José E. Capilla: la IA ya es un activo estratégico y Europa pierde soberanía cognitiva

El rector de la UPV sitúa la inteligencia artificial al nivel de la energía nuclear o los semiconductores y alerta de la dependencia europea de sistemas controlados desde fuera.

17 de junio de 2026 a las 09:15h
José E. Capilla: la IA ya es un activo estratégico y Europa pierde soberanía cognitiva
José E. Capilla: la IA ya es un activo estratégico y Europa pierde soberanía cognitiva

La inteligencia artificial ya no se discute solo como una herramienta de productividad o un nuevo capítulo de la automatización. José E. Capilla, rector de la Universidad Politécnica de Valencia, la sitúa en el terreno de las tecnologías críticas y los activos estratégicos de interés nacional, junto a la energía nuclear, los satélites, los superordenadores o los semiconductores.

Estados Unidos la trata como un activo estratégico

Ahí encaja la reciente decisión de Estados Unidos de restringir el acceso de determinados usuarios extranjeros a algunos de los modelos de inteligencia artificial más avanzados, una medida que se ha presentado como vinculada a la ciberseguridad. El mensaje de fondo resulta difícil de ignorar, porque ya no habla solo de software, sino de poder.

Capilla plantea una idea incómoda cuando propone la concentración del control de la IA como una brecha de amplificación. No todos parten del mismo lugar si una tecnología multiplica capacidades previas, y eso significa que quien ya dispone de datos, talento y organización puede agrandar la distancia con mucha más rapidez.

La singularidad de esta tecnología está en que amplifica capacidades cognitivas humanas, no solo tareas mecánicas o procesos repetitivos.

La brecha no separa a quienes tienen IA, sino a quienes pueden multiplicarse con ella

Según advierte Capilla, la disponibilidad de datos, talento especializado y capacidad organizativa permitirá que determinadas empresas obtengan productividades y beneficios exponencialmente superiores. Esa ventaja favorecerá una concentración creciente de recursos y de poder económico. Y ahí aparece una pregunta muy terrenal para universidades, empresas y administraciones públicas, porque no basta con acceder a una herramienta si otros pueden convertirla en una palanca mucho más intensa de conocimiento y decisión.

No hablamos solo de algoritmos.

Capilla recuerda que la inteligencia artificial exige infraestructuras energéticas, centros de datos, semiconductores avanzados, talento altamente cualificado y ecosistemas de innovación robustos. Quien controle ese conjunto de recursos liderará la próxima fase de desarrollo económico y científico, de modo que la competición ya no depende únicamente de tener buenos modelos, sino de sostener todo lo que los hace posibles.

Europa depende de sistemas que controla desde fuera

Mientras tanto, en España y en Europa una parte creciente de la investigación, la educación, la innovación y la gestión pública depende de sistemas inteligentes desarrollados y controlados fuera de sus fronteras. La dependencia no siempre se nota en la superficie, porque una interfaz puede parecer cercana aunque la capacidad real de decisión esté lejos.

De ahí surge otra expresión central en el razonamiento de Capilla, la soberanía cognitiva, que define como la disposición de capacidades suficientes para preservar la autonomía de decisión en ámbitos esenciales. No habla de aislamiento ni de autarquía tecnológica, sino de mantener margen propio cuando los sistemas inteligentes atraviesan la universidad, la empresa, la administración y también la vida cotidiana.

Esa discusión conecta con la salida de datos críticos de Europa, donde la cuestión ya no es solo quién usa una plataforma, sino quién conserva la capacidad de decidir sobre ella. Capilla sostiene que Europa necesita acelerar sus inversiones en computación avanzada, inteligencia artificial, formación de talento y desarrollo de ecosistemas innovadores.

La diferencia real aparece entre sociedades aumentadas y sociedades rezagadas

Capilla lleva el debate un paso más allá cuando afirma que la verdadera diferencia estará entre sociedades aumentadas por la inteligencia artificial y sociedades incapaces de aprovecharla. La fórmula tiene algo de advertencia y algo de espejo, porque obliga a mirar menos el brillo de la herramienta y más la estructura social, educativa y económica que determina quién puede convertirla en ventaja compartida.

Su conclusión se juega en una línea muy concreta. La cuestión decisiva en las próximas décadas no será quién dispone de inteligencia artificial, sino quién posee la capacidad de transformarla en conocimiento, innovación, prosperidad y bienestar compartido.

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