Google y Alibaba no siembran trigo, pero ya deciden quién lo cultiva y bajo qué condiciones

Google, Amazon, Microsoft, Alibaba. Estas corporaciones no cultivan trigo, maíz o soja. Pero cada vez influyen más en quién lo hace, cómo se hace y bajo qué condiciones. Han entrado al negocio agrícola no con semillas, sino con algoritmos.

26 de febrero de 2026 a las 18:14h
Google y Alibaba no siembran trigo, pero ya deciden quién lo cultiva y bajo qué condiciones
Google y Alibaba no siembran trigo, pero ya deciden quién lo cultiva y bajo qué condiciones

La agricultura se está conectando a internet. No en el sentido de que los tractores tengan WiFi, sino en que los campos, los cultivos, los animales, incluso las decisiones que toman los agricultores, están siendo incorporados a plataformas digitales controladas por algunas de las empresas más poderosas del planeta. Un nuevo informe llamado Head in the cloud (La cabeza en la nube), publicado por el Panel Internacional de Expertos en Sistemas Alimentarios Sostenibles (IPES Food), desvela cómo esta digitalización no es solo una revolución tecnológica, sino una transformación profunda del poder en el campo.

Cuando los datos valen más que la tierra

Google, Amazon, Microsoft, Alibaba. Estas corporaciones no cultivan trigo, maíz o soja. Pero cada vez influyen más en quién lo hace, cómo se hace y bajo qué condiciones. Han entrado al negocio agrícola no con semillas, sino con algoritmos. Con plataformas que recopilan datos sobre el suelo, el clima, los patrones de riego y los rendimientos de cultivo. Datos que, una vez almacenados, procesados y analizados, se convierten en productos. Y los productores que los generan a menudo pierden el control sobre ellos.

Las grandes tecnológicas han tejido alianzas estratégicas con las compañías que dominan el sector agrícola empresas de semillas, fertilizantes y maquinaria. Juntas, están construyendo un ecosistema digital que promete mayor eficiencia, menos residuos y mayor resiliencia frente al cambio climático. Pero el informe advierte la innovación tecnológica por sí sola no resuelve los problemas estructurales de acceso y desigualdad que están en la base del hambre.

Entre 2013 y hoy, la línea entre Big Tech y Big Ag se ha vuelto difusa. En 2013, Monsanto ahora parte de Bayer compró The Climate Corporation, una empresa especializada en análisis de datos agrícolas. Desde entonces, el modelo se ha replicado agricultura conectada, decisiones guiadas por IA, software en la nube. Alibaba, por su parte, ha desarrollado su propia plataforma de inteligencia artificial, ET Agriculture Brain, que monitorea en tiempo real el estado de los animales en granjas ganaderas. Todo suena eficiente. Pero también suena centralizado.

El precio de la dependencia

Instalar sensores en el campo, comprar maquinaria con sistemas de geolocalización, pagar suscripciones anuales a software de gestión. La inversión inicial es alta. Y una vez que un agricultor entra en ese sistema, salir se vuelve casi imposible. Es lo que el informe llama "bloqueos tecnológicos". Equipos que solo funcionan con ciertos programas, datos que no se pueden exportar, actualizaciones obligatorias. La digitalización crea nuevas formas de dependencia, similares a las generadas por los fertilizantes químicos, que en muchos contextos han llevado a su uso más frecuente y en mayores dosis.

Y como con los fertilizantes, quien controla la tecnología controla el proceso. Las decisiones que antes tomaban los agricultores basándose en el conocimiento acumulado, en la observación del entorno, en generaciones de experiencia, ahora se delegan a algoritmos diseñados en oficinas lejanas. La digitalización del campo no es solo un cambio tecnológico sino político. Está redefiniendo quién decide qué sembrar, cuándo regar, cómo combatir plagas.

