La inteligencia artificial llegó al mundo laboral prometiendo aliviar cargas, automatizar lo tedioso y devolver el tiempo a los trabajadores. Pero un estudio reciente revela una paradoja inquietante cuanto más fácil es empezar una tarea gracias a la IA, más tareas terminamos haciendo. Y no siempre por necesidad. A menudo, por impulso.
La ilusión del trabajo ligero
Entre enero y agosto de un año reciente, investigadores de Harvard Business Review observaron de cerca a unos 200 empleados en una empresa tecnológica estadounidense. La compañía no obligaba a usar inteligencia artificial, pero facilitaba acceso a herramientas avanzadas para quien quisiera probarlas. Lo que ocurrió no fue una revolución silenciosa, sino una expansión silenciosa del trabajo.
Gerentes, diseñadores, empleados comerciales, casi todos encontraron formas de integrar la IA en su día a día. Al principio, para escribir correos, organizar reuniones, resumir documentos. Pronto, para hacer cosas que antes ni se les habrían pasado por la cabeza. La IA no redujo el trabajo. Lo multiplicó.
Uno de los hallazgos más llamativos fue que la inteligencia artificial actuó como un acelerador invisible. Al eliminar la fricción inicial de empezar una tarea esa resistencia natural que todos sentimos ante una hoja en blanco, la IA convirtió cada momento en una oportunidad para hacer algo más. Escribir un informe, revisar un código, diseñar una presentación, todo parecía posible en paralelo.
El mito del copiloto pasivo
La metáfora del "copiloto" ha calado fuerte. Hablamos de la IA como si fuera un asistente que trabaja a nuestro lado, discreto, esperando órdenes. Pero en la práctica, ese copiloto nunca se desconecta. Está siempre disponible, siempre dispuesto a ayudar. Y esa disponibilidad constante rompe los ritmos naturales del trabajo.
Antes, si necesitabas ayuda, podías levantarte, caminar hasta el despacho de un compañero, intercambiar ideas. Esa pausa, ese desplazamiento, era una válvula de escape mental. Hoy, todo se resuelve en segundos con un prompt. La eliminación de esas pausas ha generado un estado de alerta permanente, donde el cerebro rara vez descansa.
Los investigadores observaron un fenómeno que describen como "multitarea perpetua". Los empleados lanzaban una consulta a la IA, y mientras esperaban la respuesta, ya estaban escribiendo otra. Y otra. Y otra. Sin transiciones claras, sin pausas entre proyectos, el trabajo se convirtió en un malabarismo constante de ideas, archivos y prioridades.
El desbordamiento silencioso
Uno de los efectos colaterales más insidiosos fue el desbordamiento de roles. Empleados del área comercial, por ejemplo, comenzaron a generar código para automatizar sus flujos de trabajo. No estaban malintencionados. Al contrario querían ser más eficientes. Pero ese código, aunque funcional, requería revisión técnica. Y quien terminó pagando el peaje fue el departamento de ingeniería, que se vio obligado a absorber tareas no planificadas, no asignadas, no formadas.
Este fenómeno no se limitó a un solo equipo. Se extendió como una mancha. La IA, al democratizar el acceso a ciertas habilidades, también difuminó los límites entre funciones, generando sobrecarga disfrazada de colaboración.
Y mientras tanto, las jornadas se alargaban. No por orden del jefe. No por presión explícita. Por voluntad propia. Empleados revisaban correos generados por IA desde casa, ajustaban presentaciones a medianoche, pulían ideas en fin de semana. El horario laboral dejó de tener bordes definidos, y la frontera entre trabajo y descanso se volvió borrosa.
¿Productividad o agotamiento?
Un informe reciente de PwC, el "Barómetro de la IA en el mundo laboral", revela que en empresas con alta implementación de IA, la productividad media aumenta entre un 20 y un 30%. Suena bien. Muy bien. Pero el informe también advierte ese incremento solo se sostiene si hay gobernanza ética y una redistribución real del esfuerzo.
Sin esos mecanismos, la eficiencia se convierte en una trampa. Los empleados trabajan más horas, asumen más responsabilidades, pero no porque sean más productivos porque están más ocupados. Y esa ocupación constante tiene un costo. Falta de sueño. Desgaste cognitivo. Errores por fatiga. Rotación por burnout.
Los autores del estudio de Harvard Business Review plantean una pregunta incómoda
"las organizaciones podrían ver esta expansión voluntaria del trabajo como una clara victoria. Después de todo, si los trabajadores lo hacen por iniciativa propia, ¿por qué sería malo?"
La respuesta está en otra advertencia del estudio
"el exceso de trabajo puede afectar el criterio, aumentar la probabilidad de errores y dificultar que las organizaciones distingan entre las verdaderas ganancias de productividad y una intensidad insostenible"
En otras palabras, no todo lo que brilla es productividad. A veces, es agotamiento disfrazado de entusiasmo.
Reinventar el trabajo, no solo acelerarlo
La IA no es mala. Tampoco es buena por definición. Es una herramienta. Y como todas, depende de cómo se use. Lo que está claro es que no basta con entregar acceso a modelos avanzados y esperar que todo funcione. Hace falta diseño. Reflexión. Límites.
Si queremos que la inteligencia artificial cumpla su promesa de liberarnos, no podemos limitarnos a hacer más cosas más rápido. Tenemos que decidir qué vale la pena hacer. Y qué vale la pena dejar de hacer.
Porque al final, el futuro del trabajo no se mide en tareas completadas, sino en tiempo recuperado, en creatividad preservada, en personas que llegan a casa sin sentir que aún están trabajando.