La inteligencia artificial dejó de ser una promesa tecnológica para convertirse en una herramienta cotidiana. En 2025, más de un tercio de los ciudadanos de los 38 países que conforman la OCDE ya utilizan herramientas de IA generativa. No estamos hablando de científicos en laboratorios ni de ingenieros en Silicon Valley. Son jóvenes en Grecia que preparan exámenes, estudiantes en Estonia que redactan ensayos, o trabajadores en Eslovenia que optimizan sus currículos. La revolución no llegó con un estruendo, sino con un clic.
Un mapa del uso desigual
Si miras el mapa del uso de IA en Europa, descubres un continente dividido. Grecia, Dinamarca y Estonia lideran el uso de estas herramientas en los últimos tres meses de 2025. En Grecia y Estonia, los jóvenes de entre 16 y 24 años son los principales impulsores de esta adopción. Son generaciones que no recuerdan un mundo sin internet, pero que sí están viviendo el salto cualitativo que supone hablar con una máquina y obtener respuestas coherentes, creativas, incluso sorprendentes.
En el otro extremo, Rumanía, Italia y Polonia registran los porcentajes más bajos de ciudadanos que dicen usar internet para acceder a IA. ¿Es cuestión de acceso? ¿De desconfianza? ¿De formación? Probablemente sea una mezcla. En algunos países, la brecha no es solo tecnológica, sino cultural. Mientras en Tallin un estudiante puede corregir su ensayo con IA antes del desayuno, en ciudades del sureste europeo, muchas personas aún asocian estas herramientas con riesgos, desinformación o incluso pérdida de empleo.
El género y la educación claves invisibles
En 21 países de la UE, los hombres utilizan más la IA que las mujeres. Es una brecha que se repite en muchos campos tecnológicos, como si la historia de la programación en los años 80 dominada por publicidad y dispositivos dirigidos a niños siguiera dejando huella. Pero hay excepciones reveladoras. En Estonia, Eslovenia, Lituania y Croacia, las mujeres usan más herramientas de IA que los hombres. ¿Qué ocurre allí? Posiblemente, políticas educativas más inclusivas, mayor presencia femenina en carreras digitales, o un tejido social que normaliza el uso de tecnología sin género asignado.
Y luego está el papel de la educación. En casi todos los países analizados, quienes tienen un alto nivel educativo son los que más usan IA. No es sorprendente si dominas el lenguaje, sabes cómo formular una buena pregunta, cómo evaluar una respuesta, cómo integrarla en tu trabajo. Pero Irlanda rompe la regla. Allí, las personas con menor nivel educativo son las que más recurren a estas herramientas. ¿Una señal de empoderamiento? Tal vez. Quizás estén usando la IA como un puente para compensar desventajas, para traducir textos, redactar correos, preparar entrevistas. En ese caso, no es solo tecnología, es equidad en acción.
Quiénes están detrás del teclado
Los estudiantes son, con diferencia, los principales usuarios de IA en los 25 países de la UE. Y no es casualidad. Cuatro de cada diez jóvenes la utilizan para su educación formal, frente a un porcentaje mucho menor en la población general. Imagina un alumno en Lisboa que usa IA para entender un concepto de física cuántica, o una estudiante en Viena que genera esquemas de estudio personalizados. La IA está redefiniendo lo que significa aprender.
Pero el aula no es el único escenario. El uso de IA con fines privados escribir cartas, planificar viajes, componer música es más común entre los jóvenes 44,19% frente al 25,09% del resto de la población. Y también está muy extendida entre quienes están en el mercado laboral, ya sea empleados o desempleados. Aquí la IA no es un juguete, es una herramienta de supervivencia. Un currículo más competitivo, una carta de presentación mejor redactada, una idea de negocio explorada en segundos.
Clase social y acceso otra brecha
En 22 países de la UE, los hogares con mayores ingresos son los principales usuarios de IA. Es lógico más dispositivos, mejor conexión, más tiempo para experimentar. En Eslovenia, este fenómeno alcanza su punto más alto. Pero de nuevo, hay excepciones que obligan a pensar. En Bélgica y Eslovaquia, son los ciudadanos con menores ingresos los que más declaran usar IA. ¿Por necesidad? ¿Por acceso a programas públicos de formación digital? ¿O porque las herramientas gratuitas están democratizando el acceso?
Estos datos no pintan un futuro lineal ni predecible. Muestran un mundo en transformación, donde la tecnología no se distribuye de forma uniforme, pero donde las excepciones a menudo cuentan más que las reglas. La IA no es solo algoritmos y datos. Es cómo una estudiante en Atenas mejora su nivel de inglés con un chatbot, cómo un desempleado en Bratislava reescribe su vida profesional con ayuda artificial, cómo una madre en Dubrovnik crea cuentos para sus hijos con imágenes generadas por inteligencia artificial.
La tecnología no cambia la sociedad por sí sola. La cambiamos nosotros al usarla. Y en 2025, ya no se trata de si la usamos, sino de cómo, por qué, y para quién.