Imagina tener una empresa que quiere operar en Alemania, Francia, Italia, España y otros veinte países más. Parece una oportunidad enorme, pero en lugar de crecer, te encuentras rellenando formularios distintos en cada sitio, pagando tasas diferentes, adaptándote a leyes que a veces chocan entre sí. No es ciencia ficción. Es la realidad de miles de startups y pymes europeas que intentan expandirse dentro de la Unión Europea. Un laberinto burocrático que frena la innovación, asusta a los inversores y ralentiza el crecimiento.
Un solo botón para encender el mercado único
En el Foro Económico Mundial, Ursula von der Leyen lanzó una propuesta que suena casi como un truco de magia una empresa europea que pueda operar en los 27 países miembros como si estuviera en uno solo. El plan se llama EU-INC, y aunque técnicamente no crea un nuevo país, sí pretende funcionar como un "28º régimen" de facto. La idea es simple, aunque su implementación será compleja un solo marco legal, una sola fiscalidad, un solo registro. Y lo más llamativo el registro se haría completamente en línea y estaría disponible en tan solo 48 horas.
Esto no es solo una cuestión de comodidad. Hoy, las empresas que quieren operar transfronterizamente deben navegar entre 27 sistemas legales diferentes. Cada país tiene sus propias normas sobre capital social, contabilidad, derechos laborales y responsabilidad empresarial. Eso significa más costes, más tiempo y más riesgo. Para una startup con ideas brillantes pero recursos limitados, muchas veces es más fácil quedarse en su mercado local o irse a Silicon Valley, donde el entorno es más predecible.
El obstáculo invisible que frena la innovación
La fragmentación regulatoria no es solo un mal de cabeza para los emprendedores. Tiene consecuencias reales en la economía europea. Europa sigue rezagada frente a Estados Unidos y China en la creación de unicornios empresas valoradas en más de mil millones de dólares. Parte del problema no es la falta de talento, sino la falta de escalabilidad. Aquí, crecer demasiado rápido puede convertirse en un problema legal. Allí, es una señal de éxito.
EU-INC quiere cambiar eso. Al ofrecer un estatus empresarial paneuropeo, busca reducir la carga regulatoria, hacer más atractivo el continente para la inversión extranjera y, sobre todo, permitir que las ideas innovadoras se conviertan en empresas globales desde el primer día. No se trata de eliminar las leyes nacionales, sino de ofrecer una vía alternativa, clara y rápida, para quienes quieren operar a escala continental.
Los beneficios podrían notarse en todos los niveles. Los inversores ya no tendrían que estudiar veintisiete marcos legales distintos para evaluar una oportunidad. Las startups podrían lanzar servicios en múltiples países sin montar estructuras legales locales. Y los ciudadanos europeos, al final, tendrían acceso más rápido a nuevos productos y servicios, desde fintech hasta salud digital.
El pulso ciudadano al gran cambio
Pero no todo está escrito. La implementación de EU-INC dependerá de cómo se reciban estas ideas en los Estados miembros. Algunos podrían verlo como una amenaza a su soberanía fiscal o a sus modelos laborales. Otros podrían aprovecharlo para atraer nuevos negocios. En este contexto, una iniciativa como la encuesta anónima anunciada por EU.XL cobra especial relevancia. Escuchar a quienes están en primera línea empresarios, inversores, trabajadores puede marcar la diferencia entre un proyecto ambicioso y uno efectivo.
El mensaje final de von der Leyen fue claro la innovación no entiende de fronteras. Pero la burocracia, sí. Ahora toca ver si Europa puede alinear sus estructuras legales con su ambición tecnológica. Porque el futuro no se construye solo con ideas, sino con condiciones que permitan que esas ideas vuelen.