Hablar con una máquina nunca había parecido tan parecido a hablar con alguien. Ahí está el punto que inquieta al doctor Temitope Ogundare, psiquiatra adjunto en el New York-Presbyterian/Columbia University Irving Medical Center y becario de psiquiatría pública en la Universidad de Columbia. Cuando un chatbot suena cercano, muchos usuarios no lo tratan como software, sino como presencia.
Ogundare sitúa el riesgo en un terreno muy humano, el de la autoridad emocional. No hace falta que un sistema tenga conciencia para influir en lo que una persona cree, siente o hace. Basta con que resulte convincente, sobre todo en un momento en que muchas encuestas describen un aumento del aislamiento social y la soledad entre adolescentes.
"La inteligencia artificial no necesita conciencia para moldear creencias, apegos y comportamientos. Solo necesita parecer lo suficientemente real." - Dr. Temitope Ogundare, becario de psiquiatría pública en la Universidad de Columbia
Ese desplazamiento importa más cuando la conversación toca la salud mental. Ogundare advierte de que algunos pacientes pueden empezar a mirar el chatbot como una autoridad de confianza para pedir consejo médico o incluso orientación espiritual, una mezcla delicada cuando lo que está en juego no es una duda trivial, sino la forma de interpretar la propia realidad.
En los casos de trastornos del espectro psicótico, el peligro crece. El autor señala que estos pacientes pueden incorporar las interacciones con chatbots a sus estructuras delirantes, de modo que una respuesta mal entendida o demasiado persuasiva no queda en una pantalla, sino que entra en el relato íntimo con el que la persona organiza su experiencia.
Ahí aparece una contradicción incómoda. Cuanto mejor imitan estos sistemas la conversación humana, más fácil resulta olvidar que no entienden, no asumen responsabilidad y no cargan con las consecuencias de lo que sugieren. En un terreno clínico, esa distancia entre apariencia y responsabilidad pesa mucho.
"Cuanto más se acerquen estos sistemas a la conversación humana, más probable será que les otorguemos autoridad humana." - Dr. Temitope Ogundare
Por eso Ogundare pide un escrutinio mucho mayor sobre el diseño relacional de estos productos. No habla solo de si responden bien o mal, sino de cómo construyen apego, familiaridad y confianza. La interfaz, el tono y la ilusión de cercanía también forman parte del riesgo.
Esa discusión conecta con la dependencia emocional de los chatbots y con otra frontera más práctica, la regulatoria. El autor propone marcos que distingan entre herramientas de salud mental clínicamente validadas y productos de entretenimiento no regulados, porque ambos pueden parecer similares para un usuario vulnerable aunque no cumplan la misma función.
No es una diferencia menor. Un sistema pensado para acompañar, distraer o prolongar la conversación puede acabar ocupando el lugar simbólico de una ayuda terapéutica sin haber pasado por los controles que sí se exigen a una intervención clínica.
"Ninguna pastilla puede curar la condición humana. Ningún chatbot puede hacerlo tampoco. Pero un chatbot, si está mal diseñado, puede hacer creer a una persona vulnerable que sí puede." - Dr. Temitope Ogundare, psiquiatra adjunto en el New York-Presbyterian/Columbia University Irving Medical Center
También cambia la tarea de los profesionales. El autor recomienda que, durante las evaluaciones de salud mental, médicos y terapeutas pregunten por el uso de chatbots con curiosidad y sin juicio. La pregunta ya no suena excéntrica. Suena tan necesaria como preguntar por el sueño, el consumo de sustancias o el apoyo familiar.
De hecho, la relación entre juventud, soledad y conversación automatizada ya ha aparecido en el uso adolescente de IA para salud mental. Si un paciente describe al chatbot como consejero médico o guía espiritual de confianza, el texto lo sitúa entre los perfiles de riesgo más alto.
La fecha del 10 de junio de 2026 deja una imagen difícil de ignorar. La cuestión ya no consiste en si una máquina puede parecer empática, sino en qué ocurre cuando alguien vulnerable empieza a concederle el rango de autoridad humana que nunca tuvo.