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La carrera de la inteligencia artificial ya no enfrenta solo a dos estilos tecnológicos. También enfrenta dos maneras de entender el poder, porque Estados Unidos prioriza agentes digitales para servicios comerciales apoyados en la nube de Amazon y Microsoft, mientras Pekín aprieta en modelos baratos, robots humanoides y chips pensados para ordenadores menos potentes.
Hay una cifra que resume esa diferencia. Deepsek entrenó su inteligencia artificial en dos meses por seis millones de dólares, frente a los 100 millones y los seis meses que costó ChatGPT 4.
China compite con menos dinero y con otra clase de hardware
Ese contraste explica buena parte del momento actual. China no domina la tabla principal de rendimiento, pero sí ha encontrado una vía para recortar distancia con sistemas más baratos de entrenar y con componentes adaptados a máquinas menos exigentes.
En el ranking de Arena IA, Anthropic y OpenAI ocupan los primeros puestos. La primera inteligencia artificial china que aparece en esa clasificación es Kimi AI, situada en quinto lugar.
Kimi salió de Moonshot AI, la empresa fundada por Yang Zhilin cuando tenía 34 años. El detalle no es menor, porque Yang obtuvo su doctorado en una universidad de Pensilvania y encarna ese flujo de talento que ya no circula en una sola dirección.
Algo parecido ocurre con Omar Yaghi.
El ganador del Premio Nobel de Química en 2025 dejó la Universidad de California para incorporarse a la Universidad de Tsinghua y dirigir un instituto tecnológico. Cuando una potencia atrae figuras de ese nivel, la disputa deja de medirse solo en chips o en modelos y empieza a notarse también en los pasillos de las universidades.
Washington y Pekín llevan la IA hasta el terreno militar
La parte más incómoda de esta competencia no está en los asistentes virtuales ni en los robots de escaparate. Estados Unidos busca aplicar la inteligencia artificial con fines militares para intervenir en el conflicto con el régimen iraní, y China quiere usarla con fines militares para invadir Taiwán.
Kenton Thibaut, investigador sénior del Atlantic Council, pone nombre a esa lógica de fondo.
"El interés de China en la inteligencia artificial nace de la necesidad de control y de hacer el mundo un lugar más seguro para el Partido Comunista Chino" - Kenton Thibaut, investigador sénior del Atlantic Council
La tecnología que promete ahorrar tiempo en un servicio comercial también puede acelerar decisiones en un escenario de guerra. No extraña que Washington haya endurecido el cerco a productos chinos con capacidad de conexión, cálculo o automatización.
La Comisión Federal de Comunicaciones prohibió la importación de nuevos modelos de drones, enrutadores, inversores y robots chinos. En paralelo, el 10 de junio Anthropic envió una carta a los senadores Tim Scott y Elizabeth Warren en la que acusó a Alibaba de copiar sus tecnologías de inteligencia artificial mediante decenas de miles de cuentas no autorizadas.
La disputa, por tanto, no se juega solo en los laboratorios o en el mercado. También se parece cada vez más a una batalla por el acceso, el bloqueo y la sospecha, como ya se vio en las restricciones sobre modelos avanzados y en el endurecimiento de controles cruzados.
Pekín quiere convertir los datos en política de Estado
En junio, China presentó un plan estratégico para transformarse en una potencia de datos antes de finales de 2028. Después, durante la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial celebrada en Shanghái, se comprometió a compartir datos con países en desarrollo.
Ese movimiento tiene una lectura exterior y otra interior. Hacia fuera ofrece cooperación, pero hacia dentro refuerza la idea de que los datos son una infraestructura de poder tan importante como la energía o las telecomunicaciones.
Julio añadió otra capa a esa pelea.
Ese mes, el Ministerio chino de Comercio aseguró en un comunicado que muchas empresas estadounidenses de inteligencia artificial habían destilado modelos chinos durante sus procesos de investigación, desarrollo y entrenamiento. La acusación respondía a la denuncia previa de Anthropic y dibujaba un tablero en el que ambos bloques se presentan al mismo tiempo como víctimas y como vigilantes.
Visto así, la frontera entre competencia comercial y seguridad nacional se ha vuelto cada vez más estrecha, algo que también aparece en la expansión de infraestructura en Estados Unidos. Mientras uno despliega agentes digitales sobre la nube de Amazon y Microsoft, el otro intenta convertir datos, fabricación y disciplina industrial en una ventaja propia.
Y aun con toda esa presión geopolítica, el marcador más concreto sigue siendo incómodo para ambos. Los modelos punteros siguen en manos de Anthropic y OpenAI, pero la quinta posición de Kimi AI y los seis millones de dólares de Deepsek bastan para recordar que la distancia ya no se mide solo por quién va primero, sino por cuánto cuesta alcanzarlo.