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Más de 40 países celebraron comicios en 2024 y la política ya ha abierto una puerta incómoda a los asistentes de inteligencia artificial.
ChatGPT, Gemini, Claude, Copilot y Grok, el chatbot de Elon Musk, ya no aparecen solo como herramientas para resumir textos o responder dudas rápidas. También asoman en un terreno mucho más delicado, el momento en que un ciudadano decide a quién votar.
En Reino Unido ya hay votantes dispuestos a pedir consejo a un chatbot
En las elecciones locales de Reino Unido del mes de mayo, la London School of Economics reveló que más de un 14% de las personas encuestadas estaría dispuesto a usar la IA para definir su voto. No hablamos de una curiosidad marginal, sino de una disposición explícita a delegar una decisión política en una máquina.
Dos años antes, otro estudio ya había detectado que casi el 10% de los británicos usaba chatbots de IA como fuente de información política. La secuencia importa porque muestra un desplazamiento claro, primero como canal de consulta y después como posible orientador del voto.
Ahí aparece una contradicción difícil de ignorar.
Mientras una parte del electorado contempla esa posibilidad, las campañas y las plataformas avanzan por un terreno mucho menos controlado de lo que sugieren las normas. El problema no consiste solo en que la IA informe, sino en que empiece a ordenar preferencias, jerarquizar candidatos o responder como si pudiera pesar por nosotros intereses, miedos y afinidades.
Brasil intentó poner límites, pero los chatbots los desbordan
Brasil se encuentra en pleno proceso electoral este año. En marzo, el Tribunal Electoral Estatal impuso restricciones a los asistentes de IA en campaña para que no proporcionen recomendaciones, clasificaciones u opiniones sobre candidatos y partidos políticos.
Además, el tribunal endureció la responsabilidad de las plataformas si difunden contenido falso. La medida apunta al corazón del problema, porque una recomendación automática puede mezclarse con una falsedad y circular con la apariencia de una respuesta neutral.
Sin embargo, ya se ha revelado que en Brasil resulta relativamente sencillo obtener recomendaciones de voto por parte de los chatbots pese a esas restricciones. Esa grieta convierte la norma en una frontera porosa, más parecida a una advertencia que a un muro real.
La paradoja brasileña recuerda que prohibir una respuesta no equivale siempre a impedirla, del mismo modo que cerrar una puerta no sirve de mucho si la ventana sigue abierta. Algo parecido sugiere los límites de la IA al leer el voto, donde la apariencia de comprensión puede confundir más de lo que aclara.
La campaña no solo depende del mensaje, también del modelo de negocio
La cuestión se vuelve aún más espinosa cuando entra en escena OpenAI, que explora la explotación de la publicidad. Si un asistente conversacional participa en la búsqueda de información política y al mismo tiempo tantea fórmulas comerciales, la conversación pública deja de parecer un intercambio inocente.
No hace falta imaginar un anuncio electoral incrustado de forma burda para percibir el conflicto. Basta con pensar en un espacio donde una persona pregunta por inmigración, impuestos o seguridad y recibe respuestas dentro de un sistema que estudia cómo monetizar la atención.
Esta semana se publicaron afirmaciones de Feijóo sobre devoluciones en caliente y masivas de menores migrantes no acompañados. En un entorno así, la velocidad con la que circula una declaración polémica puede encontrarse con usuarios dispuestos a pedir a un chatbot no solo contexto, sino orientación política.
Falta aún tiempo para las elecciones generales de 2027, pero la fricción ya está aquí. Entre el casi 10% de británicos que usaba chatbots como fuente política hace dos años, el más de 14% que estaría dispuesto a usar la IA para definir su voto en Reino Unido y la facilidad con la que Brasil no logra impedir recomendaciones automáticas, la pregunta ya no es si estos sistemas entraron en campaña, sino cuánto espacio les estamos dejando.