Tarantino deja el cine y salta a una serie ambientada en la América mafiosa de los años 30

“La línea entre cine y serie se ha vuelto borrosa”: por eso Tarantino cambia de formato

23 de marzo de 2026 a las 07:22h
Actualizado: 23 de marzo de 2026 a las 07:43h
tarantino
tarantino

Quentin Tarantino, ese cineasta que parece alimentarse de viejos vinilos de rock, diálogos afilados como navajas y películas en 35 mm, está otra vez en marcha. Y esta vez no apunta al cine, al menos no al formato que todos conocemos. Esta vez, la mira la tiene puesta en la televisión, o en lo que queda de ella entre series interminables y plataformas que devoran contenido. Pero no se trata de cualquier proyecto se prepara para sumergirse en la América de los años 30, una época de depresión económica, ascenso del crimen organizado y sombras largas proyectadas sobre las calles de ciudades como Chicago o Nueva York.

Un regreso a la era de los gángsters

Los años 30 fueron el escenario perfecto para el mito del gángster. Hombres como Al Capone no eran solo criminales; se convertían en leyendas urbanas, figuras casi románticas en medio del caos de la Ley Seca y la pobreza. Fue una época en la que el cine, con películas como *Scarface* o *Little Caesar*, ayudó a construir esa imagen del hombre que se abre camino a balazos desde los bajos fondos hacia la cima. Tarantino, maestro en reescribir la historia a través del cine, parece dispuesto a recuperar ese espíritu, pero esta vez con el ritmo pausado y detallado que solo una serie permite.

Y no lo hará solo. Junto a él, una actriz veterana cuyo nombre aún no se ha desvelado, pero cuya presencia promete peso dramático y un aire de clasicismo hollywoodiense formará parte de esta nueva apuesta. No es raro Tarantino siempre ha tenido una obsesión casi devota por el cine clásico, por esas caras del *star system* de los años 40 y 50, por actrices que caminan con una mirada que lo dice todo sin abrir la boca. Que invite a una de esas figuras, aunque sea simbólicamente, a entrar en su mundo moderno de violencia estilizada y diálogos interminables, suena casi como un homenaje en movimiento.

¿Por qué ahora una serie?

Hasta ahora, Tarantino ha sido fiel al cine. Once películas (o diez, si no contamos *Sin City*, que firmó a medias), todas con sello propio, todas con su particular mezcla de homenaje y subversión. Pero esta incursión en la televisión no llega por casualidad. La línea entre cine y serie se ha vuelto borrosa, especialmente cuando directores como Scorsese, Coppola o incluso Paul Thomas Anderson se plantean proyectos que necesitan más tiempo del que ofrece una película de dos horas.

Una serie permite respirar. Permite que un personaje se construya lentamente, que los conflictos maduren, que el espectador se impregne del ambiente. Y en una época como la de los años 30, con su compleja red de alianzas mafiosas, corrupción policial y tensión racial, ese espacio narrativo extra puede marcar la diferencia. Tarantino no parece estar interesado en contar una historia, sino en recrear una época. Y para eso, quizás, el cine ya no sea suficiente.

Además, hay algo profundamente irónico en que Tarantino, un hombre que ha hecho del *blockbuster* una obra de arte pop, decida ahora apostar por un formato tan masivo como la serie. Es como si el crítico del sistema se convirtiera, por fin, en parte del sistema. Pero también puede ser una trampa perfecta usar la televisión, ese medio que tantos cineastas despreciaron, para colar una obra de autor con sabor a cine negro y jazz de salón.

El peso de las expectativas

Con cada nuevo proyecto de Tarantino, llega también la pregunta ¿será esta su última obra? El director ha repetido en varias ocasiones que planea retirarse tras dirigir diez películas. Pero luego llegó *Érase una vez en… Hollywood*, que fue la novena o la décima, según cómo se cuente. Ahora, con esta serie, todo parece indicar que ha decidido flexibilizar su propia regla. Quizás ya no se trate de cuántas películas hace, sino de cómo quiere contar sus historias.

Y esta historia, de gángsters, tiros en coches con aletas y trajes de paño grueso, suena tan suya como un plano de una bota bajando por unas escaleras con una pistola en la mano. Suena a Tarantino. A cine. A historia reescrita. A un hombre que, a estas alturas, ya no necesita demostrar nada, pero que sigue con ganas de hacerlo.

La televisión puede que no esté lista para su dosis de violencia coreografiada, diálogos interminables sobre hamburguesas o referencias a películas olvidadas. Pero cuando Tarantino decide cambiar de formato, no es por abandono, sino por evolución. Y esta serie, sin estrenarse siquiera, ya suena como un evento no solo por lo que podría contar, sino por lo que representa. No es el final de una carrera, sino una nueva forma de continuarla.

Sobre el autor
Redacción
Ver biografía