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A veces una película no solo cuenta una guerra contra las máquinas. También enseña cómo cambia el cine cuando la tecnología deja de ser promesa y empieza a imponerse en pantalla. Eso ocurrió con Terminator 2, que ya está disponible en Prime Video.
James Cameron llevó la secuela a una escala que Hollywood miró de reojo
El 24 de octubre de 1991 llegó a los cines una película de dos horas y 16 minutos dirigida por James Cameron y encabezada por Arnold Schwarzenegger, Linda Hamilton y Edward Furlong.
No era una continuación cualquiera. La primera Terminator se había estrenado en 1984, pero esta vez Carolco Pictures asumió un coste estimado de 100 millones de dólares y colocó la saga en otra liga industrial.
La recaudación superó los 500 millones de dólares y la película terminó como el tercer mayor éxito de taquilla de todos los tiempos, solo por detrás de E.T. y Star Wars.
Antes del T 1000, el cine ya había tanteado el ordenador
Conviene mirar un poco atrás para entender el salto. Los hitos previos de efectos por ordenador en el cine comercial habían aparecido en Almas de metal de 1973, Mundo futuro de 1976, Tron de 1982 y El secreto de la pirámide de 1985.
Ese recorrido explica por qué Terminator 2 no salió de la nada. Llegó cuando Hollywood ya había probado el terreno, aunque todavía estaba lejos de convertir lo digital en rutina.
Ahí está una de sus claves.
Cameron venía de probar límites y Schwarzenegger de cambiar de registro
James Cameron no aterrizó en este rodaje como un recién llegado. Antes había dirigido Aliens y The Abyss, dos títulos que ayudan a situar su afinidad con la ciencia ficción, la acción y los desafíos técnicos.
Arnold Schwarzenegger también llegaba desde un contraste curioso, porque había protagonizado previamente Poli de guardería. No deja de tener gracia que una de las caras más asociadas al músculo mecánico del cine popular enlazara esa comedia con una secuela de acero, fuego y viajes temporales.
La música la compuso Brad Fiedel.
España le dio una frase propia que todavía sigue viva
Hay detalles que no cambian la taquilla ni el presupuesto, pero sí la memoria de una película. En el doblaje en España, la frase Sayonara, baby quedó grabada por Constantino Romero.
Ese tipo de giro ayuda a explicar por qué algunas obras sobreviven más allá de sus cifras. El espectador no siempre recuerda un coste de 100 millones de dólares, pero sí una voz, una cadencia o una réplica que se queda pegada durante décadas.
También ahí se construye un fenómeno popular.
Su peso no estuvo solo en los números, también en la mezcla de épocas
Terminator 2 pertenece a un momento en que el cine comercial todavía enseñaba las costuras de su transformación. Por un lado, recogía una tradición que venía de los efectos visuales digitales que habían ido asomando desde los años setenta.
Por otro, convertía esa evolución en espectáculo de masas con estrellas reconocibles, una duración generosa y una recaudación que multiplicó por más de cinco su coste estimado. Pocas veces se ve tan claro el instante en que una herramienta técnica deja de ser curiosidad y pasa a marcar el centro del negocio.
Prime Video la incorpora hoy como una pieza que todavía resume esa transición. Entre el Terminator de 1984 y esta secuela de 1991 hay siete años, pero también un cambio de escala que se midió en 100 millones de dólares, más de 500 millones de recaudación y un puesto solo por detrás de E.T. y Star Wars.