El 15 de julio de 2025, bajo el sol de Sunshine Coast, seis problemas matemáticos fueron entregados a 600 jóvenes de unos 100 países. Solo papel, lápiz y un reloj marcando el tiempo. Nadie tenía acceso a internet, a libros, ni a asistencia externa. Solo su mente. Ese era el escenario de la Olimpiada Internacional de Matemáticas (IMO), una competición que desde 1959 ha sido el santuario del pensamiento humano puro, exigente y libre. Pero esta vez, algo cambió. No fue un error en un teorema ni una protesta inesperada. Fue una intrusión silenciosa, digital las inteligencias artificiales querían entrar en la sala.
Una prueba diseñada para humanos, no para máquinas
La IMO no es una prueba cualquiera. Es un ritual. Durante 4,5 horas, dos días seguidos, los estudiantes se enfrentan a problemas que no se resuelven con fórmulas memorizadas, sino con creatividad, intuición y una lógica afilada. Cada ejercicio exige demostraciones rigurosas, no solo respuestas. Y allí, en ese espacio tan íntimo y tan exigente, se produjo un cruce de caminos entre lo humano y lo artificial.
Organizaciones como Google, OpenAI, Huawei o ByteDance habían sido invitadas a Australia para participar en charlas y mesas redondas. "Organizamos una mesa redonda y unas charlas; es un tema de enorme interés para los estudiantes", dijo Gregor Dolinar, presidente de la junta de la IMO. Hasta ahí, todo parecía encajar. Pero el 17 de julio, mientras los correctores voluntarios, sin remuneración corrían contra el tiempo para evaluar miles de hojas escritas a mano, llegó un correo inesperado ¿quién estaría dispuesto a corregir también las soluciones que habían entregado las IAs?
El trabajo invisible de los correctores
Elisa Lorenzo, coordinadora y correctora, lo vivió en carne propia. "Estábamos sin dormir, con mucha presión y mucho trabajo, y lo hacemos sin cobrar, por los chavales. Pero ese mail nos pedía que trabajáramos gratis para esas corporaciones" dijo con indignación. No era solo el cansancio. Era la percepción de que, de pronto, el esfuerzo colectivo por mantener una competición humana se veía desbordado por intereses tecnológicos que no respetaban las reglas del juego ni el contexto ético.
Los correctores se negaron. No por rechazar la tecnología, sino por defender el sentido de la competición. Planteaban objeciones claras que los resultados de IA no se conocieran antes de la clausura, que no se usaran para beneficio comercial sin una contribución financiera, y, sobre todo, que "los modelos de IA deberían tratarse científicamente, con plena transparencia e integridad científica". ¿Qué datos usaron? ¿Cómo funcionaron los algoritmos? ¿Qué valor tiene una "solución" si no hay intención, comprensión ni proceso humano detrás?
La carrera por la medalla dorada
El 19 de julio, en la noche de la clausura, mientras los estudiantes celebraban sus logros con lágrimas, abrazos y banderas, OpenAI lanzó un tuit "¡Logramos un desempeño de nivel de medalla de oro en la Olimpiada Internacional de Matemáticas 2025!". Fue un estruendo mediático instantáneo. Pero había un detalle clave la IA no había sido evaluada oficialmente por los correctores. No había recibido ninguna calificación. No había medalla.
"Pero qué cabrones, qué vergüenza" - Elisa Lorenzo, coordinadora y correctora de la Olimpiada
Miguel, uno de los participantes españoles, lo sintió como una usurpación. "Estuvo un poco feo que intentaran quitarnos el protagonismo" dijo. Y no era solo una queja juvenil. Era una advertencia sobre cómo el marketing tecnológico puede eclipsar logros humanos genuinos, especialmente cuando se trata de adolescentes que han dedicado años a perfeccionar su pensamiento.
Google no se quedó atrás. Durante la misma noche, tres empleados de DeepMind buscaron a Arnaud Maret, corrector suizo, mientras tomaba una copa. "¿Eres el responsable del problema cinco?", le preguntaron. Abrieron un portátil "Esta es nuestra solución. ¿Puedes corregirlo?". Maret se negó. "¿Cuándo volveré a tener tanto poder de negociación en mi vida para decirle que no a Google?", reflexionó después, con ironía y orgullo.
La fisura entre ciencia y espectáculo
Thang Luong, científico principal de Google DeepMind, defendió la participación "Técnicamente, no compitió contra los estudiantes no recibió una medalla de oro, sino que se formuló intencionadamente [en su nota] que habíamos alcanzado un nivel equivalente al de una medalla de oro". Pero la formulación no engaña el mensaje público fue claro, contundente, viral. Y, según fuentes, el coste computacional de esas pruebas podría superar el millón de dólares en energía. Una inversión que contrasta con los tres millones de euros que cuesta organizar toda la IMO.
El caso más claro llegó con el problema 5. Un coordinador evaluó la solución de IA y concluyó que "podía adivinar el resultado final, pero no podía demostrar ninguna parte correctamente". Si un estudiante hubiera entregado eso, le habrían dado cero puntos y habría saltado la alarma de plagio. ¿Dónde está entonces el mérito?
El futuro de la inteligencia ¿competición o colaboración?
Terence Tao, matemático de élite y exmedallista de la IMO, lo tiene claro "El agente de IA puede estar formado por múltiples subagentes que se comunican entre sí, y tendría acceso a una cantidad de información muy superior a la de cualquier humano". La prueba olímpica, diseñada para mentes que solo pueden confiar en su memoria y razonamiento, no es un terreno equitativo. Tao propone lo obvio crear un formato distinto, una competición específica para IA. "Acabaremos adoptando un formato diferente para las competiciones olímpicas de IA" anticipa.
Mientras, la tensión entre visibilidad y legitimidad persiste. Dolinar defiende que, pese al caos, la irrupción de las IAs dio a la IMO una exposición sin precedentes. "Gracias al éxito en la resolución de problemas por parte de estas empresas, la IMO apareció en los principales medios de todo el mundo". Pero también reconoce el problema la decisión de involucrar a las empresas fue tardía, mal comunicada, y generó desconfianza.
Google ya donó un millón de dólares y colabora en la organización de la primera IMO en África. La próxima edición será en Shanghái, y ya hay conversaciones para definir cómo, cuándo y bajo qué condiciones las IAs pueden participar. Pero el alma del evento sigue siendo humana. "Son adolescentes que, quizá, lo hayan pasado mal en clase, por ser demasiado listos. Es una competición, pero una competición sana, y los niños hacen amigos para toda la vida" dice María Gaspar, directora del equipo español desde 1984.
Miguel, Fernando y Diego, los jóvenes españoles que compitieron en 2025, quieren estudiar matemáticas. Pero hoy, tras entrenar durante años, se enfrentan a un sistema que no reconoce el esfuerzo de la IMO en la entrada a la universidad. "Es una pena que alguien que se prepara duramente para esto no pueda entrar a estudiar matemáticas porque sacó un 8 en otra asignatura" se lamenta Diego. Y Miguel, con una mirada que trasciende lo académico, dice "Cuando me enfrento a un problema y me tiro ocho horas con él y acabo sacándolo, me entra una alegría que no puedo explicar. Y en el momento en que no pueda sentir eso, será el día que me muera".
En medio del ruido de los algoritmos, de los millones de dólares invertidos en cómputo y en publicidad, esa frase suena como un recordatorio hay algo en el pensamiento humano que no se puede acelerar, ni comprar, ni simular. Y mientras haya jóvenes dispuestos a pasar ocho horas luchando con un problema, solo por el placer de resolverlo, la IMO seguirá siendo necesaria con o sin máquinas.