En 2021, Meta dio un paso más en su plan para introducirse en nuestras vidas cotidianas. No bastaba con leer nuestros mensajes, rastrear nuestros clics o predecir lo que íbamos a comprar. Esta vez, la compañía decidió literalmente asomarse a nuestro campo visual. En alianza con Ray-Ban y más tarde Oakley, lanzó unas gafas que parecían normales pero que escondían cámaras, micrófonos y altavoces. Un dispositivo elegante, discreto, y con la capacidad de grabar sin que casi nadie lo note. Desde el año pasado, además, incluyen un asistente de inteligencia artificial que responde a órdenes de voz. Suena como ciencia ficción. Pero ya está aquí.
El regreso de las gafas espía
Hace más de una década, Google intentó algo similar con sus Google Glass. Gafas con pantalla integrada, cámara frontal, y la promesa de una vida conectada a tiempo real. El resultado fue un fracaso. La sociedad se resistió. Nadie quería sentarse frente a un desconocido que podía estar grabándolo sin consentimiento. Hubo bares que prohibieron su entrada. Periodistas las calificaron de "antiéticas". El rechazo fue tan fuerte que Google las retiró del mercado de consumo. Apenas unos años después, Meta vuelve a intentarlo. Con más sutileza, con mejor diseño, y con una estrategia más fría.
Las nuevas gafas no destacan. Al contrario. Se parecen a modelos icónicos como las Wayfarer, esos diseños clásicos que llevan décadas en las calles. Esa similitud es, precisamente, el truco. Lo más sencillo es desconfiar de cualquier persona que lleve unas Wayfarer, si no sabes si son gafas normales o un dispositivo de grabación encubierto. Y eso no solo plantea un problema ético. También un riesgo comercial EssilorLuxottica, la empresa que controla Ray-Ban, Oakley y otras marcas, podría ver afectadas sus ventas de gafas tradicionales. El efecto contagio es real. Cuando lo discreto se convierte en sospechoso, todo lo que parece igual empieza a generar desconfianza.
Reconocimiento facial el salto prohibido
Meta ya ha prometido que para este año incorporará el reconocimiento facial a sus gafas. Una funcionalidad que antes había descartado por considerarse demasiado intrusiva. Ahora, sin embargo, ha decidido que el beneficio supera el riesgo. Y no es un riesgo pequeño. Imagina caminar por la calle y que alguien, con un simple vistazo a través de sus gafas, sepa quién eres, dónde trabajas, qué publicas en redes. Todo en segundos.
Un documento interno de Facebook, citado por The New York Times, revela una estrategia aún más preocupante. La empresa planea lanzar esta función en un "ambiente político dinámico", un momento en el que los grupos que normalmente protestarían contra la invasión de la privacidad "tendrán sus recursos ocupados". El artículo interpreta esa frase como una ventana de oportunidad mientras Donald Trump lance un nuevo ataque a inmigrantes o bombardee algún país, mientras la atención pública esté distraída, Meta introducirá una tecnología que muchos considerarían inaceptable en condiciones normales.
El negocio de la exposición constante
En 2025 se vendieron siete millones de gafas conectadas. Una cifra que muestra que la tecnología está calando. Y no solo se usan para escuchar música o hacer llamadas. Cada vez más usuarios las emplean para grabar conversaciones en restaurantes, en fiestas, en la calle. Algunos publican esas grabaciones en redes sociales. Los usuarios publican sus conversaciones con camareros, sin que las otras personas involucradas lo sepan. Hay una luz que indica cuándo se está grabando, sí. Pero también hay multitud de tutoriales en línea que enseñan cómo taparla sin que el dispositivo deje de funcionar. La privacidad, en la práctica, se vuelve opcional.
Meta ya ha emitido un comunicado pidiendo que estos dispositivos se usen de manera respetuosa. Pero esa recomendación suena hueca. La empresa también había abandonado el reconocimiento facial por intrusivo, y ahora lo revive por intereses comerciales. El mensaje es claro lo que antes era una línea ética ahora es una puerta giratoria. Y todo apunta a que es más importante sacar dinero a los aspirantes a influencers que respetar al resto de la humanidad.
¿Nos hemos olvidado ya del pasado?
Meta es especialmente cabezona. Cree que, tras cinco o diez años, la sociedad olvida. Que después del escándalo de las Google Glass, tras los debates sobre vigilancia, tras las advertencias de expertos en ética y privacidad, ya podemos volver a intentarlo. Y esta vez, con mejor marketing, con diseño más atractivo, con influencers promocionándolas como accesorios de estilo, no como herramientas de vigilancia.
Pero el problema no es la tecnología. El problema es el contexto. Es la normalización silenciosa de la grabación constante. Es la erosión de la privacidad como valor social. Es la idea de que todo puede ser contenido, incluso nuestras conversaciones más casuales. Y es peligroso. Porque cuando dejamos de distinguir entre lo público y lo privado, cuando cualquier persona con unas gafas puede convertirse en un observador permanente, perdemos algo esencial la libertad de ser anónimos, de equivocarnos, de hablar sin miedo a ser grabados.