Juan Luis Arsuaga: de leer ADN fósil en “trocitos” a secuenciar en un solo día

Arsuaga compara el ADN fósil con recomponer El Quijote y destaca que la automatización permite hoy completar la secuenciación genética en un solo día.

10 de agosto de 2026 a las 14:09h
Juan Luis Arsuaga: de leer ADN fósil en “trocitos” a secuenciar en un solo día
Juan Luis Arsuaga: de leer ADN fósil en “trocitos” a secuenciar en un solo día

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Hubo un momento en que leer ADN fósil se parecía menos a la biología que a un trabajo de paciencia casi monástica.

Juan Luis Arsuaga, paleontólogo y codirector de Atapuerca, ha vuelto a esa imagen al recordar la presentación del primer borrador del genoma humano en el año 2000. Aquella iniciativa, dijo, exigió una «inversión económica brutal» y colocó delante de la ciencia una escala difícil de imaginar, porque la cadena genética completa suma 3.000 millones de pares de bases.

Arsuaga comparó el ADN fósil con recomponer El Quijote roto

Entonces el contraste era todavía más duro en paleogenética. Los investigadores trabajaban con secuencias de ADN fósil «ultracortas» de 20 o 25 pares de bases, una distancia casi absurda frente a esos 3.000 millones.

Arsuaga lo explicó con una comparación que cualquiera entiende al instante. Estudiar ADN fósil era como intentar reconstruir El Quijote a partir de «trocitos de media línea».

"El problema es político en el mejor sentido de la palabra y de eso no oigo hablar". - Juan Luis Arsuaga, paleontólogo y codirector de Atapuerca

No es una queja menor. La frase desplaza la discusión desde la destreza técnica hacia las decisiones colectivas que determinan qué preguntas se investigan, cuánto dinero reciben y quién decide que merece la pena sostener esfuerzos tan largos y costosos.

Ahora la secuenciación termina en un solo día

Hoy la escena es otra y cabe en una jornada. La secuenciación genética se completa en un solo día gracias a la automatización, justo donde antes hacían falta procesos mucho más lentos y una intervención humana mucho más pesada.

Además, Arsuaga sostiene que las máquinas y la inteligencia artificial han liberado a la comunidad científica de un trabajo «penoso», propio de un «obrero intelectual». Esa liberación no significa menos ciencia, sino otra clase de ciencia, más volcada en interpretar que en repetir.

Ahí aparece la paradoja.

Porque la automatización no ha vaciado los laboratorios de preguntas. Arsuaga asegura que los investigadores siguen teniendo trabajo, y acaso más que antes, porque cada mejora técnica abre problemas nuevos en lugar de clausurar los antiguos.

Esa tensión explica bastante bien el presente. La parte más mecánica del trabajo pierde peso mientras gana terreno la tarea de decidir qué hacemos con una herramienta capaz de pasar, en apenas una generación, de leer fragmentos de 20 o 25 bases a completar una secuenciación en un solo día.

Entre los 3.000 millones de pares de bases del genoma completo y aquellos «trocitos de media línea» no solo hay una mejora técnica. Hay también una pregunta incómoda sobre quién marca las prioridades cuando la ciencia deja de pelear solo con las máquinas y empieza a pelear, sobre todo, con la política.

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