La carrera por la inteligencia artificial no se libra solo en laboratorios de código y algoritmos. Su escenario real es más amplio: está en las fábricas de chips, en las decisiones geopolíticas, en la electricidad que alimenta los centros de datos y en la capacidad de un país para sostener una visión a largo plazo. Y en este juego global, China está corriendo una maratón con zancadas firmes, pero con los pies atados por obstáculos que vienen de fuera y de dentro.
Un sueño tecnológico a contrarreloj
El sueño chino de liderar la IA no nace ahora. Es parte de un plan nacional que mira décadas adelante. Pero mientras empresas como OpenAI o Anthropic avanzan a ritmo de cohete, los gigantes tecnológicos chinos parecen moverse con lastre. Y no es falta de ambición. Al contrario. Según Justin Lin, responsable tecnológico de los modelos Qwen de Alibaba, las empresas chinas tienen menos del 20% de probabilidades de adelantar a los líderes estadounidenses en los próximos tres o cinco años. Es una confesión que pesa. No es derrotismo, sino realismo técnico.
En Pekín, Shanghái o Shenzhen, los ingenieros trabajan al límite. Pero cuando el hardware escasea, el software no puede volar.
Gran parte de su capacidad computacional a la investigación de última generación, nosotros estamos al límite de nuestras posibilidades. Sólo satisfacer la demanda de entrega consume la mayor parte de nuestros recursos
- Tang Jie, fundador de Ziphu AI
Detrás de esa frase late una paradoja. Ziphu AI, apenas salida a bolsa, vio subir sus acciones un 36% en una semana. Un estallido de euforia. Pero Tang Jie no celebra. Al contrario, advierte.
Algunos pueden sentirse emocionados, pensando que los modelos chinos han superado a los estadounidenses, pero la respuesta real es que la brecha puede estar aumentando
- Tang Jie
El cuello de botella que no se ve
La verdadera batalla por la IA no se libra solo en el software, sino en las fábricas de silicio. Y aquí, Estados Unidos ha marcado territorio. Los bloqueos a la exportación de chips avanzados y máquinas de litografía han golpeado fuerte. Sin acceso a los mejores procesadores de IA, China se ve obligada a construir modelos más eficientes, más pequeños, más ingeniosos. Pero no más potentes.
Empresas como Huawei y SMIC intentan sortear el bloqueo. Adaptan máquinas antiguas de ASML, las desmontan, las reensamblan, las hacen hablar chino. Así logran fabricar chips de 7 y hasta 5 nanómetros. Suena impresionante. Pero esos chips están varios años por detrás de lo que ya se produce en Taiwán o Estados Unidos. Es como correr una carrera olímpica con zapatos de hace una década. El atleta sigue siendo bueno. Pero el calzado marca la diferencia.
Shunyu Yao, ex científico de OpenAI y ahora científico jefe en Tencent, lo tiene claro. El camino no es imitar, sino innovar en lo que los demás aún no resuelven. Propone enfocarse en cuellos de botella como la memoria a largo plazo o el autoaprendizaje. En lugar de competir en potencia bruta, China podría ganar en inteligencia estructural. Una estrategia de ajedrez, no de fuerza.
El largo aliento del Estado
Mientras Washington recorta fondos para investigación académica, Beijing los multiplica. La ciencia y la tecnología se han convertido en una prioridad nacional, con presupuestos que crecen año tras año. Y no es solo IA. China lidera en baterías, robótica, coches eléctricos y energías renovables. Sector tras sector, está construyendo una base industrial que otros envidian.
El gobierno subvenciona agresivamente la transición energética. En un mundo donde los centros de datos consumen más electricidad que pequeños países, eso es ventaja. Mientras en Estados Unidos la red eléctrica se tambalea ante la demanda de IA, en China las plantas solares y eólicas crecen a ritmo acelerado. La energía verde no es solo ecología: es infraestructura estratégica para el futuro digital.
Y en el corazón de todo, una apuesta clara: la autosuficiencia. El gobierno impulsa el uso de chips nacionales, aunque sean menos eficientes. Es un sacrificio temporal. Como cuando un país desarrolla su propia aviación militar con motores menos potentes, sabiendo que cada vuelo le acerca a la independencia.
El futuro no está escrito, pero sí se construye
China no va a ganar la carrera de la IA por velocidad. Pero tal vez la gane por resistencia. No depende solo de quién tiene los mejores chips hoy, sino de quién puede sostener el esfuerzo mañana. La historia está llena de ejemplos: el programa espacial soviético, el desarrollo nuclear estadounidense, el auge japonés en electrónica. En todos ellos, el Estado jugó un papel clave.
La IA no será distinta. Aquí no se trata de una app que triunfa en un verano. Se trata de una transformación profunda, que requiere visión, paciencia y recursos. Y en eso, China tiene ventajas que no se miden en teraflops, sino en planificación. Aun así, el camino está lleno de incertidumbres. Los bloqueos pueden endurecerse. Las innovaciones occidentales pueden acelerarse. Y los límites físicos de la computación, algún día, frenarán a todos por igual.
Por ahora, la brecha parece crecer. Pero en esta carrera, el final está muy lejos. Y a veces, los que van segundos son los que mejor saben cómo ganar.