Una niña rubia, de mirada triste, pregunta a su madre cuándo volverá papá. Tras ella, un paisaje devastado por bombas. En la distancia, un soldado cae de rodillas. Una bala lo alcanza. El uniforme del verdugo recuerda al de la Alemania nazi. Todo dura apenas 30 segundos. El mensaje es claro. La voz en off lo subraya la guerra arrasa con todo. Y luego la solución Fidesz, el partido de Viktor Orbán, es la única opción segura.
El anuncio electoral no se emitió en televisión. Circuló por redes sociales, sin etiquetas claras, sin advertencias. Y la niña, ese rostro de inocencia herida, no existe. Es una creación digital, generada con inteligencia artificial. Un deepfake emocional, diseñado para impactar, no para informar.
El miedo como estrategia electoral
Este vídeo no es una anomalía. Es la punta de un iceberg político que lleva años hundiéndose en el suelo húngaro. Desde que Viktor Orbán regresó al poder en 2010 con mayoría absoluta, su discurso ha seguido una misma lógica construir marcos de inseguridad, inocular el miedo y presentarse como el único garante de la estabilidad.
Primero fue la crisis económica. Luego, la ola migratoria de 2015, que convirtió las fronteras en trincheras simbólicas. Después, el fantasma de George Soros, retratado como un magnate global que conspira contra la soberanía nacional. Y ahora, la guerra en Ucrania. Cada amenaza, real o exagerada, sirve como palanca para mantener el control.
El nuevo vídeo no habla de política exterior. Habla de familias rotas, de niños que lloran, de padres que no regresan. Es un relato emocional que busca fijar en la mente del votante una asociación directa un cambio de gobierno podría significar que Hungría se alinee con la estrategia europea hacia Ucrania y, por tanto, se vea arrastrada a la guerra. No es un debate sobre alianzas. Es una advertencia sobre supervivencia.
El arma silenciosa la inteligencia artificial
Lo inquietante no es solo el mensaje. Es el medio. La niña del vídeo no es una actriz. No fue filmada. Fue generada con algoritmos. Y circuló en redes sin ninguna indicación de que las imágenes no eran reales.
En octubre de 2025, el entorno digital de Fidesz volvió a usar esta tecnología. Esta vez, con un deepfake del líder opositor Péter Magyar. En el montaje, Magyar parecía defender posturas contrarias a las que sostiene públicamente, especialmente sobre la Unión Europea. El objetivo no era convencer a millones. Era más sutil. Bastaba con introducir la duda, erosionar la credibilidad del rival.
No hace falta que el engaño sea perfecto. Basta con que se propague. Y en redes sociales, donde lo viral a menudo vence a lo veraz, ese margen de incertidumbre es suficiente para que la sospecha eche raíces.
La opacidad de las plataformas
Monitorizar una campaña electoral hoy ya no se limita a ver debates o leer programas políticos. Hay que rastrear miles de anuncios en Facebook, millones de interacciones en X, cientos de cuentas aparentemente anónimas que repiten el mismo mensaje.
Y aquí surge otro problema las plataformas no colaboran. Empresas como Meta o X ofrecen acceso limitado, cuando lo ofrecen. Verificadores húngaros han detectado anuncios de Fidesz que circulan sin etiquetas de publicidad electoral. No se sabe quién los financia, ni a quién alcanzan, ni cuántas veces se han visto.
Pero hay un precedente importante. A finales de 2025, un tribunal alemán ordenó a X facilitar datos sobre la difusión de contenidos relacionados con las elecciones húngaras. La justificación la Ley de Servicios Digitales de la UE exige que los grandes operadores digitales permitan el acceso a información cuando existan riesgos sistémicos para el proceso democrático.
Es una resolución clave. Porque reconoce algo evidente la manipulación digital no es un problema técnico. Es un riesgo político. Y cuando una campaña usa inteligencia artificial para sembrar miedo y desinformación, no se trata de un truco publicitario. Es una operación psicológica con intención de alterar el resultado de unas elecciones.
Europa en la encrucijada
Las elecciones en Hungría están programadas para abril de 2026. Orbán lleva más de 15 años en el poder. Y aunque hay serias opciones de victoria para Péter Magyar, candidato del partido Tisza, las encuestas no capturan el peso de los mensajes emocionales que se difunden en redes.
Este caso no es solo húngaro. Es un ensayo general. Durante este año, docenas de países europeos celebrarán elecciones. Y muchos de ellos enfrentarán campañas similares con deepfakes, bots, desinformación y un uso calculado del miedo.
La tecnología ha cambiado. El activismo digital ya no es solo movilizar. Es también desestabilizar. Y mientras las plataformas se resisten a abrir sus datos, los ciudadanos siguen expuestos a mensajes diseñados para manipularlos sin que lo sepan.
El vídeo de la niña no te dice qué votar. Pero te hace sentir que, si no votas por Fidesz, podrías perderlo todo. Esa es la nueva política. No se debate. Se siente. Y mientras tanto, la democracia se juega en segundos, en pantallas, en algoritmos que aprenden a temer por nosotros.