Dos años y medio después de ChatGPT, Ben Thompson afirma: "no hay burbuja" en la IA

"En una burbuja, la inversión supera la demanda real": por qué Thompson dice que la IA va al revés

21 de marzo de 2026 a las 13:29h
Dos años y medio después de ChatGPT, Ben Thompson afirma: "no hay burbuja" en la IA
Dos años y medio después de ChatGPT, Ben Thompson afirma: "no hay burbuja" en la IA

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que hablar de inteligencia artificial era sinónimo de ciencia ficción o, como mucho, de promesas vagas en laboratorios bien financiados. Hoy, apenas dos años y medio después del lanzamiento de ChatGPT, esa sensación de distopía futurista se ha desplazado hacia una realidad mucho más concreta la IA ya no es un experimento, es una fuerza productiva. Y quien más claramente lo ha dicho, con el peso de su trayectoria como analista, es Ben Thompson. Hasta hace poco escéptico sobre el ritmo real de adopción, ahora afirma sin rodeos "no hay burbuja" en la IA.

El salto del chat al razonamiento

El primer salto, el que todos vimos, fue ChatGPT en noviembre de 2022. Fue la demostración masiva de que la IA generativa podía redactar, traducir, incluso imitar estilos literarios. Pero también mostró sus límites errores groseros, datos inventados, alucinaciones. Era un prodigio con fallos de base. Todo cambió con el lanzamiento del modelo o1 de OpenAI en septiembre de 2024. Esta nueva generación no solo respondía razonaba. Antes de dar una respuesta, evaluaba si era correcta, consideraba alternativas, corregía su propio proceso. Era como pasar de un estudiante que memoriza respuestas a uno que piensa antes de hablar.

Y ese cambio, aparentemente interno, tuvo consecuencias muy externas. Los modelos con capacidad de razonamiento consumen muchos más tokens las unidades básicas del lenguaje que procesan las IA y eso multiplicó exponencialmente la necesidad de potencia de cómputo. No se trata ya de almacenar datos, sino de procesarlos en cascadas complejas, de forma continua. La demanda de infraestructura se disparó. Los centros de datos, esos templos modernos del conocimiento digital, pasaron de ser activos estratégicos a convertirse en el nuevo oro.

La era de los agentes invisibles

Pero el tercer salto, el que muchos aún no han asimilado, llegó a finales de 2025. Con herramientas como Claude Code y Codex, la IA dejó de ser un asistente puntual para convertirse en un agente autónomo. Estos sistemas pueden ejecutar tareas anidadas durante horas, verificar sus propios resultados, corregir errores y tomar decisiones sin intervención humana. Imagina un programa que no solo escribe código, sino que lo prueba, lo despliega, detecta fallos y lo reescribe. Y que lo haga una y otra vez, sin cansancio.

Este cambio redefine el modelo económico. Ya no se trata de vender suscripciones a millones de usuarios de chatbots. Ahora, una sola persona puede controlar miles quizá millones de agentes simultáneamente. Nacen así las empresas unipersonales del futuro un desarrollador, un estratega, un creador, capaz de operar a escala industrial gracias a un ejército de empleados digitales. La productividad se desacopla del número de trabajadores humanos como nunca antes.

La demanda que no encuentra límites

¿Y dónde está la burbuja, entonces? Para Thompson, la respuesta es clara "En una burbuja, la inversión supera la demanda real". Pero en la IA, ocurre al revés. La demanda de cómputo crece a un ritmo que ni siquiera los gigantes tecnológicos pueden satisfacer. Microsoft, Google, Amazon y Meta los hiperescaladores ya no están simplemente ampliando sus centros de datos están anunciando inversiones astronómicas, proyectos que antes parecían ciencia ficción. No es especulación es una carrera por no quedarse atrás.

"La demanda de cómputo no parará de crecer. La burbuja, si es que existe y según él, la respuesta es que no lo hace, no va a explotar." - Ben Thompson, analista

El costo humano de la eficiencia

Este progreso tiene una cara más oscura. La oleada de despidos en el sector tecnológico, que muchos atribuían a la corrección post-pandemia, podría ser solo el preludio de una transformación más profunda. Thompson matiza parte de esos recortes responden al sobreempleo de la era del COVID, cuando las empresas contrataron a ritmo frenético. Pero el próximo ajuste será diferente. Pronto, las empresas dejarán de preguntarse si contrataron demasiado en el mundo pre-IA para cuestionarse si son demasiado grandes en el mundo post-IA.

La amenaza no viene solo de competidores más grandes, sino de los más pequeños startups nacidas con IA como columna vertebral, estructuras ágiles, costes mínimos. ¿Cómo competirá una empresa tradicional con un rival que opera con un equipo humano reducido y miles de agentes autónomos trabajando las 24 horas? La IA no solo cambia cómo trabajamos, redefine quién necesita trabajar.

Y aunque la inmensa mayoría de consumidores no pagarán por usar IA porque, como señala Thompson, "ellos no pagan por productividad" , las empresas sí lo harán. Porque la promesa de eficiencia, por fin, parece estar cumpliéndose. No con fanfarria, sino con silencio el silencio de miles de procesos que antes requerían personas, ahora ejecutados por líneas de código que nunca duermen. Estamos entrando en una nueva era no por la cantidad de usuarios que adopten la tecnología, sino por la profundidad con la que está transformando el valor, el trabajo y el poder económico. Y lo más inquietante es que, a diferencia de otras burbujas, esta no parece tener techo. Porque mientras haya problemas por resolver, la demanda de cómputo seguirá creciendo. Y con ella, el peso de las decisiones que dejamos en manos de lo que antes llamábamos máquinas.

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