El 63% de los adolescentes ya no lee por placer: la alfabetización retrocede por el colapso de la atención

"El efecto de los medios digitales es incluso negativo", advierte el neurocientífico Michel Desmurget

23 de enero de 2026 a las 18:05h
El 63% de los adolescentes ya no lee por placer: la alfabetización retrocede por el colapso de la atención
El 63% de los adolescentes ya no lee por placer: la alfabetización retrocede por el colapso de la atención

Hace apenas unas décadas, la tecnología prometía liberar al ser humano. Acceso instantáneo al conocimiento, comunicación sin fronteras, herramientas para aprender más y mejor. Hoy, sin embargo, las mismas pantallas que nos conectaron podrían estar desconectándonos de lo que nos hace humanos. Atención, lectura, reflexión, pensamiento crítico: habilidades que parecían inamovibles en nuestra civilización están cediendo terreno frente a una marea digital que no siempre nos sirve, sino que, en muchos casos, nos consume.

La IA no viene a salvarnos, podría estar comiéndonos

El informe anual de Eurasia Group sobre los mayores riesgos para 2026 no solo habla de guerras, crisis climáticas o tensiones geopolíticas. Entre sus ocho principales amenazas, hay una que suena casi distópica: “La IA devora a sus usuarios”. No se trata de robots asesinos ni de inteligencias rebeldes, sino de algo más sutil y quizás más peligroso. Una tecnología que, en lugar de potenciarnos, nos debilita. Que no amplifica nuestras capacidades, sino que las reemplaza, y al hacerlo, las atrofia.

El término elegido por el grupo de análisis no es casual. Hablan de la “mierdificación” de la IA generativa, una palabra fuerte acuñada por el escritor británico Cory Doctorow para describir cómo plataformas que empezaron siendo útiles terminan corrompiéndose, saturadas de contenido basura, algoritmos manipuladores y experiencias de usuario diseñadas para enganchar, no para enriquecer.

Y el resultado es claro: el declive de la humanidad pensante, sensible y social. No es una metáfora literaria, es una advertencia basada en tendencias observables. Desde la Ilustración, nunca habíamos visto retroceder la alfabetización. Y sin embargo, hoy, en pleno siglo xxi, los datos señalan que la capacidad de lectura, escritura y cálculo está en caída libre en el mundo occidental. No por falta de escuelas, sino por un fenómeno más insidioso: el colapso de la atención.

La pantalla que nos mira, nos transforma

Cada minuto que pasamos deslizando pantallas es un minuto menos de pensamiento profundo. No es moralismo, es neurociencia. El neurocientífico Michel Desmurget, en su conferencia reciente La lectura en 2050, presentada por el Instituto Diderot, lo deja claro con contundencia:

"Si el efecto cognitivo de los cómics y las revistas es prácticamente nulo, el efecto de los medios digitales (blogs, redes sociales, SMS) es incluso negativo" - Michel Desmurget, neurocientífico del Instituto Nacional de la Salud y la Investigación Médica de Francia

Leer un libro no es solo absorber palabras. Es entrenar el cerebro. Desarrolla el coeficiente intelectual, mejora la concentración, fortalece la capacidad de síntesis, alimenta la creatividad. Y sí, incluso eleva el rendimiento en matemáticas. Por el contrario, la dieta digital constante fragmenta la atención, convierte el pensamiento en tics y la reflexión en reacciones.

Los antiguos ya sospechaban que los cambios tecnológicos alteran la mente. Platón, en el Fedro, planteaba con ironía que la escritura podía debilitar la memoria. Pero no la rechazó. La vio como una herramienta que, bien usada, complementaba el arte del diálogo. Hoy, en cambio, no estamos complementando nuestras habilidades. Las estamos dejando morir de inanición.

¿Quién gobierna la distracción?

Mientras Occidente celebra cada nueva app y cada avance en IA sin cuestionar sus efectos, otras potencias actúan con estrategia. El presidente chino Xi Jinping no habla de tecnología con entusiasmo incondicional. Ha calificado los videojuegos de “opio espiritual”. Y detrás de esa frase hay un plan: China está imponiendo normas cada vez más estrictas para limitar la adicción digital, especialmente entre los jóvenes. Controla contenidos, restringe horas de uso, prioriza la educación frente al entretenimiento algorítmico.

Es irónico. Países que celebran la libertad individual permiten que sus ciudadanos sean esclavizados por algoritmos diseñados para maximizar el tiempo de pantalla. Mientras, regímenes autoritarios imponen límites que, por motivos de control, terminan protegiendo algo esencial: la capacidad de pensar sin interferencias.

Hay una cita de Tocqueville que resuena con fuerza: “una etapa muy peligrosa en la vida de los pueblos democráticos”. Y también esta otra, sobre los líderes autoritarios: “son los únicos que actúan en medio de la inmovilidad universal”. Hoy, esa inmovilidad no es política. Es mental. Somos millones inmóviles frente a pantallas que nos dan la ilusión de movimiento.

Reivindicar el libro como acto de resistencia

No se trata de volver al pasado. No hay que demonizar la tecnología. Pero sí hay que recuperar el sentido crítico. La lectura profunda no es un lujo, es una necesidad para la supervivencia de la democracia. Una sociedad que no lee, no piensa. Y una sociedad que no piensa, no elige. Solo obedece, o sigue.

El 63% de los adolescentes ya no lee por placer. Las noticias se consumen en fragmentos de 8 segundos. Los libros desaparecen de las mochilas, de las mesas de noche, de las conversaciones. Pero aún estamos a tiempo. Mostrar un libro en público no es un gesto anticuado, es un acto político. Es decir: yo decido qué alimenta mi mente.

Y quizás, en un futuro cercano, el mayor acto de rebeldía no sea gritar en una manifestación, sino sentarse a leer un libro de tapa dura, sin notificaciones, sin distracciones, sin la necesidad de compartirlo en redes. Leer es, hoy más que nunca, resistir. Resistir a la velocidad, a la superficialidad, al olvido. El conocimiento no se genera en flashes. Se construye, palabra a palabra, página a página.

Si no queremos que la IA nos devore, debemos recordar quién manda. Y empezar, sencillamente, por volver a leer.

Sobre el autor
Redacción
Ver biografía