De las fábricas al frente: cómo la IA civil se trasvasa al campo militar

"Los límites están en conservar las decisiones humanas": la línea roja de la IA bélica

08 de marzo de 2026 a las 15:48h
De las fábricas al frente: cómo la IA civil se trasvasa al campo militar
De las fábricas al frente: cómo la IA civil se trasvasa al campo militar

La inteligencia artificial ya no es ciencia ficción. Tampoco es solo un asunto de smartphones que reconocen caras o plataformas que recomiendan series. Está en los cuarteles, en los satélites que vigilan fronteras, en los drones que patrullan cielos y en los servidores que analizan terabytes de información en tiempo real. Y aunque no lo veamos, su huella en el mundo de la defensa está creciendo a un ritmo acelerado, con decisiones políticas, militares y éticas que ya no pueden posponerse.

Cuando la IA deja de ser civil para volverse estratégica

La inteligencia artificial no nació en los laboratorios militares. Surgió en el entorno civil, impulsada por empresas tecnológicas que buscaban optimizar procesos, mejorar servicios o ganar eficiencia. Pero como ocurre con muchas innovaciones, su salto al ámbito de la defensa era casi inevitable. Hoy, esa frontera entre lo civil y lo militar se ha vuelto difusa.

Realmente, lo que estamos viendo es un trasvase de mucha tecnología civil al campo militar, dice Raúl Álvarez, CEO de Kallisto AI. Y no exagera. Sistemas de mantenimiento predictivo, visión por computador para identificar objetivos o algoritmos que analizan patrones de movimiento tecnologías que antes se usaban en fábricas o ciudades inteligentes ahora se aplican en escenarios de combate. Hay una serie de satélites y aviones de vigilancia que te están diciendo en tiempo real dónde están las unidades enemigas. Y ahí sí que se utiliza IA, añade Álvarez, refiriéndose al uso intensivo de estas herramientas en la guerra de Ucrania.

No se trata de crear modelos desde cero, sino de adaptar los existentes. Enrique Ávila Gómez, director del Centro de Referencia de Inteligencia Artificial del Estado Mayor de la Defensa, lo explica con claridad no se parte de la nada, sino que se reentrena modelos previamente desarrollados, ajustándolos a misiones específicas. Hablamos de modelos especialmente entrenados para una determinada misión y para un determinado objetivo, subraya. Esa capacidad de adaptación es clave permite escalar rápidamente capacidades sin tener que esperar años de desarrollo.

La IA en operaciones más velocidad, más precisión, pero no más autonomía

En un teatro de operaciones, cada segundo cuenta. La diferencia entre la vida y la muerte, entre el éxito y el fracaso, puede depender de cuán rápido se procesa la información. Y aquí es donde la IA empieza a marcar la diferencia. Todo lo que sería el ciclo de inteligencia puede automatizarse en cierta manera. Tanto la adquisición como el análisis y la transmisión de la información, afirma Ávila Gómez. La IA no toma decisiones por sí sola, pero sí acelera el proceso que lleva a tomarlas.

En operaciones militares de Estados Unidos, por ejemplo, se han utilizado herramientas de inteligencia artificial para localizar a líderes como el ayatolá Alí Jameneí o a Nicolás Maduro, combinando datos de múltiples fuentes y simulando escenarios de intervención. El objetivo no es solo encontrar a alguien, sino evaluar el mejor momento, el mejor método y las posibles consecuencias de una acción. Si estás en un teatro de operaciones, la información es la sensorización del territorio. Tienes que tener sensorizado el territorio para saber dónde está tu enemigo y cómo tienes que responder, dice Ávila.

Pero hay límites. Y esos límites son humanos.

"Los límites están en conservar las decisiones humanas. Tiene que ser un humano el que controle la escalada del conflicto" - Enrique Ávila Gómez, director del Centro de Referencia de Inteligencia Artificial del Estado Mayor de la Defensa

Este matiz es fundamental. Aunque los vehículos autónomos o los drones guiados por IA puedan operar con cierta independencia, la decisión de usar la fuerza letal sigue, por ahora, en manos humanas. La IA tiene un papel orquestal, de coordinación, no de ejecución última.

