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La batalla por la inteligencia artificial ya no discute solo sobre código o potencia de cálculo. También discute sobre trabajo humano, derechos de autor y el valor de millones de textos que durante años sostuvieron a la prensa y ahora aparecen en el centro de una pelea judicial entre The New York Times, OpenAI y Microsoft.
A finales de 2023, el periódico demandó a ambas compañías por haber usado millones de artículos protegidos por copyright sin autorización para entrenar productos comerciales de inteligencia artificial. La acusación añade una idea incómoda para el sector, porque esos mismos sistemas pueden competir después con los medios tradicionales.
Brent Hecht dejó por escrito una crítica que incomoda
En la documentación interna del caso aparece una de las frases más duras de toda la controversia. Brent Hecht, director de ciencias aplicadas de Microsoft, describió el uso masivo de contenidos para desarrollar estos sistemas como el mayor robo de mano de obra en la historia de la humanidad.
Hecht fue más lejos.
En esos mismos documentos sostuvo que, si las tecnológicas ganaran apoyándose en la doctrina del fair use, la idea misma del uso legítimo quedaría completamente ridiculizada. No es una objeción menor, porque el pleito gira precisamente alrededor de esa frontera entre aprovechar material ajeno y convertirlo en un producto nuevo mediante transformación.
Microsoft intentó marcar distancia con rapidez. Un portavoz de la empresa afirmó que esas palabras reflejan el punto de vista personal de un empleado y no la posición oficial de la compañía.
OpenAI admite que los medios sienten una presión directa
La tensión no sale solo de la parte demandante. Greg Brockman, cofundador y presidente de OpenAI, reconoció en las declaraciones conocidas durante el proceso que las editoriales afrontan una amenaza existencial por parte de la inteligencia artificial generativa.
Además, Brockman describió esta tecnología como ampliamente sustitutiva de los medios tradicionales. La observación pesa porque no llega de un crítico externo, sino de uno de los principales responsables de una empresa señalada en el caso y de un actor que conoce el efecto comercial de estas herramientas.
Ahí está el nudo del conflicto.
The New York Times sostiene que sus textos no sirvieron solo como material de laboratorio, sino como base para desarrollar productos capaces de disputar atención, tráfico y negocio a quienes pagaron por producir esos contenidos. La discusión, por tanto, no enfrenta únicamente a un medio con dos compañías tecnológicas, sino a dos formas de entender qué significa reutilizar trabajo ajeno en la economía digital.
Ese choque conecta con la caída del clic en noticias, donde la relación entre plataformas de IA y medios ya se mide también en tráfico perdido.
El Gobierno de Estados Unidos entró en escena del lado de las tecnológicas
A principios de septiembre, el Departamento de Justicia de Estados Unidos presentó un escrito de apoyo a OpenAI y Microsoft. Su argumento enlaza el caso con el progreso científico, el crecimiento económico y la seguridad nacional, tres palabras que suelen pesar mucho cuando un litigio tecnológico deja de ser un asunto empresarial y entra en el terreno estratégico.
No deja de llamar la atención la contradicción. Mientras documentos internos recogen dudas severas sobre el modo en que se obtuvieron y usaron esos contenidos, las compañías defienden que el entrenamiento está amparado por el fair use y que el resultado transforma el material original.
La disputa recuerda a el debate sobre propiedad intelectual, donde la pregunta de fondo sigue siendo la misma, quién fija el límite entre inspiración, extracción y sustitución.
Sidney Stein, el juez federal encargado del caso, podría pronunciarse sobre el procedimiento simplificado a finales de 2026 o durante 2027. Entre tanto, el pleito deja una imagen difícil de ignorar, porque una empresa defiende en público el uso legítimo de millones de textos mientras uno de sus propios directivos lo comparó por escrito con un robo de mano de obra.