Europa mira al espejo y no reconoce su reflejo. En la era de la inteligencia artificial, donde cada línea de código puede convertirse en poder económico, militar o geopolítico, el viejo continente se encuentra en una encrucijada. No es solo una cuestión técnica. Es de soberanía. De identidad. De supervivencia tecnológica.
El fantasma de la dependencia
Hace apenas un año, DeepSeek R1 irrumpió en escena como un terremoto silencioso. No venía de Silicon Valley. No fue presentado en un escenario con luces LED y aplausos forzados. Era chino. Y demostró algo incómodo: que se puede competir en inteligencia artificial incluso bajo bloqueos tecnológicos, sin acceso a las mejores tarjetas gráficas ni a los centros de datos más potentes. Estados Unidos, con sus sanciones a empresas como Huawei o SMIC, pensó que había frenado a China. Se equivocó. Y Europa, que observaba desde la barrera, debería haber tomado nota.
Porque mientras China avanza a paso forzado, Europa sigue atada. Atada a los modelos de lenguaje que nacen en California. Atada a los chips fabricados con tecnología estadounidense. Atada a los centros de datos que, aunque estén en Finlandia o Irlanda, dependen de arquitecturas y ecosistemas controlados desde el otro lado del Atlántico.
La dependencia no es solo económica. Es estratégica. Y peligrosa. Si Estados Unidos decide restringir el acceso a ciertos servicios de IA en un momento de tensión, Europa no tendría contrapeso. Ni alternativa. Ni margen de maniobra.
Un continente dividido, un rival unido
Las tensiones entre Estados Unidos y Europa han escalado como nunca. La obsesión de Donald Trump por hacerse con Groenlandia no era solo una ocurrencia excéntrica. Era un síntoma. Un aviso. Países europeos han respondido enviando tropas a la región, como si el siglo XXI hubiera rescatado del baúl las lógicas imperiales del XIX. Pero mientras se disputan territorios, pierden terreno en el verdadero campo de batalla: el digital.
Estados Unidos apuesta por la agilidad. Relaja normas. Incentiva la innovación sin frenos. Europa, por el contrario, eligió la prudencia. Aprobó la AI Act, una de las regulaciones más ambiciosas del mundo. Pero luego, al darse cuenta de que la brecha tecnológica con Estados Unidos crecía a velocidad de vértigo, decidió suavizar muchas restricciones. Un gesto que dice más de lo que parece: hay miedo. Miedo a quedarse atrás.
- Estados Unidos controla los modelos de lenguaje.
- Estados Unidos domina la fabricación y el diseño de los chips.
- Estados Unidos concentra la mayor parte de la inversión en IA.
- Estados Unidos decide, en gran medida, cómo se desarrolla esta tecnología.
Europa, mientras tanto, intenta reconstruir el mapa desde cero.
La resistencia europea
En Francia, Mistral avanza con modelos de código abierto. En Suiza, Apertus explora nuevas arquitecturas. En España, ALIA lleva años trabajando en inteligencia artificial aplicada a servicios públicos. Y en Alemania, SOOFI aspira a lanzar un modelo de lenguaje con 100.000 millones de parámetros, completamente abierto. Es un esfuerzo disperso, pero real. Como si cada país lanzara una bengala en la oscuridad, esperando que alguien la vea.
DeepSeek demostró algo clave: no se necesita tener las mejores máquinas para crear tecnología de vanguardia. El código abierto, la colaboración, la ingeniería eficiente, pueden compensar la falta de recursos. El conocimiento colectivo puede vencer al capital concentrado. Europa podría aprovechar esto. Pero necesita coordinación. Necesita un plan. Necesita decidir que su soberanía digital no es negociable.
Una posible estrategia sería emular lo que hace China: obligar a sus empresas a usar IA nacional. Incentivar. Proteger. Desarrollar. No por cerrarse al mundo, sino por no depender de un solo proveedor. Por no tener que pedir permiso para evolucionar.
El plan B: controlar la fábrica
Si Europa no puede fabricar los chips más avanzados, al menos quiere controlar cómo se fabrican. La alianza entre ASML y Mistral no es casual. ASML, con su tecnología de litografía de última generación, es la única empresa del mundo capaz de producir las máquinas que hacen los chips más potentes. Pero está en Europa. Y esa es una baza. Si no puedes competir en producción, compite en conocimiento.
Es un plan B brillante. No fabricamos los chips, pero controlamos la máquina que los hace. Es como no tener coches, pero poseer la fábrica de motores. Es una palanca de poder. Y en tiempos de fragmentación tecnológica, cada palanca cuenta.
¿Sueña Europa?
Miguel De Bruycker, del Centro de Ciberseguridad de Bruselas, dejó caer una frase que pesa como una losa:
"Europa ha perdido internet (...) Si quiero que mi información esté al 100 % en la UE... sigue soñando" - Miguel De Bruycker, responsable del Centro de Ciberseguridad de Bruselas
Soñar no es malo. Pero no se puede vivir solo de sueños. Europa necesita acción. Necesita unir sus proyectos dispersos. Necesita proteger su innovación. Necesita decidir que no será un mero consumidor de tecnología, sino un creador.
La inteligencia artificial no es solo un tema de productividad. Es una cuestión de libertad. Porque quien controla la tecnología, controla el futuro. Y si Europa no actúa ya, ese futuro se escribirá en inglés. Y en código ajeno.