La financiación en IA supera 150.000 millones en semanas y ya rebasa todo 2025

OpenAI no está sola. La fiebre inversora ha contagiado a todo el ecosistema. Anthropic, otra de las grandes promesas de la IA generativa, cerró la semana pasada una ronda de 30.000 millones de dólares con una valoración de 380.000 millones

21 de febrero de 2026 a las 09:13h
Actualizado: 21 de febrero de 2026 a las 09:21h
La financiación en IA supera 150.000 millones en semanas y ya rebasa todo 2025
La financiación en IA supera 150.000 millones en semanas y ya rebasa todo 2025

Algo está cambiando en la geografía económica del planeta. No son guerras, no son pandemias, no son elecciones. Esta vez, el epicentro es silencioso, digital, casi invisible. Hablamos de inteligencia artificial, ese concepto que ya no suena a ciencia ficción sino a cheque en blanco. Y en las primeras semanas de este año, las grandes apuestas por este sector han desatado una ola de inversiones que rompe todos los pronósticos.

Una tormenta de dólares

En apenas unas semanas, las operaciones de financiación en el sector de la inteligencia artificial han superado los 150.000 millones de dólares. Una cifra tan abrumadora que ya deja atrás la suma total registrada en todo 2025. Este no es un crecimiento lineal. Es un salto cuántico. Y en el ojo del huracán está OpenAI, la compañía que puso a ChatGPT en los móviles de millones y que ahora parece estar redefiniendo el propio concepto de valor corporativo.

OpenAI está a punto de cerrar la primera fase de una ronda de financiación que superará los 100.000 millones de dólares. Sí, cien mil millones. Para ponerlo en contexto, esa cifra equivale al PIB de países como Argentina o Noruega. Y lo más impactante la operación valora a la empresa en 850.000 millones de dólares, casi el triple de su valoración de principios de 2025, cuando ya se consideraba una gigante con una tasación cercana a los 300.000 millones.

¿Quién está detrás de este tsunami financiero? Microsoft y Amazon, dos de los pesos pesados del sector tecnológico, ya han confirmado su participación. Amazon podría aportar hasta 50.000 millones de dólares, una cifra sin precedentes en una sola inversión privada. A cambio, OpenAI obtendría acceso privilegiado a los chips de inteligencia artificial desarrollados por Amazon. Una alianza estratégica que va mucho más allá del dinero es control de infraestructura, escalar capacidad, dominar el ritmo de la innovación.

Nvidia y SoftBank no se quedan atrás. Ambas empresas aportarían 30.000 millones de dólares cada una. Nvidia, cuyos chips han pasado de ser componentes técnicos a piezas clave del poderío nacional en IA, consolida así su papel como proveedor esencial. SoftBank, conocido por sus apuestas arriesgadas, vuelve a confiar en el modelo de concentración de capital para dominar el futuro.

El crecimiento exponencial de estas empresas no responde a ingresos actuales, sino a expectativas de dominio absoluto en un mercado que aún está por definirse.

El efecto dominó de la inteligencia artificial

OpenAI no está sola. La fiebre inversora ha contagiado a todo el ecosistema. Anthropic, otra de las grandes promesas de la IA generativa, cerró la semana pasada una ronda de 30.000 millones de dólares con una valoración de 380.000 millones. Hace apenas seis meses, en septiembre de 2025, su valoración era de 183.000 millones. En menos de medio año, ha más que duplicado su valor.

Detrás de Anthropic hay un ejército de inversores GIC, el fondo soberano de Singapur; Coatue, D. E. Shaw, ICONIQ, Blackstone, Sequoia y fondos afiliados a BlackRock. Nvidia y Microsoft ya habían comprometido antes 15.000 millones, una señal clara de que los gigantes tecnológicos no solo compiten, sino que diversifican sus apuestas, como si estuvieran cubriendo todos los números en una ruleta a escala planetaria.

