En una era donde la inteligencia artificial está transformando desde la medicina hasta el entretenimiento, su uso más inquietante quizás no sea el que imaginamos. No se trata de robots tomando decisiones, sino de algoritmos generando imágenes y vídeos que manipulan percepciones, alteran narrativas y, en algunos casos, buscan socavar la cohesión social. Lo que antes era ciencia ficción empieza a parecer un manual de estrategia geopolítica estamos entrando en la era de la *slopaganda*, una combinación de "slow" y "propaganda", pero con un giro digital, barato y altamente viral.
La cruz, el capitán Jack y el precio de la gasolina
En enero de 2026, Donald Trump compartió en su red social Truth una imagen que generó inmediato rechazo él vestido como Jesucristo, con túnica blanca y aureola, enfrentándose al papa León XIV en un escenario apocalíptico. La imagen, claramente generada por inteligencia artificial, fue retirada horas después ante la presión de asociaciones católicas, evangélicas y protestantes. No era arte, ni sátira. Era un mensaje el mesías político del trumpismo, elevado al rango de figura sagrada. La línea entre ironía y adoctrinamiento se desdibujó en cuestión de clics.
Pero no fue el único uso simbólico. Apenas dos meses después, el 14 de abril de 2026, la Embajada de Irán en Tayikistán publicó un vídeo generado por IA que mostraba a Jesucristo golpeando al presidente estadounidense. En cuestión de días, el contenido alcanzó 46 millones de likes y fue compartido cinco millones de veces. El mensaje era claro Estados Unidos, el gigante occidental, no solo es vulnerable, sino que su caída tiene un matiz casi divino. No se atacan políticas, se ataca la legitimidad moral del enemigo.
"El vídeo se creó a petición del Gobierno iraní, uno de nuestros 'clientes'. El objetivo es mostrar que Irán se resiste a un opresor global todopoderoso" - Sr. Explosive, representante de Explosive Media
La empresa detrás del contenido, Explosive Media, no es un actor de espionaje, sino una productora especializada en contenidos de bajo coste con IA. Su modelo de negocio es sencillo crear material visual impactante, fácil de compartir y diseñado para resonar emocionalmente. La guerra ya no se libra solo con tanques o ciberataques, sino con memes que viajan a la velocidad de la luz.
El merchandising de la guerra
El arte y la política se han fusionado hasta el paroxismo. El artista digital Snicklink lanzó un vídeo titulado "Blockade", donde una versión sintética de Trump canta alegremente sobre el bloqueo del estrecho de Ormuz, una vía estratégica para el transporte de petróleo. Al final del clip, aparece el texto "Consigue tu nuevo merchandising de Blockade AQUÍ". Es una sátira que, sin embargo, se alimenta del mismo ecosistema que critica la comercialización de la tensión geopolítica.
Y no se queda allí. La Embajada de Irán en Zimbabue difundió una sátira en la que Trump aparece como el capitán Jack Sparrow, navegando un barco con la bandera de Epstein, con subtítulos que insinúan corrupción y decadencia moral. Mientras, la Embajada en Tailandia lanzó un mensaje directo al consumidor "¿Están listos, compañeros? Trump $20.28 por galón". El precio de la gasolina se convierte en arma retórica, y las elecciones estadounidenses en espectáculo global.
Estos contenidos no buscan convencer con argumentos, sino con emociones burla, miedo, indignación. Son rápidos, visuales, fáciles de consumir. Y están diseñados para circular en plataformas donde el algoritmo premia el impacto, no la veracidad. La IA permite producir cientos de variaciones en minutos, adaptadas a distintos contextos culturales, idiomas y redes sociales. La propaganda ya no necesita millones de dólares necesita un buen prompt y un servidor potente.
Estamos ante un nuevo escenario de influencia que no respeta fronteras ni convenciones. Gobiernos, artistas, empresas privadas y activistas compiten en un campo de batalla donde la realidad es maleable. Y mientras tanto, el ciudadano medio sigue desconfiando de las noticias falsas, sin darse cuenta de que ya no son solo "falsas" son hiperreales, creadas a medida, con rostros que nunca existieron y eventos que jamás ocurrieron. La pregunta ya no es qué es real, sino quién decide qué lo sea. Y esa decisión, cada vez más, se toma en servidores lejos de cualquier control democrático.