Imagina por un momento que cada búsqueda que haces en internet, cada mensaje que envías, cada serie que reproduces en streaming, deja una huella invisible pero muy real. No hablamos de privacidad ni de datos personales. Hablamos de algo más físico electricidad. Tanta que, en conjunto, las grandes tecnológicas ahora consumen más energía que muchos países enteros.
La sed insaciable de los gigantes digitales
Google y Microsoft consumen alrededor de 24 teravatios hora al año cada una. Esa cifra suena abstracta, pero no lo es. Es más energía de la que usan naciones como Portugal, Afganistán o Irlanda. Y aunque estas empresas promueven la neutralidad de carbono, sus emisiones reales no dejan de crecer. Google ha aumentado un 48% sus emisiones en cinco años. Microsoft, un 31% desde 2020. El progreso digital está dejando una huella energética que nadie anticipó a esta escala.
Y detrás de ese crecimiento, hay un nombre que lo acelera todo la inteligencia artificial. Un modelo de lenguaje como los que ahora usamos a diario puede requerir miles de veces más energía para entrenarse que una simple búsqueda. Cada vez que una IA interpreta una imagen, traduce un texto o genera una respuesta compleja, se encienden cientos de procesadores en centros de datos repartidos por el planeta. La inteligencia artificial no piensa con magia, piensa con megavatios.
Una tormenta perfecta en el sistema eléctrico
Un informe de la iniciativa Open Energy Outlook, liderada por investigadores de Carnegie Mellon y NC State, lanza una advertencia clara la demanda eléctrica de centros de datos y criptominería podría crecer un 350% entre 2020 y 2030. Pasaría del 4% al 9% del consumo total de Estados Unidos. Goldman Sachs dibuja un panorama similar un aumento del 160% en el consumo específico de centros de datos antes de que termine la década.
En diciembre de 2024, en la región PJM una de las zonas con mayor concentración de centros de datos del mundo, que abarca 13 estados del este de EE.UU. los precios de capacidad eléctrica se dispararon de 30 a 270 dólares por megavatio al día en una sola subasta. No fue un error de cálculo. Fue un grito de alarma del sistema. La red eléctrica tradicional no está preparada para esta avalancha de demanda.
El regreso inesperado del gas
John Ketchum, CEO de NextEra Energy, lo llamó una "era dorada de la demanda energética". Pero añadió una advertencia "los nuevos electrones no pueden llegar a la red con la suficiente rapidez". Y cuando la energía limpia llega tarde, entra en escena otra. El gas natural.
Hace apenas cinco años, el gas era presentado como un combustible de transición, algo temporal en el camino hacia las renovables. Hoy, el gas se ha convertido en el respaldo estructural de la inteligencia artificial. Manuel Losa, gestor en Pictet Asset Management, lo resumió sin rodeos en una entrevista al Financial Times si la demanda crece y se necesita energía firme 24/7, "a día de hoy, la única forma de lograrlo es con gas".
Las turbinas de gas vuelven a estar de moda. Se prevé que los pedidos mundiales superen las 1.000 unidades este año. Estados Unidos absorberá casi la mitad. Y los plazos de entrega ya se extienden hasta cinco o siete años. NextEra ha anunciado planes para desarrollar hasta 8 gigavatios adicionales de generación a gas. Clearway, otra compañía clave, construye "campus híbridos" que combinan energía solar y eólica con turbinas de combustión. Una mezcla pragmática, aunque lejos del sueño de una red 100% verde.
El dilema nuclear ¿futuro o fracaso anunciado?
Ante la urgencia, algunas tecnológicas buscan alternativas más radicales. Google ha firmado un acuerdo con Kairos Power para desarrollar siete reactores modulares pequeños (SMR), con el objetivo de añadir 500 megavatios libres de emisiones hacia 2030. Microsoft y otras empresas exploran acuerdos similares. La energía nuclear modular, una tecnología que parecía enterrada, renace como posible salvadora del consumo digital.
Pero no todo es tan sencillo. Amazon intentó conectar directamente un centro de datos a la central nuclear de Susquehanna. Quería asegurar electricidad limpia y constante. Los reguladores federales bloquearon el acuerdo. Su argumento podría poner en riesgo la estabilidad de la red y perjudicar a otros consumidores. La tecnología existe, pero la gobernanza aún no alcanza su ritmo.
¿Hacia dónde vamos?
Un análisis independiente ha calificado la integridad climática de varias tecnológicas como "deficiente" o "muy deficiente". No por lo que dicen, sino por lo que hacen. Prometen cero emisiones, pero crecen sobre una base energética que, en la práctica, sigue dependiendo de fuentes contaminantes.
La iniciativa Open Energy Outlook deja claro el desafío si la planificación energética no se adapta más rápido con más transmisión, más almacenamiento y mejores mercados la expansión de la IA podría traducirse en más gas, más emisiones y facturas más altas. No es solo un problema técnico. Es ético, social, político.
Mientras tanto, Google firma contratos para 1,2 gigavatios de nueva energía eólica y solar. Un esfuerzo real. Pero también simbólico. Porque la pregunta que flota en el aire es esta ¿podemos seguir creciendo digitalmente sin destruir las bases de la transición energética? La respuesta no está en los servidores. Está en las decisiones que tomemos hoy sobre cómo generamos, distribuimos y consumimos la energía del futuro.