La inteligencia artificial galopa a toda velocidad, pero nadie parece tener las riendas. Avanza imparable, transforma industrias, redefine profesiones y desdibuja los límites entre lo humano y lo automatizado. Aunque ya estamos inmersos en su era, lo cierto es que su impacto real a medio y largo plazo sigue siendo una incógnita radical. Como anticipó John Maynard Keynes hace un siglo, hay cuestiones cuya incertidumbre no puede reducirse a cálculos ni predicciones. Simplemente, no lo sabemos.
Y sin embargo, esa incertidumbre no es inocua. En el caso de la IA, rodea tres ámbitos con potencial transformador el futuro del empleo, la integridad de nuestras democracias y, en última instancia, lo que consideramos esencial en la condición humana. ¿Qué trabajos desaparecerán? ¿Qué nuevos surgirán? Por no hablar de la pregunta más incómoda ¿qué tipo de trabajadores necesitaremos dentro de diez años? La respuesta, por ahora, es un silencio elocuente. La amenaza de un apocalipsis laboral con millones de empleos en riesgo no es ciencia ficción, sino un escenario plausible si no se actúa con criterio.
La tecnología no decide sola
Ante este panorama, resulta crucial recordar una idea poderosa la tecnología es una elección social. No cae del cielo ni avanza por inercia técnica. Detrás de cada algoritmo, de cada modelo de lenguaje, hay decisiones políticas, económicas y éticas. Esta frase, central en la obra de los economistas Daron Acemoglu y Simon Johnson en *Poder y progreso*, nos devuelve la responsabilidad a nosotros. No estamos condenados a sufrir la IA como una fuerza ajena; podemos moldearla.
Y de hecho, ya existen modelos diferentes. Tres grandes estrategias globales definen el actual mapa de la inteligencia artificial. Por un lado, la norteamericana, impulsada por gigantes tecnológicas y una regulación mínima. Su lema implícito parece ser innovar primero, preguntar después. Este enfoque libertario oligopolista prioriza la competitividad global, a menudo a costa de la privacidad, la equidad o los derechos fundamentales. La derogación en 2025 de una orden ejecutiva sobre IA segura no hizo sino consolidar esta deriva.
En el extremo opuesto, China ha elegido un camino autoritario centralizado. El Estado dirige inversiones, coordina desarrollos y aplica la IA a escala masiva en salud, educación, control social. La eficiencia es innegable. La adopción es rápida. Pero
"Este modelo facilita una adopción rápida y masiva de la IA, pero plantea serias dudas para los derechos humanos y las libertades."
Europa en busca de su propio rumbo
Entre ambos extremos, Europa ha comenzado a construir un tercer camino. No parte desde la nada. Proyectos como Mistral en Francia, Aleph Alpha en Alemania, ALIA en España o el ambicioso OpenEuroLLM, un modelo abierto y multilingüe de alcance paneuropeo, son señales claras de movimiento. Un reciente informe de la Fundación Alternativas documenta este ecosistema emergente, aún modesto frente a la potencia de Estados Unidos o China, pero con una brújula distinta.
La estrategia europea se define como democrática y descentralizada. Busca equilibrar innovación, competitividad y soberanía tecnológica con una firme defensa de los derechos humanos. No se trata solo de tener nuestros propios modelos de IA, sino de que esos modelos sirvan a una sociedad abierta, plural y justa. Las capacidades técnicas aún están por debajo, pero el diseño institucional y ético podría marcar la diferencia.
Hay una lección histórica que no conviene olvidar. En los años sesenta, la antigua Unión Soviética sorprendió al mundo con el Sputnik y con Yuri Gagarin. Fue un adelanto tecnológico espectacular. Pero su modelo centralizado no permitió la experimentación descentralizada que Occidente sí fomentó. Así, aunque ganó la carrera espacial, perdió la batalla tecnológica a largo plazo. El modelo europeo, descentralizado y éticamente arraigado, podría tener una mayor capacidad para orientar la IA hacia el bien común, no solo por su eficacia técnica, sino por su apertura al debate, a la diversidad y a la rendición de cuentas.
Un potro joven y salvaje
Mi visión de la IA es la de un potro joven y salvaje lleno de energía, que dejado suelto producirá grandes destrozos, pero que bien encinchado y dirigido a un propósito de bien común traerá grandes beneficios para el progreso.
Ese propósito de bien común tiene dos pilares claros la mejora de las capacidades humanas y el impulso de la productividad en la economía real. La IA no tiene sentido si no se traduce en mejores diagnósticos médicos, en atención personalizada, en sistemas educativos más adaptados o en servicios públicos más eficientes. Por ejemplo, en el sistema de salud, sometido a presiones demográficas y de costes que amenazan su sostenibilidad. Allí donde más se necesita, la IA puede ser un aliado, no un sustituto.
El reto no es tecnológico, al menos no solo. Es político, social, ético. El mundo necesita una alternativa a los modelos estadounidense y chino. Europa tiene capacidades para lograrlo. Pero no bastan los proyectos aislados. Hacen falta decisiones colectivas, inversión sostenida y una visión compartida. Porque al final, la pregunta no es qué puede hacer la IA, sino qué queremos que haga por nosotros.