4 millones de personas en Suiza podrían aumentar su pensión al compartir datos sociales anonimizados

Si 4 millones de ciudadanos comparten sus datos de salud, consumo, empleo o movilidad, y esos datos se analizan con inteligencia artificial, es posible predecir riesgos, optimizar inversiones y, en última instancia, aumentar el capital disponible...

22 de enero de 2026 a las 10:15h
4 millones de personas en Suiza podrían aumentar su pensión al compartir datos sociales anonimizados
4 millones de personas en Suiza podrían aumentar su pensión al compartir datos sociales anonimizados

Imagina que cada vez que usas tu móvil, buscas en internet, compartes una foto o simplemente caminas con el GPS activado, estás cavando una mina invisible. No extraes oro ni petróleo, sino algo más valioso en el siglo XXI: datos. Y sin embargo, aunque tú eres quien los genera, rara vez te beneficia directamente. ¿Qué pasaría si esos datos, en lugar de enriquecer solo a unas pocas plataformas digitales, se convirtieran en una fuente de bienestar colectivo? Esa es la pregunta con la que empieza todo.

El manifiesto de los datos como bien común

El filósofo italiano Maurizio Ferraris propone una idea tan simple como revolucionaria: los datos que generamos todos los días deberían servir no solo para alimentar los algoritmos de gigantes tecnológicos, sino también para financiar el bienestar social. En su nuevo libro El Manifiesto del Webfare, Ferraris plantea un modelo en el que los datos personales, debidamente gestionados y anonimizados, se transformen en un recurso colectivo. Como si en lugar de vender tu trabajo a una empresa, vendieras una pequeña parte de tu huella digital a un sistema que te devuelve seguridad, salud o pensión.

Esto no suena a ciencia ficción. De hecho, ya está ocurriendo en Suiza. Allí, uno de los fondos de pensiones ha empezado a explorar cómo el acceso a datos sociales de millones de personas puede traducirse en mejores planes de jubilación. Si 4 millones de ciudadanos comparten sus datos de salud, consumo, empleo o movilidad, y esos datos se analizan con inteligencia artificial, es posible predecir riesgos, optimizar inversiones y, en última instancia, aumentar el capital disponible para las pensiones. No se trata de espiar a nadie, sino de convertir la ignorancia en conocimiento útil.

"Las plataformas estadounidenses se quedan con todo, pero nos dejan libres; las plataformas chinas redistribuyen, pero coartan la libertad. Esa es la situación actual" - Maurizio Ferraris, filósofo y autor de El Manifiesto del Webfare

La paradoja de la libertad digital

Ferraris señala una contradicción incómoda. En Estados Unidos, las grandes plataformas digitales operan con poca regulación. Recogen nuestros datos, los monetizan y, a cambio, nos ofrecen servicios gratuitos. Pero no redistribuyen esa riqueza. En China, en cambio, el Estado controla los datos, los usa para gestionar la sociedad y redistribuye algunos beneficios, pero a un alto coste: la libertad individual. Para Ferraris, el resto del mundo —Europa especialmente— está en medio, produciendo valor sin capitalizarlo. Generamos datos constantemente, pero no reclamamos nuestro derecho a beneficiarnos de ellos.

Y aquí surge una objeción común: la privacidad. Muchos temen que compartir datos signifique perder autonomía. Pero Ferraris cuestiona ese miedo: pensar que la ignorancia es sinónimo de libertad es un malentendido profundo. Para él, quien no tiene nada que ocultar —y no evita impuestos ni comete delitos— solo puede ganar con la transparencia. Los datos, bien gestionados, no son una amenaza, sino una herramienta de empoderamiento.

Datos que curan, educan, protegen

No se trata de acumular información por acumular. A nadie le interesa saber qué desayunó un ciudadano cualquiera. Pero cuando juntas millones de datos, emerge un patrón. Puedes predecir brotes de enfermedades, optimizar tráfico urbano, personalizar la educación o detectar fraudes financieros. Ferraris lo deja claro: el agua tiene un valor inmediato, mientras que los datos deben usarse apropiadamente para que tengan valor. El problema no es la falta de datos, sino la inercia. Hospitales, bancos, universidades —todos tienen montañas de información sin explotar—.

