El mundo está cambiando a una velocidad que desborda nuestra capacidad de respuesta. No es solo una cuestión de avances tecnológicos o tensiones comerciales. Es un reajuste profundo, estructural, que está redefiniendo dónde se crea el valor, quién lo controla y qué papel le queda al ser humano en medio de esta transformación. Y aunque vivimos como si todo siguiera igual, las reglas ya no son las de antes.
El nuevo mapa del poder económico
El centro de gravedad de la economía global ya no está en el Atlántico. Hoy, la actividad económica se concentra entre China, India y el sudeste asiático. No es casualidad allí vive la mayor parte de la población mundial, y las diferencias de productividad entre países se están reduciendo. La economía sigue la gente, y la gente ya no está en Occidente.
Esto no empezó ayer. El cambio se aceleró alrededor de 1980, con la llegada de China al escenario global. Desde entonces, casi 45 años de crecimiento sostenido han reconfigurado las cadenas de valor, el comercio y el equilibrio de poder. A eso se suma la tecnología los smartphones, los algoritmos, la inteligencia artificial. Lo que antes tardaba semanas ahora se resuelve en segundos. La tecnología no solo acelera sustituye.
"Lo que puede cambiar es la velocidad, no la dirección. La economía mundial ya no vuelve atrás. El centro de gravedad se desplaza hacia Asia, la tecnología sustituye trabajo humano y la política reacciona de forma cada vez más errática. Pensar que podemos volver a los 90 es una ilusión peligrosa" - Javier Díaz-Giménez, economista y profesor de IESE
Este desplazamiento no es solo geográfico. Es también ideológico. La globalización que parecía inevitable en los años 90 ahora choca con un mundo fragmentado, donde las sanciones, las guerras y los cortes energéticos alteran los precios, las cadenas de suministro y la estabilidad. Alemania, por ejemplo, pasó de depender del gas ruso barato a tener cero suministro en cuestión de meses. Eso no es un ajuste marginal es un terremoto económico.
Trabajo, tiempo y la paradoja del progreso
Uno de los grandes mitos del siglo pasado fue que la tecnología liberaría al ser humano del trabajo pesado. Y en parte es cierto. Pero no ha traído el ocio que imaginábamos. Ha traído desempleo estructural, precariedad y desconexión. Porque si la marea sube, ¿por qué muchos barcos siguen varados?
En Estados Unidos, el empleo industrial ha caído. Pero no porque la industria haya desaparecido. Al contrario, ha crecido. Lo que ha cambiado es que ya no la hacen personas. La productividad sube, pero los puestos de trabajo no. Y cuando eso ocurre, la frustración social también sube. Donald Trump no es la causa de este malestar. Es su consecuencia.
"Trump no es la causa, es la consecuencia. La consecuencia del ascenso de China y del cambio tecnológico. Estados Unidos tiene hoy la misma proporción de industria en el PIB que hace veinte años. Lo que ha caído es el empleo industrial. ¿Por qué? Por la tecnología, no por la globalización" - Javier Díaz-Giménez
La tecnología no te da dinero. Te da tiempo. Como lo hicieron las lavadoras en los años 60. No aumentaron los salarios, pero liberaron horas a las mujeres para que estudiaran, trabajaran o simplemente descansaran. Hoy, la inteligencia artificial podría hacer lo mismo a escala masiva. Pero la pregunta que nadie quiere responder es ¿qué hacemos con ese tiempo libre si no hay trabajo para todos?
"La tecnología no te da dinero, te da tiempo. Las lavadoras no te dieron dinero te dieron tiempo. El problema es qué hacemos con ese tiempo" - Javier Díaz-Giménez
Europa rica, envejecida y en riesgo
Europa está en la esquina superior del mapa económico rica, con un alto nivel de bienestar, pero envejecida y con un riesgo muy real de irrelevancia. No por falta de talento, sino por ausencia de unidad. No podemos hablar de una política exterior común si no tenemos defensa común. Y no podemos tener defensa común sin un presupuesto europeo y legitimidad democrática.
Decir que somos europeos no puede quedarse en una declaración de intenciones. Ser europeo significa estar dispuesto a que tus hijos defiendan a Estonia como defenderían a Andalucía o a Cataluña. Mientras eso no ocurra, seguiremos siendo una colección de Estados que comparten moneda pero no destino.
"Primero tenemos que empezar a ser europeos de verdad. Eso implica defensa común, presupuesto común y legitimidad democrática. Ser europeo significa estar dispuesto a que tus hijos mueran defendiendo Estonia. Si no, no lo eres" - Javier Díaz-Giménez
La deuda, los aranceles y los límites del presente
Con un crecimiento cercano al 3%, mantener un déficit del 3% no es solo insostenible. Es irresponsable. En esta fase del ciclo económico, los presupuestos deberían estar equilibrados o incluso mostrar superávit. Porque los ciclos no mueren. Vuelven. Y cuando lo hagan, el déficit podría dispararse al 5 o 6%. Y ese costo lo pagaremos todos.
El debate sobre la deuda pública no es tanto sobre su tamaño, sino sobre su coste de financiación. Mientras un país no sea percibido como riesgoso, puede seguir emitiendo deuda indefinidamente. Pero si suben los tipos de interés o se pierde credibilidad, el sistema se descompone. La deuda privada, en cambio, es menos preocupante. Porque las empresas se endeudan para comprar activos que generan rendimiento. El problema no es endeudarse, es no tener retorno.
Y los aranceles, esos impuestos a las importaciones que tanto gusta anunciar en campaña, ¿quién los paga en realidad? El 90% lo pagan los consumidores estadounidenses. Sobre todo en productos con demanda inelástica aquellos que la gente seguirá comprando aunque suban de precio. La tecnología, al reducir costes, amortigua parte de este impacto. Pero no lo elimina.
El futuro no es demográfico. Es tecnológico
El 70% de la población mundial vive en países por debajo de la tasa de reemplazo. El colapso demográfico es real, y es exponencial. Pero eso no significa que la economía vaya a colapsar. Porque ya no necesitamos tantas personas para producir. Las máquinas lo hacen.
"No hacemos falta. Están las máquinas" - Javier Díaz-Giménez
Si la tecnología genera suficiente riqueza, podría financiar pensiones, sanidad y servicios públicos sin necesidad de crecer demográficamente. El reto no es la producción. Es la distribución. Si vienen las máquinas y pagan nuestras pensiones, los reyes de la distribución somos nosotros. Pero eso exige políticas audaces, visión de futuro y, sobre todo, coraje para enfrentar lo que viene.