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La inteligencia artificial ya forma parte de la rutina académica de casi todos. Un estudio de la Fundación Conocimiento y Desarrollo sitúa ese uso en el 89% del alumnado, una cifra que retrata hasta qué punto estas herramientas han entrado en la vida diaria del estudio.
En apenas tres años, la inteligencia artificial generativa ha cambiado la manera de procesar la información. Lo ha hecho con una promesa tentadora para cualquier estudiante, llegar antes, resolver más rápido y sortear la página en blanco con ayuda inmediata.
Rinden mejor al principio, pero aprenden menos después
Ahí aparece la paradoja.
Una investigación internacional indica que los estudiantes que usan inteligencia artificial obtienen mejores resultados a corto plazo. Sin embargo, esas mismas ventajas iniciales se traducen en peores evaluaciones de conocimiento a medio y largo plazo.
El contraste importa porque no habla solo de notas, sino de memoria, comprensión y autonomía. Sacar adelante una tarea no equivale siempre a incorporar lo aprendido, y esa distancia entre rendimiento inmediato y conocimiento duradero empieza a pesar en el aula.
María Solano Altaba, profesora de la Universidad CEU San Pablo, lleva tiempo observando ese desplazamiento del esfuerzo. En esa discusión también encajan estudios sobre actividad cerebral al escribir, porque la cuestión de fondo no consiste solo en producir un texto, sino en qué parte del trabajo intelectual sigue haciendo el estudiante.
El alumno que tarda más acaba reteniendo mucho más
Los datos dibujan la otra cara del fenómeno con igual claridad. Los estudiantes que no utilizan inteligencia artificial logran peores resultados a corto plazo, pero muestran una adquisición de conocimientos muy superior a largo plazo.
No parece una diferencia menor. En la práctica, plantea una pregunta incómoda para centros, docentes y familias, si el sistema premia la entrega inmediata, puede estar castigando justamente el proceso que fija mejor lo aprendido.
Al fondo late una tensión bastante reconocible en cualquier escritorio de estudiante. La herramienta que ahorra tiempo hoy puede reducir el poso que deja el estudio mañana.
Citar bien también forma parte del aprendizaje
Hay además una capa menos vistosa y muy concreta, la forma de integrar estas ayudas dentro del trabajo académico sin borrar la autoría ni el rastro de las fuentes. Cuando el modelo de referencia es APA 7, citar no es un adorno técnico, sino una parte del método con el que se ordena, verifica y atribuye el conocimiento.
Ese detalle conecta el debate sobre la inteligencia artificial con algo más viejo que cualquier chatbot. Aprender nunca ha consistido solo en encontrar una respuesta, sino en saber de dónde sale, cómo se sostiene y qué queda en la cabeza cuando la pantalla se apaga.
María Solano Altaba también ha abordado esa relación con las pantallas en su libro Pantallas, qué remedio fue publicado por la editorial Palabra. Entre el 89% que ya usa inteligencia artificial para estudiar y la ventaja duradera de quienes prescinden de ella, la discusión no gira alrededor de la novedad, sino del precio cognitivo de la comodidad.