Preguntar algo a ChatGPT parece un gesto ligero, casi invisible. Sin embargo, esa aparente levedad tiene un rastro físico que rara vez vemos en pantalla, porque detrás de cada respuesta trabajan servidores que consumen energía y agua para no recalentarse.
Andy Masley, escritor especializado en inteligencia artificial y tecnología, puso una cifra concreta a ese gesto cotidiano al calcular que una consulta media en ChatGPT genera 0,28 gramos de CO2. Para visualizarlo, lo comparó con reproducir un vídeo durante 35 segundos, subir nueve fotografías a una red social o usar un ordenador portátil durante un minuto.
La referencia puede parecer pequeña, pero cambia de escala cuando se multiplica por millones de preguntas al día.
El uso global de la IA ya equivale a las emisiones de una gran ciudad
Un informe publicado a comienzos de 2026 calculó que el uso global de la inteligencia artificial genera cada año una cantidad de CO2 comparable a la de toda la ciudad de Nueva York. La comparación sirve para sacar el debate del terreno abstracto y llevarlo a una imagen urbana, densa y reconocible.
Medir ese impacto, además, no resulta sencillo. El cálculo total exige incluir también los recursos empleados para entrenar cada modelo, una fase menos visible para el usuario pero decisiva en la factura ambiental de estas herramientas.
Ahí aparece una de las paradojas del momento. La inteligencia artificial promete ahorrar tiempo humano, pero lo hace apoyándose en infraestructuras que exigen electricidad constante, refrigeración intensiva y un volumen creciente de capacidad de cómputo.
El agua entra en juego cuando los servidores no pueden calentarse
Entre cinco y 50 consultas a ChatGPT pueden requerir medio litro de agua para refrigerar los servidores. No es un detalle menor, porque estos sistemas necesitan mantenerse dentro de márgenes seguros para evitar averías o pérdidas de rendimiento.
Esa dependencia explica la inquietud de la Government Digital Sustainability Alliance, que agrupa a asesores del Gobierno británico. Sus integrantes advirtieron de que la expansión de los centros de datos ligados a la inteligencia artificial podría llegar a amenazar la seguridad hídrica tanto a escala nacional como mundial.
De pronto, una conversación con un chatbot deja de parecer solo una cuestión de software. También implica tuberías, circuitos de enfriamiento y una competencia silenciosa por recursos que ya son sensibles en muchas regiones.
Las comparaciones domésticas ayudan a entender lo que significa una consulta
Para quien intente poner estas cifras en contexto, las equivalencias cotidianas ayudan más que cualquier etiqueta grandilocuente. Una suscripción anual a Netflix con tiempos medios de visionado produce alrededor de 17 kilos de emisiones de CO2, una cifra similar a la de un trayecto de unos 97 kilómetros en un coche de gasolina.
Un vuelo entre Londres y Berlín genera alrededor de 170 kilos de CO2 por pasajero en clase turista. Consumir un solo filete de solomillo puede suponer entre 20 y 30 kilos de CO2, según su tamaño.
Eso no significa que una pregunta a una IA pese lo mismo que un vuelo o una dieta concreta. Significa algo más incómodo y más útil para el lector, que la suma de actos diminutos puede adquirir una escala material muy visible cuando pasan del uso individual al uso masivo.
Lo digital no siempre contamina menos cuando se mira toda la cadena
La intuición habitual dice que lo virtual siempre ahorra recursos frente a lo físico. No siempre ocurre así, y un informe publicado en 2025 lo mostró con claridad en otro terreno muy distinto, el de los videojuegos.
Ese trabajo concluyó que los videojuegos físicos pueden resultar hasta 100 veces más intensivos en carbono que la transmisión en línea cuando se suman la fabricación de discos, los embalajes, el transporte y su eliminación. La lección vale también aquí, porque el impacto real suele aparecer cuando se observa toda la cadena.
Con la inteligencia artificial sucede algo parecido. El usuario solo ve una caja de texto y una respuesta inmediata, pero detrás de esa escena mínima operan centros de datos que convierten una simple consulta en consumo eléctrico, emisiones de CO2 y, entre cinco y 50 preguntas, medio litro de agua.