En el corazón del Mobile World Congress de 2026, mientras el bullicio de innovaciones deslumbraba a miles de visitantes, una voz se alzó con tono de advertencia. No hablaba de nuevos smartphones ni de redes más rápidas. Marc Murtra, presidente ejecutivo de Telefónica, trajo al escenario una pregunta incómoda ¿Está Europa condenada a ser espectadora en la carrera por la inteligencia artificial?
Una ingenuidad peligrosa
"Resulta una ingenuidad pensar que los europeos tendremos acceso a los productos de IA más avanzados que se necesitarán dentro de 10 años para, por ejemplo, la industria farmacéutica o manufacturera". Con estas palabras, Murtra desnudó una vulnerabilidad que muchos prefieren ignorar. Europa, pese a su riqueza científica y técnica, corre el riesgo de quedar al margen de las herramientas que definirán la próxima década. No se trata solo de no innovar, sino de depender de tecnologías ajenas para funcionar.
Industrias clave como la farmacéutica, donde la IA acelera el descubrimiento de fármacos, o la manufacturera, donde optimiza cadenas de producción, ya no pueden competir sin acceso a modelos avanzados. Y ese acceso, advierte Murtra, no está garantizado. Solo, dice, "los sectores más ingenuos de la sociedad y la política" pueden creer que las grandes potencias tecnológicas compartirán sus avances más sensibles con quienes no los desarrollan.
Dependencia y pérdida de control
El problema no es solo técnico, sino estratégico y ético. "El uso constante de software y tecnología de terceros puede emplearse con fines ajenos a los intereses y valores europeos", advirtió. No nombró empresas, pero la referencia a gigantes como Anthropic o plataformas estadounidenses quedó implícita. Cuando delegas tu tecnología crítica en manos externas, también cedes parte de tu soberanía.
Imaginemos que un algoritmo esencial para la gestión de hospitales o redes energéticas responda a decisiones tomadas en otra jurisdicción, con otros criterios de privacidad, seguridad o incluso objetivos geopolíticos. Europa, con su apuesta histórica por la protección de datos y los derechos digitales, podría verse obligada a adaptarse a reglas que no ha escrito.
El imperativo de crear, no solo regular
Murtra fue claro Europa no puede limitarse a ser un proveedor de infraestructuras mientras otros construyen el futuro. "No basta con tener buena red. Hace falta tener productos, servicios, plataformas", afirmó. La autonomía digital exige hiperescaladores europeos, capaces de competir en escala y profundidad tecnológica.
Y aunque reconoce que Europa tiene el conocimiento técnico, lo que falta es "la orquestación necesaria" para transformar ese know-how en productos complejos, masivos y sostenibles. Proyectos como el desarrollo de grandes modelos de lenguaje o sistemas de ciberseguridad avanzada requieren no solo talento, sino una arquitectura industrial capaz de sostenerlos.
La receta para no quedarse atrás
Ante este panorama, Murtra propuso tres pilares urgentes ganar escala, atraer el mejor talento y realizar inversiones tecnológicas de gran profundidad. Nada de parches. Se trata de una transformación estructural. El continente necesita jugadores grandes, con músculo financiero y capacidad de innovación constante.
Y aquí llega una propuesta controvertida un "contrato social" entre el sector público y las operadoras. A cambio de permitir la consolidación del mercado es decir, menos competencia en el corto plazo a cambio de más inversión, las empresas deberían comprometerse a reinvertir masivamente en tecnología propia. "Es una victoria rápida", dijo, señalando a países como China, Estados Unidos o Brasil, donde unos pocos gigantes tecnológicos lideran la creación de valor.
La regulación, un freno en lugar de un motor
Mientras la IA avanza a un ritmo revolucionario, el marco regulador europeo, según Murtra, "no ha mostrado avances en el último año". Y eso es un problema grave. La regulación, en lugar de ser un catalizador de innovación, corre el riesgo de convertirse en un freno. El enfoque debe dar un giro de 180 grados de priorizar la contención al impulso de la creación tecnológica.
Prohibir sin fomentar no basta. Europa necesita incentivos claros, financiación a largo plazo y un entorno que permita a sus empresas asumir riesgos. Murtra lo dijo sin tapujos "Muchas decisiones que tomamos pueden no ser correctas. Pero hay que tomarlas. La inacción es el mayor error".
El cambio empieza en casa
Telefónica, bajo su liderazgo, ya está en medio de una transformación radical. Abandona tecnologías obsoletas, reorganiza su estructura de forma más vertical y concentra sus esfuerzos en áreas estratégicas como ciberseguridad, cloud y servicios digitales. "Estamos asumiendo riesgos calculados", reconoció. No se trata de tener todas las respuestas, sino de moverse con decisión.
"Resulta una ingenuidad pensar que los europeos tendremos acceso a los productos de IA más avanzados que se necesitarán dentro de 10 años para, por ejemplo, la industria farmacéutica o manufacturera" - Marc Murtra, presidente ejecutivo de Telefónica
Un futuro que hay que construir
El mensaje final fue un llamado a la madurez. Europa debe dejar de lado la ingenuidad y asumir que, en el nuevo orden digital, no basta con tener buenas intenciones. Para proteger a sus ciudadanos, garantizar su competitividad y defender sus valores, debe convertirse en creadora de tecnología, no solo en reguladora.
El modelo no está inventado. Pero hay ejemplos. Estados Unidos y China han permitido que sus grandes empresas alcancen una escala que les permite reinvertir año tras año en innovación profunda. Europa puede encontrar su propio camino, pero no puede seguir esperando. La soberanía tecnológica no se declara, se construye.