Leer ya no es solo cuestión de tiempo. Hoy, lo que está en juego es la autenticidad. Hace apenas unos años, el gran enemigo del lector era la extensión. Un artículo demasiado largo se recibía con un seco «TL;DR» como si fuera una sentencia. Era el grito de los millennials hartos de bloques de texto infinitos, de explicaciones que nunca acababan. Pero ahora, el enemigo ha cambiado de forma. No es la longitud. Es el origen.
El nuevo filtro generacional
La generación Z, crecida entre algoritmos y asistentes que responden antes de terminar la pregunta, ha desarrollado un sexto sentido para detectar lo falso. No se trata solo de contenido inexacto, sino de algo más sutil el tono plano, las transiciones perfectas, la ausencia de riesgo o de voz personal. Cuando algo suena demasiado pulido, demasiado genérico, surge el veredicto «AI;DR».
Este acrónimo, que imita la estructura de «TL;DR», no significa «demasiado largo, no leído». Significa «IA; no leído». Y es mucho más contundente. No se queja del tamaño. Se niega a empezar siquiera. Detrás de esa etiqueta hay una exigencia silenciosa quiero leer a personas, no a máquinas.
El hartazgo es real. Cada día, millones de palabras generadas por inteligencia artificial se esparcen por internet. Blogs, redes, newsletters, incluso textos académicos. Pero cuanto más abunda el contenido, menos valor tiene. Lo que antes era información útil ahora puede ser simplemente «slop», relleno sin sustancia, escrito sin esfuerzo, pensado para pasar desapercibido y engañar al algoritmo. Y la generación Z lo sabe. No solo lo sabe lo rechaza.
El esfuerzo como prueba de humanidad
Tony "Sid" Sundharam, cofundador de la app Sink It, lo dice con una claridad que corta en seco
"Para mí, escribir es la ventana más directa a cómo alguien piensa, percibe y comprende el mundo"
Y añade, casi como una pregunta que todos deberíamos hacernos
"¿Por qué debería molestarme en leer algo que a otro no le interesa escribir?"
Sus palabras no son una crítica técnica. Son una defensa del acto de escribir como prueba de compromiso. Que alguien haya tenido una idea, se haya enfrentado a la página en blanco, haya borrado frases, haya reescrito párrafos, es una señal. Es una huella digital del esfuerzo humano, una pequeña rebelión contra la automatización.
En un mundo donde una IA puede producir mil palabras en segundos, el valor ya no está en la cantidad. Está en el hecho de que alguien haya decidido invertir su tiempo, su energía, su voz. Ese esfuerzo es lo que legitima al autor ante el lector. No es perfección lo que busca quien dice «AI;DR». Es presencia.
La lectura como acto de resistencia
Javier Lacort, compañero en esta aventura de contar ciencia y tecnología, suele decir que la IA nos está entrenando para pulsar el botón «resumir» en todo. Queremos lo esencial, lo rápido, lo práctico. Pero al ahorrar tiempo, perdemos el lujo de la lectura lenta, del matiz, de la idea que nace entre líneas.
Hay un paralelismo inevitable con la «dead internet theory», esa especulación oscura que sostiene que gran parte del contenido en línea ya no lo generan personas, sino máquinas que se comunican entre sí. No es del todo cierto, pero sí es una metáfora poderosa. Si no tenemos cuidado, corremos el riesgo de convertir internet en un eco de voces artificiales, en un espacio sin alma donde todo suena igual.
La generación Z, paradójicamente, está poniendo en valor lo que muchos daban por perdido. No son analfabetos digitales. Son críticos digitales. Saben usar la IA mejor que nadie, pero también saben cuándo no quieren que les hable. Y están dispuestos a señalarlo. Con una etiqueta. Con una palabra. Con una negativa silenciosa a leer.
En medio del ruido, ese gesto tiene algo profundamente humano. Leer ya no es solo consumir información. Es un acto de reconocimiento yo sé que tú estás ahí. Y si no lo estás, no importa cuántas palabras haya. No voy a empezar.