El giro estratégico drones por tanques, IA por blindados

La guerra en Ucrania no solo ha sido un campo de batalla, también ha sido un laboratorio. Ha demostrado que sistemas baratos, como drones comerciales modificados, pueden neutralizar equipos multimillonarios. Y eso ha forzado una reevaluación global de las estrategias de defensa.

En Estados Unidos, el Pentágono canceló un programa de helicópteros de ataque, el Future Attack Reconnaissance Aircraft, tras haber invertido 2.000 millones de dólares. La razón el dinero se redirige hacia drones y sistemas autónomos. También se ha paralizado un proyecto para fabricar un nuevo tanque pesado, para apostar por un modelo más ligero, más ágil, más adaptable. Tampoco puedes decir que lo van a cambiar todo. No es así, pero es cierto que muchos ejércitos están variando su gasto, reconoce Raúl Álvarez.

La IA, junto con la autonomía y la conectividad, ayuda a manejar la complejidad del campo de batalla moderno. Permite coordinar decenas de drones, procesar información de múltiples fuentes y reaccionar con una velocidad imposible para los sistemas tradicionales. Pero, insiste Ávila, aún no ha habido ningún cambio profundo. La IA es una tecnología emergente, que se utiliza en situaciones específicas.

España y su apuesta por la soberanía tecnológica

Mientras tanto, en España, el Gobierno ha puesto en marcha una estrategia clara. En 2023 se anunció la construcción de Numant-IA, un centro de datos para ciberseguridad e inteligencia artificial que se ubicará en Soria. Con una inversión de 70 millones de euros y una fecha de finalización prevista para 2028, este proyecto busca garantizar el procesamiento seguro de datos clasificados, así como ofrecer capacidades de analítica avanzada para operaciones y logística.

Además, en 2025 se pondrá en marcha el Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa, diseñado para cumplir con el objetivo de invertir el 2% del PIB en defensa, tal como se comprometió ante la OTAN y la Unión Europea. De los 10.471 millones de euros previstos en este plan, el 31% se destinará a telecomunicaciones y ciberseguridad, una categoría que incluye servicios en la nube, defensa digital y, por supuesto, inteligencia artificial. Aunque no hay un desglose específico sobre cuánto irá directamente a IA, su papel como habilitador es indiscutible.

Ética, regulación y el dilema del poder privado

Pero no todo es tecnología y presupuestos. Hay un debate ético que avanza a paso lento. Ávila Gómez es claro siempre será necesario preservar una ética en el conflicto. Y por eso aboga por una regulación internacional específica para la aplicación de la IA en la guerra. Un marco que no exista solo en los papeles, sino que tenga mecanismos de control y sanción.

El caso de Anthropic lo ilustra con crudeza. Esta empresa, desarrolladora de los chatbots Claude, se negó a permitir que el Pentágono usara su tecnología para vigilancia masiva o para sistemas de armas autónomas. Como respuesta, la Administración de Donald Trump canceló los contratos con la compañía y la etiquetó como "riesgo para la cadena de suministro", una medida hasta entonces reservada para empresas extranjeras como Huawei. El mensaje fue claro quien no coopere en defensa, queda fuera.

Este enfrentamiento plantea una pregunta incómoda ¿hasta dónde deben ceder las empresas privadas en nombre de la seguridad nacional? Y más aún ¿quién define los límites éticos cuando la tecnología avanza más rápido que las leyes?

La inteligencia artificial no es buena ni mala por sí misma. Es una herramienta. Pero como todas las herramientas, su impacto depende de quién la maneje, con qué fines y bajo qué controles. La inteligencia artificial es un multiplicador de capacidades de todo tipo. Tiene que incorporarse a toda la estructura social, y dentro de nuestra estructura social está el mundo de la defensa, que tiene que incorporar esas capacidades para ser mucho más eficaz, dice Ávila Gómez. Pero eficacia no debe ser sinónimo de impunidad. Y en ese equilibrio, quizás, se juega el futuro de la guerra y de la paz en el siglo XXI.

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