En 2023, el contenido generado por IA superó por primera vez al creado por humanos en internet

"Es urgente que la inteligencia artificial no sea solo producto de ingenieros" - Elena Martínez

06 de febrero de 2026 a las 13:05h
En 2023, el contenido generado por IA superó por primera vez al creado por humanos en internet
En 2023, el contenido generado por IA superó por primera vez al creado por humanos en internet

En noviembre de 2022, el mundo cambió sin que muchos lo notaran a tiempo. No hubo terremotos, ni anuncios apocalípticos. Solo una herramienta, ChatGPT, salió al mercado con una apariencia discreta una interfaz sencilla, un chat limpio, una promesa de respuestas inmediatas. Nadie imaginó entonces que doce meses después, más de un tercio del contenido publicado en internet ya no nacería de una mente humana, sino de algoritmos entrenados para imitarla.

Para 2023, el umbral se cruzó. Por primera vez en la historia, el contenido generado por máquinas superó al creado por personas. Una cifra sorprendente, pero no aislada. El Foro Económico Mundial ya había previsto que 2025 sería el año del furor por la inteligencia artificial. Y ahora, en 2026, ese furor ya no es un escenario futuro. Es el aire que respiramos, el texto que leemos, el servicio al cliente que nos atiende, muchas veces sin que lo sepamos.

La paradoja del progreso

Las empresas lo saben. Según el estudio Marcas con Valores 2026 de la consultora 21gramos, la integración de la inteligencia artificial se ha convertido en la segunda prioridad estratégica para las organizaciones, solo por detrás de la gestión de marca, comunicación y reputación. Inversión hay. Ambición también. Pero algo falla en la conexión con las personas.

El 80% de los ciudadanos prefieren ser atendidos por un humano, aunque cometa errores, antes que por un sistema de IA. Es un dato contundente, casi rebelde frente al discurso oficial que celebra cada avance tecnológico como un salto inevitable hacia lo mejor. Hay una desconexión clara entre lo que las empresas creen que necesitan los clientes y lo que los clientes realmente desean.

Y los expertos también empiezan a dudar. Hace dos años, el 83,3% de ellos afirmaba que la IA no podía sustituir el trato personalizado en la experiencia del cliente. Hoy, ese porcentaje ha bajado a 68,3%. La confianza en la superioridad del contacto humano se está erosionando, no porque haya mejorado la IA, sino porque su presencia se ha vuelto inevitable.

El precio de la inteligencia sin control

El Global Risks Report 2026 del Foro Económico Mundial señala cinco áreas críticas de impacto por el despliegue acelerado de la inteligencia artificial. La primera la demanda energética. Entrenar grandes modelos de IA consume cantidades colosales de electricidad, comparables a las de pequeños países. No es solo un problema técnico, es un dilema ecológico.

La segunda la pérdida de productividad. Contrario a lo que se prometió, la IA no está liberando tiempo, sino fragmentándolo. Las personas pasan más horas verificando, corrigiendo y gestionando salidas de algoritmos que no entienden. Automatizar no siempre significa eficientar.

La tercera la desinformación. El ritmo de propagación de contenido falso o confuso generado por IA se ha duplicado en un solo año. Deepfakes, textos persuasivos, noticias inventadas con fuentes falsas todo circula a velocidad viral, y cada vez es más difícil distinguir lo real de lo simulado.

La cuarta afecta directamente a las nuevas generaciones. Cada vez más jóvenes crecen en un entorno donde lo artificial parece más coherente que lo real, donde los consejos de una máquina suenan más lógicos que los de un adulto. ¿Qué modelo de pensamiento estamos normalizando?

Y la quinta, quizás la más urgente la transformación del mercado laboral. No solo hay riesgo de desplazamiento, sino de deshumanización. Puestos que requieren empatía, escucha, ética, están siendo reemplazados por automatismos que no saben lo que significa un silencio incómodo, una mirada dudosa, un agradecimiento sincero.

¿Hacia una tecnología más humilde?

Ante este escenario, los expertos del estudio ofrecen una recomendación inusual en tiempos de hiperinnovación desarrollar tecnologías más humildes. No más inteligentes, no más rápidas, sino más conscientes. Evaluar su impacto social antes de lanzarlas, no después. Y para ello, incorporar disciplinas que hasta ahora han estado al margen del desarrollo tecnológico filosofía, sociología, ética.

"Es urgente que la inteligencia artificial no sea solo producto de ingenieros, sino también de pensadores que entiendan a las personas" - Elena Martínez, directora de investigación en ética tecnológica de una institución académica europea

La propuesta suena casi revolucionaria en un mundo acelerado por el rendimiento y la escala. Pero tal vez sea justo eso lo que necesitamos un freno reflexivo. Una pausa para preguntarnos no solo si podemos hacerlo, sino si debemos.

Porque al final, la inteligencia artificial no nos va a juzgar. No va a celebrar nuestros logros ni comprender nuestros duelos. Pero nosotros sí podemos decidir cómo queremos que forme parte de nuestras vidas. Con prudencia. Con criterio. Con humanidad.

Sobre el autor
Redacción
Ver biografía