"Nos están vendiendo una visión de la agricultura gestionada por IA y robots. Pero en realidad se basa en el criterio desarrollado a lo largo de años de trabajo en el campo. Cuando los agricultores perdemos el control sobre nuestros datos y decisiones, perdemos el control de nuestra producción. Es un camino peligroso" - Nettie Wiebe, agricultora y experta de IPES Food

El riesgo de un monocultivo digital

El modelo agroindustrial ya ha sido criticado por su dependencia de los monocultivos, que reducen la biodiversidad y aumentan la vulnerabilidad a plagas y enfermedades. El informe advierte que la digitalización puede intensificar esta tendencia. Los sistemas de IA funcionan mejor con datos estandarizados, con cultivos uniformes, con procesos repetibles. Si la digitalización se inserta en el actual modelo agroindustrial, puede reforzar esa tendencia y aumentar el riesgo de brotes de plagas y enfermedades.

Y no se trata solo de riesgos ecológicos. También hay riesgos sociales. La brecha entre grandes y pequeños productores podría ampliarse. Entre países del Norte y del Sur Global. Los costes de implementación son tan altos que muchos agricultores quedan excluidos. Las grandes inversiones valoradas en 11.670 millones de dólares en 2024 fluyen hacia tecnologías que benefician a los más grandes, mientras que los pequeños quedan rezagados.

"Hace décadas que la seguridad alimentaria no había sido tan incierta. Sin embargo, las grandes tecnológicas y las grandes empresas agrícolas están impulsando conjuntamente el uso de inteligencia artificial y plataformas de datos que reducen la diversidad cuando más la necesitamos, y monopolizan información valiosa que debería compartirse entre los agricultores" - Pat Mooney, embajador de la Federación Internacional de Movimientos Agrícolas Orgánicos (IFOAM)

Otra agricultura es posible

Pero no todo está escrito. El informe no niega los beneficios potenciales de la tecnología. Reconoce que la agricultura de precisión y la IA pueden mejorar la eficiencia y ayudar a adaptarse al cambio climático. Pero insiste en una pregunta clave quién diseña estas tecnologías, bajo qué modelo de negocio se despliegan y qué efectos tienen sobre la autonomía de los agricultores y la diversidad de los sistemas alimentarios.

Existen alternativas. En los Andes peruanos, campesinos preservan más de 1.000 variedades locales de patata, una reserva genética invaluable frente a plagas y variaciones climáticas. En China, la Red de Semillas de Agricultores conecta comunidades rurales con instituciones científicas para conservar semillas tradicionales. En Francia y Bélgica, programas forman a agricultores para que puedan autogestionar procesos sin depender de maquinaria costosa o software propietario.

Estos sistemas descentralizados no priorizan la productividad a toda costa. Priorizan la sostenibilidad, la resiliencia, el conocimiento local. Y, sin embargo, reciben poca inversión. El Banco Mundial ha destinado 1.150 millones de dólares a proyectos agrícolas digitales en 36 países. La Unión Europea ha invertido más de 200 millones de euros en tecnología agrícola a través de Horizon 2020. Pero muy poco va a parar a iniciativas que empoderan a los agricultores en lugar de subordinarlos.

"Nuestra investigación demuestra que los sistemas de semillas, gestionados por los agricultores, se encuentran entre las respuestas más eficaces al cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Las políticas deben reconocer y apoyar activamente estos sistemas, en lugar de marginarlos" - Yiching Song, experta del Panel

Hacia una agricultura con raíces

El campo no es un centro de datos. Es un ecosistema vivo, complejo, marcado por la historia, la cultura y el conocimiento acumulado. Digitalizarlo no es intrínsecamente malo. Pero hacerlo bajo un modelo que concentra el poder, los datos y los beneficios en unas pocas corporaciones sí lo es. Los expertos del informe piden "reimaginar" la innovación agrícola. No para servir a los gigantes tecnológicos, sino para dotar de poder a quienes cultivan la tierra.

La agricultura del futuro no debería estar en la nube. Debería estar enraizada.

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