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Hay películas que envejecen por su historia y otras que siguen sorprendiendo por cómo fueron hechas. Terminator 2 costó 102 millones de dólares en 1991, una cifra que hoy equivaldría a entre 230 y 250 millones y que ayuda a entender por qué, 35 años después de su estreno, todavía conserva aura de superproducción física.
James Cameron rodó una carrera contra el límite técnico
En 2026 se cumplen 35 años de El día del juicio final, la secuela con la que James Cameron llevó la saga a otra escala económica. Aquel presupuesto superó en 30 millones al de La jungla de cristal 2 y duplicó el coste de The Abyss, otra película del propio Cameron que ya había puesto a prueba los nervios de Hollywood.
No era solo una cuestión de dinero.
Una parte de ese presupuesto fue a parar a un terreno que entonces todavía parecía inestable, el de las imágenes generadas por ordenador. Industrial Light & Magic desarrolló nuevas técnicas de CGI para dar forma al T-1000 de Robert Patrick, un villano líquido que convirtió la metamorfosis en espectáculo y en problema técnico al mismo tiempo.
Pero la película también desmiente una idea muy extendida sobre el cine de gran escala de los noventa. Las escenas de la persecución por el canal de Los Angeles, la explosión del camión cisterna, el vuelo del helicóptero y la batalla en la acería se filmaron sin efectos digitales, una decisión que todavía hoy se nota en el peso de cada choque y en la violencia del metal.
La película mezcló CGI con un músculo físico que aún impresiona
Esa combinación entre truco digital pionero y acción rodada de verdad explica buena parte de su permanencia. También ayuda a entender por qué el debate sobre mezclar CGI y marionetas o sobre cuánto debe tocarse una imagen en posproducción sigue tan vivo décadas después.
Arnold Schwarzenegger cobró 15 millones de dólares por su participación. En una producción de 102 millones, ese salario por sí solo ocupaba una parte muy visible de la maquinaria, como si una sola presencia en pantalla valiera casi una película mediana entera.
Tampoco el reparto juvenil siguió un camino convencional. Edward Furlong apareció en el radar de la producción en un club de recreo de Pasadena y terminó convertido en John Connor, el adolescente sobre cuyos hombros recaía nada menos que el futuro de la humanidad.
Edward Furlong quedó unido a la saga mucho después del estreno
La historia de Furlong no terminó en 1991. James Cameron lo incluyó en Terminator Destino oscuro en 2019, y en 2022 el actor aseguró que estaba prácticamente recuperado de sus problemas con las adicciones.
Ahí asoma otra capa menos visible del mito. Detrás de una película levantada con cifras gigantescas, explosiones reales y una criatura digital que cambió el vocabulario visual del cine, también queda la trayectoria irregular de un intérprete descubierto casi por azar, algo que acerca el relato a la fragilidad de cualquier biografía.
Earl Boen y Arnold Schwarzenegger son los únicos actores que aparecen en las tres primeras películas de la saga. No deja de ser una rareza llamativa en una franquicia obsesionada con viajes en el tiempo, reinicios y futuros alternativos.
Quien quiera comprobar hoy hasta qué punto ese equilibrio entre músculo físico y truco digital sigue funcionando la tiene disponible en el catálogo de Prime Video, donde aún se ve lo que costaba levantar una superproducción cuando el ordenador empezaba a mandar, pero todavía no podía hacerlo todo.