Europa arriesga su autonomía en IA por falta de estrategia y voluntad política, advierte Eric Schmidt

"Europa realmente no tiene una estrategia de IA. A menos que esté dispuesta a gastar mucho dinero en modelos europeos, acabará utilizando modelos chinos."- Eric Schmidt, ex CEO de Google y Alphabet

26 de enero de 2026 a las 16:10h
Europa arriesga su autonomía en IA por falta de estrategia y voluntad política, advierte Eric Schmidt
Europa arriesga su autonomía en IA por falta de estrategia y voluntad política, advierte Eric Schmidt

En los salones tapizados de Davos, donde los líderes mundiales debaten el futuro del planeta entre copas de vino y desayunos gourmet, Eric Schmidt lanzó una advertencia que resuena más allá de las montañas suizas. Europa, dijo, está a punto de perder la carrera de la inteligencia artificial. No por falta de talento. Ni por escasez de ideas. Sino por algo mucho más básico: falta de estrategia, de dinero y de voluntad política.

Un continente sin brújula tecnológica

Schmidt, ex CEO de Google y Alphabet, no es un crítico cualquiera. Su trayectoria lo convierte en testigo privilegiado del nacimiento y consolidación del imperio digital estadounidense. Y su diagnóstico es claro: mientras Estados Unidos apunta a la inteligencia artificial general y China se lanza a aplicar la IA en cada rincón de su sociedad, Europa parece perdida en el mapa.

"Europa realmente no tiene una estrategia de IA. A menos que esté dispuesta a gastar mucho dinero en modelos europeos, acabará utilizando modelos chinos."

- Eric Schmidt, ex CEO de Google y Alphabet

Su advertencia no es solo técnica. Es geopolítica. Si Europa no desarrolla sus propios modelos, dependerá de otros. Y eso no es neutral. Los modelos de IA no son cajas negras inocentes. Llevan dentro los valores, los sesgos y las prioridades de quienes los crean. Un modelo chino no entiende la privacidad como la entiende un europeo. Tampoco prioriza los derechos humanos del mismo modo.

Y sin embargo, Europa tiene todo para competir. Schmidt lo reconoce: su talento técnico es "verdaderamente extraordinario". Pero talento sin infraestructura es como un violinista sin violín. No suena.

Energía, dinero y centros de datos

La IA no se alimenta de buenas intenciones. Necesita energía, mucha. Necesita capital, más. Y necesita hardware, el tipo de máquinas que concentran kilómetros de servidores en hangares refrigerados. Schmidt lo dice con crudeza: "Europa necesita abordar el problema de los precios de la energía. No tiene centros de datos muy grandes. Tiene talento, pero necesita mucho dinero. Mucho dinero y mucho hardware".

Imaginemos por un momento a un investigador en Berlín o en Barcelona con una idea revolucionaria. Para entrenar un modelo de lenguaje grande, podría necesitar miles de procesadores trabajando a pleno rendimiento durante semanas. El coste eléctrico solo en Europa puede ser prohibitivo. En Estados Unidos o en China, los subsidios, las tarifas más bajas y las políticas industriales facilitan ese salto. Allí, la ambición tiene espacio para respirar.

Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo, lo resumió en un panel con palabras que suenan a advertencia: "La IA es intensiva en capital, intensiva en energía e intensiva en datos". Y agregó: si no cooperamos, si no creamos marcos comunes, todo se paraliza. Menos datos, menos inversión, menos innovación. Y al final, menos futuro.

La carrera por la superinteligencia

Más allá de la competencia geopolítica, Schmidt dibuja un horizonte aún más ambicioso: el de la inteligencia artificial general, la AGI. Ese momento en el que una máquina no solo responde preguntas, sino que decide qué problema resolver. No solo sigue instrucciones, sino que formula sus propias metas.

En San Francisco, cuenta Schmidt, muchos creen que la AGI llegará en dos o tres años. Es lo que llama el "consenso de San Francisco". Pero él no lo comparte. "Yo creo que llevará algo más de tiempo". Y cuando habla de superinteligencia, un sistema más inteligente que la suma de todos los humanos, sitúa ese umbral en un horizonte de 10 o 20 años.

"Si los ordenadores, no cuándo, sino si, pueden llegar a ser superinteligentes, entonces entramos en un régimen completamente distinto para la humanidad."

- Eric Schmidt

La frase suena a ciencia ficción. Pero no lo es. Es una invitación a pensar en serio: ¿qué clase de humanidad queremos cuando las máquinas puedan superarnos no solo en velocidad, sino en creatividad, en razonamiento, en toma de decisiones?

El precio de la neutralidad

Hay una ironía en todo esto. En 2017, Sergey Brin, cofundador de Google, protestaba contra las políticas migratorias de Donald Trump. Un gesto simbólico, cierto, pero poderoso. Pocos años después, el mismo Brin asistía a la toma de posesión del segundo mandato de Trump, junto a Elon Musk, Jeff Bezos y Mark Zuckerberg. La tecnología, parece, no tiene ideología. Solo tiene dirección: hacia el poder.

Y ese poder ya está en marcha. Peter Thiel, otro padre fundador del Silicon Valley, tiene un contrato de 10.000 millones de dólares con el Pentágono para proveer software e inteligencia artificial para la guerra del futuro. La IA no solo escribe textos o genera imágenes. También planifica batallas.

Europa, mientras tanto, discute normas. Regula. Intenta proteger. Y eso es valioso. Pero reglar sin innovar es como poner puertas al campo. Puede que protejas lo que tienes, pero no construyes lo que necesitas.

El modelo abierto como esperanza

Schmidt ve una salida: el modelo abierto. Mientras Estados Unidos se encierra en códigos privativos, y China impulsa modelos de código abierto con apoyo estatal, Europa podría encontrar en la apertura su ventaja. Un modelo europeo, transparente, ético, accesible. Pero para eso, insiste, hace falta una apuesta masiva. No de millones. De miles de millones.

La pregunta que queda en el aire es simple: ¿está Europa dispuesta a pagar el precio? Porque si no lo hace, no será solo cuestión de perder una carrera tecnológica. Será cuestión de perder autonomía. De dejar que otros definan cómo piensan las máquinas que moldearán nuestro futuro.

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