La IA cumple 70 años: poderosa, pero aún incapaz de comprender, decidir y elegir por sí misma

"La invención de la IA es lo peor que le ha pasado a la humanidad": por qué persiste esta idea

12 de marzo de 2026 a las 17:51h
La IA cumple 70 años: poderosa, pero aún incapaz de comprender, decidir y elegir por sí misma
La IA cumple 70 años: poderosa, pero aún incapaz de comprender, decidir y elegir por sí misma

En 2026 se cumplirán setenta años desde que John McCarthy acuñó el término inteligencia artificial durante aquella histórica conferencia de Darmouth. Setenta años en los que una idea nacida en el papel ha ido creciendo hasta instalarse en el centro de nuestras vidas, no como una presencia física, sino como un eco constante en las decisiones que tomamos, en las formas en que trabajamos, comunicamos y hasta pensamos. El debate, sin embargo, sigue abierto. Más bien, se ha intensificado. ¿Qué es en realidad la inteligencia artificial? ¿Una herramienta, una amenaza o una promesa?

Los tres rostros de la IA

Desde sus orígenes, la inteligencia artificial ha despertado reacciones extremas. Por un lado, están los catastrofistas, que no dudan en afirmar que la invención de la IA es lo peor que le ha pasado a la humanidad. Para ellos, cada avance es un paso más hacia una pérdida de control, un desplazamiento del ser humano frente a máquinas que no sienten, pero que pueden superarnos en velocidad, precisión y capacidad de procesamiento. Por otro, los entusiastas pintan un futuro casi místico un paraíso sin muerte, sin enfermedad, sin envejecimiento. Prometen la inmortalidad digital, el cuerpo descartable, la mente eterna. Son los heraldos de una especie de redención tecnológica.

Y entre medias, casi en voz baja, están los prudentes. No niegan el potencial, pero lo acompañan de una exigencia clara reclaman el marco de una ética local y global capaz de maximizar las ventajas de la IA para todos los seres humanos y para la naturaleza. No se trata solo de lo que la IA puede hacer, sino de lo que debe hacer. Aquí entra en juego una pregunta que, según la tradición filosófica, es previa a cualquier acción para qué.

¿Para qué sirve la inteligencia artificial?

Aristóteles decía que para entender el cambio hay que recurrir a cuatro causas, y que la primera, en orden de intención, es la causa final. Es decir, no basta con saber cómo funciona algo, hay que preguntarse para qué existe. Aplicado a la IA, la pregunta no puede ser más contundente inteligencia artificial ¿para qué? Porque si no respondemos esto, todo lo demás algoritmos, modelos, datos se convierte en un ejercicio técnico vacío, o peor, en una máquina de generar desigualdad disfrazada de progreso.

La IA, en su estado actual, no es más que un conjunto de instrumentos poderosos. Es incapaz por sí misma de comprender, decidir y elegir. Puede predecir, clasificar, optimizar, pero no sabe qué problemas valen la pena resolver. Eso sigue siendo responsabilidad de la inteligencia general la humana. Y aquí reside una paradoja la inteligencia no consiste tanto en resolver problemas, como en decidir qué problemas merece la pena resolver. La IA nos ayuda a correr más rápido, pero no nos dice hacia dónde.

La promesa del "casi"

El día 14 del mes pasado saltó una noticia que resonó en múltiples medios la inteligencia artificial ya es un sustituto del trabajo cognitivo, y los empleos de cuello blanco desaparecerían en uno o cinco años. La disrupción laboral, se afirmaba, sería inevitable. Una vez más, el mantra se repite estamos a punto de alcanzar la inteligencia artificial general, aquella que iguale o supere al ser humano. Siempre con la coletilla todavía no, pero casi.

Pero ¿no es esa palabra "casi" una forma ideológica de avanzar? Parece fundarse en evidencia científica, pero en realidad la rebasa. Reemplaza la verificación por la expectativa, pospone las pruebas hasta las calendas griegas una expresión que ya Ortega y Gasset señalaba como imposible, pues los griegos no tenían calendas. Es una retórica del futuro perpetuo, que justifica cualquier presente.

Verdad, ética y justicia

La veracidad sigue siendo una condición indispensable para la comunicación. En el caso de la IA, eso implica hablar con claridad de los beneficios reales que ya ofrece y son muchos, pero también de los límites de lo que se puede esperar con base científica. No se trata de negar el progreso, sino de contextualizarlo. Porque la pregunta clave no es solo qué puede hacer la IA, sino ¿beneficios para quién? ¿Para los ya poderosos, multiplicando su riqueza y su influencia? ¿O para los más vulnerables, para aquellos que viven al margen del sistema digital?

Los principios éticos no son opcionales. Deben ser el eje central beneficiar, no dañar, empoderar la autonomía humana, distribuir los beneficios con justicia y proteger la sostenibilidad del planeta. En pleno siglo XXI, estos no son ideales utópicos, sino exigencias mínimas. Son los trazos irrenunciables de una ética global, capaz de enfrentar los retos de una tecnología que trasciende fronteras.

La cara oculta del progreso

Detrás de cada modelo de IA hay un costo invisible. La producción de inteligencia artificial no es limpia ni neutral. Se basa en la explotación de supervisores que trabajan por salarios de miseria, en la colonización digital de países menos desarrollados y en el expolio de recursos naturales. El entrenamiento de grandes modelos consume cantidades ingentes de energía y agua. La brecha digital no se reduce se agranda. Entre personas, entre regiones, entre mundos.

Y con ello, se amplían también las desigualdades sociales. La posible disrupción del modelo laboral no es solo un desafío económico es una amenaza a las aspiraciones de justicia social que la socialdemocracia levantó durante décadas.

"Las nuevas gafas inteligentes son el futuro" - Mark Zuckerberg, CEO de Meta

Algoritmos sin conciencia

Es una tentación creciente dejar que los algoritmos decidan. En créditos, en contrataciones, en sentencias, en diagnósticos. Pero los algoritmos no toman decisiones. No tienen conciencia, no tienen voluntad. Ofrecen soluciones basadas en patrones, pero son los humanos quienes deben elegir, quienes deben asumir responsabilidades. Eludirlas tras un código es una forma moderna de cobardía.

Por eso, la pregunta vuelve, insistente IA ¿para qué y para quiénes? Cada vez son más las voces que exigen que la inteligencia artificial sirva al bien común. Un bien común que ya no puede ser local es necesariamente global. Defender los derechos humanos, acabar con el hambre y la pobreza extrema objetivos que figuran entre los Objetivos de Desarrollo Sostenible no es una aspiración secundaria. Es una obligación urgente. Y más aún en un tiempo en que hay medios más que suficientes para que ningún ser humano muera de hambre. Que eso siga ocurriendo es verdaderamente obsceno.

Una paz posible

La revolución 4.0 ha multiplicado las conexiones, las plataformas, el acceso a la información. Pero no ha garantizado la comunicación auténtica. A menudo, ha profundizado las polarizaciones, alimentado los conflictos y humillado a los más débiles. Sin embargo, ese mismo tejido digital podría usarse para construir entendimiento, cooperación, paz justa. No depende de la tecnología, sino de nuestras intenciones.

Como decía Kant, incluso un pueblo de demonios, si tuviera inteligencia, preferiría la paz a la guerra, el Estado de Derecho al estado de naturaleza. ¿Cuánto más, entonces, un pueblo de seres humanos dotados de inteligencia general, emociones y sentido moral? La inteligencia artificial no nos salvará. Pero si la usamos con sabiduría, podría ayudarnos a salvarnos a nosotros mismos.

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