La inteligencia artificial ya no es solo una promesa para el futuro. Está aquí, transformando sectores, acelerando descubrimientos y, según algunos expertos, con el potencial de cambiar el rumbo de las economías enteras. Pero hay una pregunta que resuena con fuerza en los círculos de política, tecnología y ciencia ¿puede la inteligencia artificial mejorar el rendimiento de los países? No se trata solo de adoptar nuevas herramientas, sino de entender si esta tecnología puede impulsar la productividad nacional, reducir desigualdades o, por el contrario, profundizar las brechas ya existentes.
La IA como catalizador de productividad
En teoría, la inteligencia artificial puede multiplicar la eficiencia en múltiples sectores. Desde la automatización de trámites estatales hasta la optimización de cadenas logísticas, los ejemplos son numerosos. David Luna, exministro de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, recuerda que los países que logren integrar la IA en sus procesos administrativos podrían ganar hasta 15 puntos porcentuales en competitividad en una década. Pero esa ganancia no es automática. Depende de infraestructura, formación y, sobre todo, de voluntad política.
El impacto más visible se observa ya en áreas como la medicina. German Arango, neuroradiólogo, explica cómo algoritmos entrenados en miles de imágenes cerebrales pueden detectar aneurismas o tumores en etapas más tempranas que un ojo humano. En algunos hospitales, la IA ha reducido los tiempos de diagnóstico en un 40%, lo que salva vidas y libera tiempo para que los médicos se enfoquen en decisiones clínicas complejas.
Pero estos avances no se distribuyen de manera equitativa. Mientras países con acceso a grandes bases de datos y supercomputadoras avanzan a paso acelerado, otros se quedan atrás no por falta de talento, sino por carencias estructurales. La brecha digital no es solo tecnológica, es institucional.
El papel del Estado más allá de la innovación
El Estado, como regulador y como actor clave en la provisión de servicios públicos, tiene un papel determinante. Víctor Muñoz, exdirector del Dapre y experto en inteligencia artificial, advierte que una tecnología tan poderosa requiere marcos éticos y regulatorios sólidos, no para frenarla, sino para orientarla. "No se trata de tener la IA más avanzada, sino la más útil para la sociedad", afirma.
Uno de los mayores riesgos es que la implementación de inteligencia artificial refuerce sesgos existentes, especialmente en decisiones de política pública. María Paula Forero, politóloga y autora del libro "Más allá de los algoritmos reflexiones sobre ética e inteligencia artificial en la era digital", plantea una pregunta incómoda ¿qué pasa cuando un algoritmo decide quién recibe subsidios, quién accede a un crédito o quién es priorizado en salud?
"No podemos delegar decisiones profundamente humanas a sistemas que no son transparentes ni democráticos", dice Forero. Su libro explora cómo los algoritmos, aunque parezcan neutros, están entrenados con datos que reflejan desigualdades históricas. Si no se corrigen, esos sesgos se perpetúan, y la tecnología se convierte en cómplice del statu quo.
Finanzas, inclusión y nuevas fronteras
En el sector financiero, la inteligencia artificial también está abriendo caminos insospechados. Juanita Rodríguez Kattah, