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Europa discute cómo no quedar relegada en la inteligencia artificial mientras sigue sin resolver un problema más básico, cómo competir como bloque cuando está formada por 27 países.
Arthur Mensch, cofundador y consejero delegado de Mistral, rechaza la idea de que el continente deba limitarse a difundir y adoptar herramientas creadas fuera. Para él, renunciar a construir modelos de frontera sería un error fundamental que acabaría costándole a Europa lo que queda de su posición en el mundo y la empujaría hacia una dependencia económica sin precedentes.
La escala europea tropieza cuando cada país tira por su lado
No es una discusión solo técnica. La dificultad para escalar proyectos al ritmo de Estados Unidos o China aparece una y otra vez como la razón de fondo por la que tantos intentos europeos de plantar cara a los gigantes digitales han terminado perdiendo empuje.
Ahí entra una palabra que Bruselas usa cada vez más, soberanía digital. El Joint Research Centre de la Comisión Europea la define como un marco holístico y multicapa que incluye el empoderamiento de las personas, mercados competitivos, seguridad de infraestructuras y datos, y una gobernanza capaz de alinear regulación y legitimidad.
Esa definición dice mucho porque no reduce el problema a tener más centros de datos o más chips. También habla de quién controla las reglas, quién protege los datos y quién conserva margen de decisión cuando la tecnología deja de ser una herramienta y empieza a parecer una infraestructura básica, como la electricidad o el agua.
La discusión no gira alrededor de una sola receta.
LeCun, Marcus y Acemoglu dibujan caminos distintos
Yann LeCun, exdirector científico de IA de Meta, defiende otra vía para llegar a sistemas más capaces. Su apuesta pasa por modelos del mundo que aprendan cómo funciona la realidad física, una idea que ocupa el centro del trabajo de su nueva empresa AMI Labs.
Gary Marcus, científico y emprendedor, sostiene desde hace años que las redes neuronales por sí solas no bastan. Su propuesta pasa por modelos neurosimbólicos que mezclen aprendizaje estadístico con reglas y lógica, algo así como intentar que la máquina no solo reconozca patrones, sino que además sepa ordenar lo que sabe.
Daron Acemoglu, premio Nobel de Economía, y Ramon López de Mántaras, pionero español de la inteligencia artificial, colocan el foco en otro punto. Ambos sostienen que la mayor oportunidad está en mejorar la eficiencia, la interpretabilidad y la fiabilidad de los modelos, además de impulsar versiones especializadas en lugar de perseguir siempre sistemas cada vez más grandes.
Mientras unos hablan de frontera, otros recuerdan que una máquina opaca y costosa puede impresionar mucho y servir poco.
Un debate reunió a empresa, universidad y grandes laboratorios
La Francis Bacon Society llevó esa tensión al centro de un debate sobre modelos de frontera y centros de datos. La entidad, presidida por el empresario Jan Farrell, reunió a Alex Lerchner, investigador sénior de DeepMind, a Paco Salcedo, presidente de Microsoft España, y a Gabriel Nebreda, consejero delegado de Nostrum Group.
También participaron Asunción Gómez Pérez y Julio Gonzalo, ambos catedráticos de inteligencia artificial, junto con Enrique Dans, profesor de innovación. La foto del encuentro ya resume bastante bien el momento, porque en la misma mesa coincidieron quienes construyen negocio, quienes investigan y quienes miran el problema desde la universidad.
En esa conversación de fondo asoma una vieja pregunta europea, si conviene perseguir a los líderes en su terreno o cambiar de terreno antes de llegar tarde. Ese dilema enlaza con la autonomía tecnológica europea, donde la dependencia deja de ser un concepto abstracto y pasa a tocar industria, defensa y capacidad de decisión.
Forster imaginó en 1909 una dependencia que hoy suena menos literaria
No deja de ser llamativo que una de las imágenes más útiles para entender esta discusión tenga más de un siglo. En 1909, E. M. Forster describió en La máquina se para una sociedad tecnológicamente avanzada, pero también aislada y profundamente dependiente de la máquina que sostenía su vida diaria.
Aquella intuición literaria no hablaba de modelos fundacionales ni de centros de datos, pero sí de algo reconocible. Cuando la comodidad técnica crece más deprisa que la autonomía política, la dependencia deja de parecer una avería puntual y empieza a convertirse en una forma de organización.
Por eso el choque no enfrenta solo a partidarios de una u otra arquitectura de IA. También enfrenta dos maneras de entender qué significa soberanía en una Europa de 27 países que intenta regular, competir y no quedarse atrapada en la misma máquina de la que depende.