8.000 millones de decisiones cotidianas ya empujan una extinción comparable a catástrofes geológicas

"Lo primero que le diría a una ballena sería 'lo siento'"

01 de abril de 2026 a las 14:05h
8.000 millones de decisiones cotidianas ya empujan una extinción comparable a catástrofes geológicas
8.000 millones de decisiones cotidianas ya empujan una extinción comparable a catástrofes geológicas

Hay un momento, en medio de una conversación sobre extinciones, cambio climático y la extraña relación que mantenemos con la naturaleza, en que Elizabeth Kolbert se detiene y dice "Lo primero que le diría a una ballena sería "lo siento"". No es una frase cualquiera. Es una disculpa histórica. De especie a especie. Del hombre a los cachalotes, que fueron cazados sin piedad por su espermaceti ese fluido valioso que brillaba en las lámparas del siglo XIX y lubricaba las máquinas del XX hasta los años setenta. Hasta hace apenas cincuenta años. Hoy, Kolbert sigue sus pasos, pero con palabras. Con un periodismo que no mira hacia otro lado.

El peso de la verdad

Kolbert, nacida en Nueva York hace 64 años, ganó el Pulitzer en 2015 por *La sexta extinción*, un libro que desnuda cómo la actividad humana está acelerando un colapso biológico comparable a las grandes catástrofes geológicas de hace millones de años. Ahora, su obra llega al español con *La vida en un planeta poco conocido*, una selección de sus artículos más reveladores. Y aunque el tono sea sereno, su mensaje es incendiario estamos viviendo uno de los periodos más disruptivos de la historia de la Tierra. No por un asteroide ni por un vulcanismo masivo, sino por nuestras decisiones cotidianas multiplicadas por 8.000 millones de personas.

"Así que, por desgracia, la noticia es que continúa avanzando a buen ritmo, como cabría esperar cuando seguimos ejerciendo tanta presión sobre el mundo natural", dice. Y lo dice sin dramatismo, como quien señala una grieta en la pared que todos prefieren ignorar. Estamos viendo un descenso serio en el número de insectos, un colapso silencioso que amenaza toda la cadena alimentaria. Pero eso apenas aparece en los titulares.

El lenguaje de las ballenas y la promesa de la IA

Entre sus muchos intereses, uno despierta especial curiosidad el intento de descifrar la comunicación de los cachalotes mediante inteligencia artificial. "He estado siguiendo el proyecto que intenta usar IA y aprendizaje automático para descifrar los clics que hacen los cachalotes, que estamos bastante seguros de que constituyen algún tipo de comunicación", explica. Creo que es posible que algún día tengamos, si no un diccionario del idioma de las ballenas, al menos una buena capacidad predictiva saber qué harán cuando emiten ciertos patrones de sonidos.

Es una ironía profunda quienes una vez cazamos a estos seres para aprovechar su cuerpo ahora queramos escucharlos. La tecnología que ha acelerado nuestra huella ecológica podría, paradójicamente, ayudarnos a reconectar con las especies que más hemos dañado.

Nueva Zelanda el laboratorio de la reconquista

Uno de los escenarios más claros del desastre antropogénico es Nueva Zelanda. Allí, antes de la llegada humana, no existían mamíferos terrestres. Solo aves. Muchas de ellas, incapaces de volar, anidaban en el suelo. "Nueva Zelanda es el ejemplo por excelencia de los efectos de las especies invasoras", señala Kolbert. La llegada de maoríes, y luego de europeos, trajo ratas, comadrejas, zarigüeyas. Y con ellas, una ola de extinciones silenciosa pero implacable.

Hoy, el país lucha por deshacer parte del daño. Kolbert visitó el lanzamiento del proyecto *Predator Free New Zealand*, una ambiciosa iniciativa para erradicar especies invasoras. "Fui cuando estaban lanzando el proyecto", recuerda. "Algunas especies no generan mucha simpatía, como las ratas, pero otras, como las pequeñas zarigüeyas, son adorables aunque muy dañinas. Mucha gente cree que el beneficio para la fauna autóctona lo justifica, pero es un dilema complejo."

¿Cómo justificar matar a animales que amas? Kolbert no lo resuelve. Solo lo plantea "Y se pueden matar animales y amarlos". Es una frase que pesa. Porque el problema no es la maldad. Es la escala. Lo que antes tenía un impacto pequeño, ahora, multiplicado por 8.000 millones, puede tener efectos devastadores.

Groenlandia, Trump y el hielo que se derrite

¿Se puede entender el interés de Donald Trump por comprar Groenlandia sin hablar de cambio climático? "Probablemente no", responde Kolbert. El Ártico se está transformando. El hielo marino desaparece. "Se ha vuelto mucho más fácil navegar alrededor de Groenlandia porque gran parte del hielo marino ha desaparecido. Antes, había periodos enteros en invierno en los que no podías acercar un barco a muchas partes. Ahora puedes llegar prácticamente en cualquier momento."

Y con la navegabilidad llega el interés minero. "Desde hace un tiempo, hay bastante interés en explotar la minería en Groenlandia, incluso de los propios groenlandeses, pero no está claro si es económicamente viable." Básicamente no hay carreteras. Pero el clima, una vez más, abre puertas. Y no necesariamente buenas.

El trauma del futuro que viene

"Nos cuesta imaginar futuros realmente malos", admite Kolbert. Y eso es peligroso. Porque lo que estamos haciendo al clima es irreversible y nos está llevando a un estado que nuestra especie nunca ha experimentado. "Esto puede resultar muy traumático y disruptivo, y cuando lo dices suena alarmista, pero es simplemente un hecho científico." Y no lo dice ella. Lo dicen miles de científicos.

La política climática de Estados Unidos, en sus palabras, es "trágica". Y sobre si aún puede evitarse el desastre, su respuesta es escueta "A duras penas".

El peso personal del cambio

Kolbert no se exime. Reconoce que su huella de carbono se dispara por los vuelos. "No podría hacer mi trabajo sin volar. Siempre me pregunto si está justificado el carbono que genero. Supongo que eso lo deben juzgar los lectores." No vive con 2.000 vatios, ese modelo suizo de consumo energético sostenible seis veces menor que el promedio estadounidense, aunque admite que le fascina la idea. Y admite también que no ha medido sus propios vatios. "Pienso que llevo una vida de bajo consumo, excepto por los vuelos. Ahí disparo totalmente mi huella."

Es un gesto honesto. El cambio no es solo colectivo. Es íntimo. Y mientras seguimos debatiendo sobre minería submarina, extinciones y algoritmos que traducen a las ballenas, hay una pregunta que flota en el aire ¿hasta dónde estamos dispuestos a cambiar antes de que el planeta lo haga por nosotros?

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