Hace apenas una semana, dos nuevos modelos de inteligencia artificial irrumpieron en el escenario tecnológico con un perfil inusual no solo son más potentes que sus predecesores, sino que también jugaron un papel clave en su propio nacimiento. Hablamos del GPT-5.3 Codex, desarrollado por OpenAI, y del Claude Opus 4.6, la apuesta más reciente de Anthropic. Pero lo que llama la atención no es solo su rendimiento, sino el modo en que han sido creados. Por primera vez, la documentación técnica revela que el GPT-5.3 Codex fue instrumental en su propia creación, encargándose de depurar su entrenamiento, gestionar su despliegue y hasta diagnosticar los resultados de sus propias evaluaciones.
El círculo virtuoso de la inteligencia
Esto no es ciencia ficción. Es el comienzo de lo que algunos investigadores ya llaman una "explosión de inteligencia". La idea es sencilla en teoría, pero revolucionaria en la práctica cada nueva generación de IA ayuda a construir la siguiente, que será más capaz, y que a su vez construirá una versión aún mejor. La inteligencia artificial ya no es solo una herramienta, sino un colaborador activo en su propia evolución. Dario Amodei, CEO de Anthropic, lo describe sin tapujos en su blog en su empresa, la IA escribe gran parte del código. Y el bucle de retroalimentación entre una versión y la siguiente, dice, cobra impulso mes a mes.
"Podríamos estar a solo 1 o 2 años de un punto en el que la generación actual de IA construya autónomamente la siguiente" - Dario Amodei, CEO de Anthropic
Hasta hace poco, cada mejora en un modelo de IA dependía de equipos humanos que dedicaban meses a entrenar, ajustar parámetros y corregir errores. Ahora, parte de ese trabajo lo ejecuta la propia inteligencia artificial. Los ciclos de desarrollo, antes lentos y meticulosos, se están acelerando de forma exponencial.
La IA como desarrollador autónomo
Los nuevos modelos no solo escriben código toman decisiones, iteran sobre su propio trabajo, prueban aplicaciones como lo haría un desarrollador humano y refinan el resultado hasta considerarlo satisfactorio. Matt Shumer, CEO de OthersideAI, comparte una experiencia reveladora le dice a la IA qué quiere construir. Ella escribe decenas de miles de líneas de código, abre la aplicación, hace clic en los botones, prueba las funciones. Si no le gusta algo, vuelve atrás y lo cambia por su cuenta. Solo cuando decide que cumple sus propios estándares, regresa a él.
"Hacer que la IA sea excelente en programación fue la estrategia que desbloquea todo lo demás. Por eso lo hicieron primero" - Matt Shumer, CEO de OthersideAI
Este cambio de paradigma transforma por completo el rol del programador. Ya no es el artífice que construye línea por línea, sino más bien un director de orquesta que define objetivos y supervisa procesos. La IA ya no necesita órdenes detalladas; entiende metas abstractas y trabaja de forma autónoma hasta alcanzarlas.
Datos que aceleran el futuro
Un informe del METR, citado por Shumer, revela una tendencia preocupante o fascinante, según el punto de vista el tiempo que una IA puede trabajar sin intervención humana se duplica aproximadamente cada siete meses. Y hay indicios de que ese periodo podría reducirse a solo cuatro. Si esta tendencia se mantiene, en 2027 podríamos ver sistemas capaces de trabajar de forma autónoma durante semanas en proyectos completos.
Esto no es solo un salto técnico. Es una transformación estructural. La infraestructura técnica para que la IA contribuya a su propia mejora ya está operativa. Y las consecuencias se sienten ya en la industria tecnológica, donde empresas enteras están redefiniendo sus estrategias. "Estas capacidades son las que realmente están poniendo patas arriba a la industria tecnológica", señala Shumer.
¿Qué viene después?
Las proyecciones son audaces. Dario Amodei ahora prevé modelos "sustancialmente más inteligentes que casi todos los humanos en casi todas las tareas" para 2026 o 2027. No se trata de superar a los humanos en un solo dominio, como jugar al ajedrez o diagnosticar enfermedades, sino en una amplia gama de actividades cognitivas. Si se cumple, será un hito histórico comparable a la invención de la imprenta o la llegada de la electricidad.
Pero también abre preguntas incómodas. ¿Qué significa tener sistemas que diseñan a sus sucesores sin supervisión humana directa? ¿Hasta qué punto podemos confiar en una inteligencia que se reprograma a sí misma? La tecnología ya está aquí. La reflexión, el debate ético y la regulación aún van por detrás.
Lo que antes parecía una utopía distante ahora sucede en tiempo real, en servidores y centros de datos repartidos por el mundo. No estamos solo ante nuevas herramientas, sino ante una nueva forma de inteligencia que se alimenta de sí misma y avanza a un ritmo que apenas podemos seguir. Y lo más desconcertante es que, por primera vez, no somos los únicos que construimos el futuro.