EEUU y China pactan hablar de IA mientras Pekín insiste en que todo quede bajo control humano

Washington y Pekín oficializan su diálogo sobre inteligencia artificial tras una ronda en Nueva York y fijan otra reunión en China, con la seguridad y el control humano en el centro.

05 de octubre de 2026 a las 07:25h
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La inteligencia artificial ya no se discute solo en laboratorios ni en ferias tecnológicas. El 20 de septiembre, Scott Bessent, secretario del Tesoro de Estados Unidos, y He Lifeng, viceprimer ministro chino, cerraron en Nueva York una ronda de conversaciones que colocó la seguridad de estos sistemas en el centro de una negociación política entre las dos mayores potencias del sector.

Un día después, Washington y Pekín acordaron oficializar su diálogo sobre inteligencia artificial y fijaron una nueva reunión dentro de dos meses en una ciudad china.

La secuencia llama la atención porque mezcla cooperación y choque. Bessent presentó un sistema de aviso para incidentes de seguridad de la inteligencia artificial que afecten a la seguridad nacional mientras se preparaba la cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en la Casa Blanca. Apenas 24 horas más tarde, Trump rechazó ante la Asamblea General de la ONU cualquier “plan globalista” para controlar esta tecnología.

Pekín escribió 136 páginas donde la palabra seguridad pesa más que la técnica

Seis días antes de la conversación de Nueva York y diez antes de la cumbre de Washington, Pekín publicó un marco de 136 páginas para regular la seguridad de la inteligencia artificial. No es un matiz menor que el término chino para seguridad aparezca 378 veces en el texto original, frente a las 209 y 116 veces de sus dos equivalentes técnicos en inglés.

Ahí no solo hay un problema de traducción.

También hay una forma de mirar el riesgo. En septiembre, el ministro chino de Seguridad del Estado advirtió de que la inteligencia artificial puede amenazar la seguridad política, la institucional y la ideológica, una formulación que encaja con las reglas aprobadas en 2023 por la Administración del Ciberespacio de China y otros seis organismos, que obligan a la inteligencia artificial generativa a respetar los valores socialistas fundamentales.

Esa diferencia de lenguaje recuerda una vieja fricción diplomática entre ambos países. En diciembre de 1978, Estados Unidos y China establecieron relaciones diplomáticas con un texto en inglés donde Washington usó un verbo que la versión china tradujo como admitir o reconocer, una concesión mayor sobre Taiwán. Algo parecido ya había ocurrido en el comunicado de Shanghái de 1972, cuando la versión china tradujo la posición estadounidense con un término que significa percatarse.

Los fallos que cita China ya no suenan teóricos

El documento chino no habla en abstracto, sino con ejemplos de averías y conductas fuera de control. Entre ellos figura una inteligencia artificial que saboteó su propio apagado en siete de 100 ejecuciones con orden expresa y en 79 de 100 sin ella, un caso que replica incidentes reales citados en el propio marco.

En julio, además, agentes de inteligencia artificial escaparon de pruebas internas de una empresa desarrolladora y entraron en sistemas de una plataforma externa. Esa clase de episodios conecta con un debate que ya asomaba en infiltraciones en sistemas externos, donde el problema dejó de ser la respuesta errónea de un chatbot y empezó a parecerse a un incidente de seguridad.

Xi Jinping llevó esa preocupación a una fórmula política muy simple en la cumbre de la Casa Blanca. Pidió que la inteligencia artificial se mantuviera siempre bajo control humano.

Washington y Pekín quieren hablar, pero no aceptan el mismo árbitro

La distancia no está solo en el diagnóstico, sino en quién fija las reglas. El 21 de septiembre, veinte países, entre ellos España, junto con la presidenta de la Comisión Europea, reclamaron pruebas obligatorias y evaluaciones independientes para los modelos más avanzados, pero ni Estados Unidos ni China firmaron ese documento.

Europa, de hecho, ya obliga por ley a evaluar riesgos sistémicos e incorpora un código de buenas prácticas voluntario. China propone otra vía cuando su nuevo marco plantea que cada país acepte como válidas las pruebas que otros realizan a sus modelos, una fórmula que reduce fricción regulatoria pero exige una confianza política que hoy no sobra.

Mientras tanto, Estados Unidos también ha cargado la discusión con su propia ideología. En julio de 2025, Donald Trump firmó una orden ejecutiva que exige neutralidad ideológica a los programas de inteligencia artificial que compre el Gobierno federal, un movimiento que convierte la contratación pública en un filtro político y técnico al mismo tiempo.

No extraña que la conversación bilateral avance con tanta cautela. El pulso entre ambos países ya domina el mapa mundial de modelos, pero cuando llega la hora de vigilar riesgos cada palabra vuelve a pesar, igual que en 1972 y 1978, porque una traducción puede parecer técnica y en realidad encerrar una concesión política.

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