880 euros perdió Juana en Guatemala tras creer en una ayuda falsa de la princesa Leonor

“Depósito para firmar el cheque”: la excusa que usan para pedir entre 100 y 200 euros

10 de enero de 2026 a las 14:05h
880 euros perdió Juana en Guatemala tras creer en una ayuda falsa de la princesa Leonor
880 euros perdió Juana en Guatemala tras creer en una ayuda falsa de la princesa Leonor

Cuando pensamos en una estafa, solemos imaginar a un desconocido al teléfono, con un acento difícil de reconocer, ofreciendo algo demasiado bueno para ser verdad. Pero ahora, las estafas han dado un salto tecnológico inquietante. Se han disfrazado de princesas, de inteligencia artificial y de algoritmos que saben exactamente cuándo prometer ayuda, cuándo pedir dinero y cuándo desaparecer sin dejar rastro.

La sombra de una princesa

En febrero de 2026, la Fundación Princesa de Asturias lanzó una alerta que resonó más allá de los círculos institucionales. Un mensaje claro y directo: “se han detectado perfiles falsos” en redes sociales que usurpan la identidad de la princesa Leonor. Pero lo preocupante no es solo que existan, sino cómo operan, quiénes caen en la trampa y por qué plataformas como TikTok parecen mirar hacia otro lado.

Estas cuentas falsas no son simples imitaciones mal hechas. Utilizan inteligencia artificial para crear vídeos en los que una supuesta Leonor, con voz suave y gesto sereno, anuncia que va a entregar ayudas económicas a ciudadanos de cualquier país. Solo pide una cosa: una pequeña tasa para activar el proceso. Parece un cuento de hadas moderno. Solo que el cuento termina con una cuenta vacía.

La trampa perfecta

Los estafadores aprovechan un vacío: ni la princesa Leonor ni la Casa Real tienen cuentas oficiales en TikTok. Ese silencio digital se convierte en un terreno fértil para la desinformación. En esos perfiles, la falsa Leonor habla en español, en inglés, incluso en portugués. Sonríe, agradece, promete. Y detrás, no hay nadie. Solo algoritmos entrenados para imitarla, con rostro, voz y gestos generados por inteligencia artificial.

Las cifras que ofrecen son deslumbrantes: hasta cientos de miles de dólares para quienes lo soliciten. Pero antes, claro, hay que pagar. Entre 100 y 200 euros como “depósito para firmar el cheque” o “impuestos de gestión”. El dinero debe enviarse a través de Western Union, una forma rápida, anónima y casi imposible de rastrear.

Y entonces comienza el juego. Una vez hecho el primer ingreso, los estafadores no desaparecen. Al contrario. Se hacen más presentes, más cercanos, más convincentes. Si la víctima es mujer, la supuesta princesa la llama personalmente. Si es hombre, aparece un “abogado personal” que habla con autoridad y urgencia. Todo está diseñado para generar confianza, presión y sobre todo, más dinero.

El rostro de la víctima

Juana Cobo vive en Nebaj, un municipio en el norte de Guatemala. En 2024, creyó que su vida estaba a punto de cambiar. Un vídeo en TikTok le prometía una ayuda de más de 10.000 dólares. Solo tenía que pagar 7.200 quetzales —unos 880 euros— como “gestión inicial”. Juana pagó. Y luego pagó otra vez. Y otra. Hasta que no pudo más. Y los mensajes se silenciaron.

Sus 880 euros no fueron una excepción. Son parte de un patrón que se repite una y otra vez, en docenas de países. Los teléfonos y cuentas usados en estas estafas, investigados ya en 2024, apuntan todos a República Dominicana. Un patrón geográfico claro, que no ha bastado para detener la operación.

Algunos de esos vídeos falsos acumulan más de un millón de reproducciones. Miles de comentarios. Gente preguntando cómo aplicar, dónde enviar los datos, si es verdad. Y detrás, un sistema automatizado que filtra a los más vulnerables, los que más necesitan, los que más creen en la justicia, en la recompensa, en el milagro.

La responsabilidad invisible

TikTok, en sus normas de comunidad, afirma que no permite “el contenido que promueve o facilita los fraudes, las estafas o los planes engañosos”. Suena claro. Pero cuando un reportaje reveló decenas de cuentas fraudulentas en 2024, la plataforma respondió que no incumplían esas normas. Esa ambigüedad legal es el resquicio por el que entran las estafas.

¿Cómo puede una inteligencia artificial que imita a una figura real con fines de lucro no ser considerada fraude? ¿Por qué se tarda tanto en actuar cuando los daños son reales, cuando hay familias afectadas, cuando el dinero se va a cuentas offshore?

Este no es solo un problema tecnológico. Es ético, es social, es político. Mientras los sistemas de detección automática siguen sin reconocer el engaño, los estafadores siguen ganando tiempo, dinero y terreno. Y las víctimas, como Juana, quedan solas, sin respuestas y sin justicia.

La estafa de la princesa no es un caso aislado. Es un síntoma. El de un mundo donde la identidad puede copiarse, donde la confianza se vuelve mercancía y donde la tecnología, sin supervisión, puede convertirse en la mejor cómplice del crimen. Y mientras tanto, la verdadera Leonor sigue sin cuenta en TikTok. Y el silencio, cada vez, suena más como una advertencia.

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