en esa tensión permanente entre el final y el comienzo, reside también la esencia de la adolescencia y, de paso, de la vida.