Hay un momento, en la historia de la ciencia, en que lo que parecía ciencia ficción empieza a oler a posibilidad. No a certeza, pero sí a algo que ya no se puede descartar con una sonrisa. Ese momento está ocurriendo ahora, en un laboratorio de Melbourne, donde una empresa australiana llamada Cortical Labs afirma haber cruzado una frontera la de ejecutar código en células vivas del cerebro humano. No es un chip, no es un ordenador clásico. Es algo distinto. Algo que respira, que se alimenta, que responde. Lo llaman CL1, y es, según sus creadores, el primer dispositivo del mundo que combina neuronas vivas con hardware de silicio para procesar información.
Un cerebro en una caja de zapatos
El sistema CL1 tiene el tamaño de una caja de zapatos, pero lo que ocurre dentro es más asombroso que cualquier miniaturización tecnológica. En su interior, neuronas cultivadas en laboratorio derivadas de células madre se asientan sobre un chip repleto de microelectrodos. Estos electrodos envían señales eléctricas a las células y capturan sus respuestas. Es una conversación, en tiempo real, entre lo biológico y lo electrónico. Las neuronas no solo responden aprenden. Y lo hacen sin el enorme consumo energético de los grandes modelos de inteligencia artificial. La biología es increíblemente eficiente desde el punto de vista energético, asegura Brett J. Kagan, director científico de Cortical Labs. Nosotros, los seres humanos, no necesitamos cantidades ingentes de datos. A diferencia de los algoritmos que requieren cientos de miles de imágenes para aprender qué es un perro, una niña como la hija de Kagan solo necesita ver dos o tres.
Este enfoque, conocido como "wetware" una mezcla de hardware y materia viva, busca aprovechar las propiedades únicas del cerebro su capacidad para aprender con pocos ejemplos, su flexibilidad ante la incertidumbre, su habilidad para interpretar información ruidosa. Todo ello, sin necesidad de centros de datos que consumen energía como ciudades enteras. Es un modelo de computación que no imita al cerebro lo utiliza directamente.
Del laboratorio a la nube
Cortical Labs ya opera unas 120 unidades del sistema CL1 en un pequeño centro de datos en Melbourne. Y no están pensadas solo para uso interno. La empresa trabaja en instalaciones en Singapur y Australia para desplegar más unidades con acceso remoto. Todo lo que se necesita es un poco de sangre o algo de piel, y a partir de ahí se puede generar un suministro indefinido de estas células que después se convierten en neuronas, explica Kagan. Es una promesa de escalabilidad sin precedentes células humanas cultivadas a voluntad, conectadas a interfaces electrónicas estandarizadas. Procesos que antes tomaban meses ahora se realizan en horas. Estamos utilizando estas células casi como un enfoque de ingeniería para construir algo que nunca ha existido, dice Kagan. Y, por el momento, los resultados son muy prometedores.
Pero no se trata de reemplazar a los ordenadores tradicionales. Kagan es claro los sistemas basados en silicio siguen siendo insuperables para cálculos matemáticos rápidos y precisos. La idea no es competir, sino complementar. El futuro de la computación llegará cuando podamos aprovechar todas las herramientas de las que disponemos para obtener el mejor resultado. Una computación híbrida lo mejor del silicio y lo mejor del cerebro, trabajando juntos.
¿Conciencia en una placa?
Con tanta promesa, surgen preguntas que rozan lo filosófico. ¿Qué ocurre cuando cultivas redes neuronales humanas capaces de aprender, de adaptarse, de responder? Alysson R. Muotri, investigador de la Universidad de California en San Diego, advierte que si solo se usa una red plana de neuronas, el avance podría ser limitado. Pero si se construyen estructuras tridimensionales organoides cerebrales, pequeños "mini-cerebros" en cultivo, las cosas cambian.
"La organización anatómica del tejido… probablemente pueda generar algún tipo de experiencia en una placa. Esto podría crear una cierta forma de conciencia… y puede que a algunas personas les incomode saberlo" - Alysson R. Muotri, director del Sanford Stem Cell Education and Integrated Space Stem Cell Orbital Research (ISSCOR) Center de la Universidad de California en San Diego
Es una advertencia seria. No porque estemos ya ante seres conscientes en placas de laboratorio, sino porque la tecnología avanza más rápido que nuestras herramientas éticas. ¿Qué derechos tendría un tejido neuronal que muestra signos de respuesta compleja? ¿Dónde trazamos la línea entre herramienta y entidad sensible? Muotri sugiere que este tipo de desarrollos podrían exigir nuevas normas, nuevas formas de supervisión. No es ciencia ficción es una discusión que ya debería estar en marcha.
Una nueva frontera con responsabilidad
Detrás de todo esto hay también una apuesta por la ética. Kagan defiende que este enfoque podría reducir drásticamente la experimentación con animales, permitiendo estudiar respuestas neuronales a fármacos, trastornos genéticos o enfermedades neurodegenerativas en un entorno controlado y humano. Consideramos que este es un enfoque mucho mejor, concluye. Pero también es un recordatorio cada avance tecnológico que roza la vida humana exige humildad. No basta con poder hacer algo. Hay que preguntarse si debemos hacerlo, y cómo.
El CL1 no es el ordenador del futuro, al menos no como lo imaginábamos. Es algo más extraño, más vivo. Es una caja que contiene pedazos de nosotros mismos, aprendiendo. Y mientras lo hace, nos obliga a mirar hacia adentro no solo a nuestras neuronas, sino a nuestras preguntas más profundas sobre inteligencia, conciencia y el límite entre lo humano y lo hecho por el hombre. Tal vez, en ese cruce, no estemos creando máquinas que piensan, sino descubriendo que pensar siempre fue, en parte, un fenómeno biológico. Y que la próxima revolución no vendrá de los transistores, sino de una gota de sangre.