Y luego está xAI, la start-up de Elon Musk. A principios de enero, cerró una ronda de 20.000 millones de dólares. Cisco, Nvidia, Fidelity, Baron Capital y el fondo soberano de Qatar estuvieron entre los inversores. Pero fue Humain, la compañía controlada por el Public Investment Fund de Arabia Saudí, la que confirmó una inversión directa de 3.000 millones. La valoración 230.000 millones de dólares.

Pocos días después, Musk anunció la fusión de xAI con SpaceX. La operación generó una valoración conjunta de 1,25 billones de dólares. Es la mayor valoración jamás alcanzada por una start-up tecnológica en la historia. Y Musk no se detiene planea llevar a SpaceX a Bolsa, posiblemente en junio, en una OPV que podría captar más de 50.000 millones de dólares. Si se concreta, será la salida a bolsa más grande de todos los tiempos.

El nuevo oro está en los algoritmos

El fenómeno no se limita a las superestrellas del sector. Skild AI, una empresa menos conocida, cerró en enero una ronda Serie C de 1.400 millones de dólares, triplicando su valoración en solo siete meses. SoftBank lideró la operación, y participaron Bezos Expeditions, Macquarie Capital y Salesforce Ventures.

Y luego está Humans&, fundada por ex investigadores de OpenAI, Alphabet, xAI y Anthropic. En enero, recaudó 480 millones de dólares con el respaldo directo de Nvidia y Jeff Bezos. Es un dato simbólico los cerebros que construyeron los sistemas ahora crean sus propios imperios, con los mismos inversores siguiéndolos como sombras.

Desde principios de año, cerca de veinte start-ups de IA en Estados Unidos han cerrado rondas superiores a los 100 millones de dólares. El dinero fluye como si el riesgo ya no existiera, como si el futuro estuviera garantizado por una fórmula matemática.

En conjunto, las megarondas en curso ya están en disposición de superar los 76.000 millones de dólares registrados en todo 2025. Y lo más sorprendente los inversores siguen abiertos a inyectar más capital. No hay señales de freno. Al contrario, hay una sensación colectiva de que quien no entre ahora, se quedará fuera para siempre.

¿Una burbuja o un salto evolutivo?

¿Qué está ocurriendo? ¿Estamos ante una burbuja especulativa, como la de las punto com a principios de siglo? O, por el contrario, ¿asistimos a una reconfiguración económica sin precedentes, donde la inteligencia artificial se convierte en el nuevo petróleo, el nuevo acero, la materia prima del siglo XXI?

Sam Altman, CEO de OpenAI, ha estado reunido en las últimas semanas con inversores de los países del Golfo Pérsico, buscando incorporarlos a la ronda. Es un gesto simbólico y estratégico. El dinero ya no viene solo de Silicon Valley. Ahora fluye desde fondos soberanos que ven en la IA una apuesta de Estado, una forma de diversificar sus economías basadas en el hidrocarburo.

La pregunta que queda en el aire es simple ¿qué pasa cuando tanto dinero se concentra en tan pocas manos? ¿Quién controlará los modelos que definirán cómo trabajamos, aprendemos, nos comunicamos e incluso pensamos? ¿Qué pasa si las decisiones más importantes del futuro no las toman gobiernos, sino algoritmos entrenados con datos privados y financiados por consorcios multimillonarios?

El dinero no miente. O al menos, no siempre. Y lo que está diciendo ahora es que la carrera por la inteligencia artificial no es una competencia tecnológica. Es una reconquista del poder. Y esta vez, la moneda no es el petróleo, ni el uranio, ni el silicio. Es el dato. El modelo. La palabra generada por una máquina.

Y mientras tanto, en alguna oficina de Palo Alto, Dubái o Tel Aviv, otro equipo de científicos recibe un cheque de miles de millones para seguir entrenando redes neuronales. Porque el futuro, al parecer, ya tiene dueño. O varios.

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