  • Un hospital con acceso a millones de historiales clínicos anonimizados podría detectar enfermedades raras antes.
  • Una universidad podría adaptar sus programas a las necesidades reales del mercado laboral.
  • Un banco podría ofrecer créditos más justos, basados en comportamientos reales, no en modelos obsoletos.

Y todo esto sin violar la privacidad, siempre que el sistema esté bien diseñado. La tecnología ya existe. Lo que falta es voluntad política y una nueva ética del dato.

La izquierda y la oportunidad perdida

Ferraris lanza una crítica incisiva: la izquierda política está perdiendo una oportunidad histórica. En lugar de hablar de cómo proteger a los trabajadores frente a la automatización, debería estar proponiendo un nuevo contrato social digital. Podría decir: “Ya no harán falta tantos trabajos, pero su participación digital generará riqueza colectiva. Yo la gestionaré para ustedes”.

Pero no lo hace. Se queda en la defensa de derechos individuales —algo importante, sin duda—, pero insuficiente para ganar elecciones. Mientras tanto, la derecha aprovecha el miedo al cambio y promete orden frente al caos digital. Ferraris lo ve claro: si no se construye una propuesta política que integre tecnología y bienestar, el vacío lo llenarán otros.

Del miedo a la inteligencia

Hay un cambio de clima en torno a la tecnología. Hace décadas, se la veía como salvadora: cohetes al espacio, curas milagrosas, máquinas que liberarían al ser humano del trabajo pesado. Hoy, en cambio, domina el temor. Tememos que la inteligencia artificial nos sustituya, nos manipule, nos esclavice. Ferraris no se traga ese discurso. Para él, la tecnofobia es más peligrosa que la tecnofilia ingenua, porque niega el futuro.

Ironiza sobre ciertos pensadores que, mes tras mes, repiten que la tecnología nos ha arrebatado la felicidad, el sexo o la inteligencia. Siempre mirando al pasado con nostalgia, siempre culpando a la IA, al móvil o al capitalismo. Pero este discurso, dice, es cómodo: te exime de responsabilidad. “No es culpa mía que esté desconectado, es culpa del algoritmo”.

"Intento hacer un uso inteligente y estoy seguro de que, si alguien hace un uso tonto, tendrá respuestas tontas. En el fondo, la inteligencia artificial es el espejo de lo que somos y de lo que aspiramos a ser" - Maurizio Ferraris, filósofo y autor de El Manifiesto del Webfare

La tecnología no es buena ni mala por sí misma. Es un reflejo. Si le damos datos sesgados, producirá respuestas sesgadas. Si la usamos con propósito, puede ayudarnos a construir sociedades más justas. La pregunta no es si debemos tener miedo, sino qué tipo de futuro queremos crear.

El bienestar digital como nuevo derecho

El manifiesto de Ferraris no es una utopía tecnocrática. Es una invitación a repensar el contrato social en la era digital. Si los datos son el nuevo petróleo, ¿por qué solo unos pocos refinan el crudo? ¿Por qué no creamos un sistema en el que todos cobremos un dividendo digital?

El modelo suizo de pensiones es solo el comienzo. Imagina un sistema de salud que mejora porque millones comparten sus datos anónimos. O ciudades más eficientes porque los ciudadanos permiten usar sus patrones de movilidad. No se trata de entregar nuestra intimidad, sino de negociarla con inteligencia.

El próximo mes, Ferraris hablará con un representante importante del Partido Democrático sobre lo que llama “comunismo digital”. No en el sentido tradicional, sino como una propuesta de propiedad colectiva sobre los recursos digitales. Quizá suene radical. Pero en un mundo donde el 90% del valor generado por los datos se queda en unas pocas manos, quizás lo radical sea seguir aceptándolo.

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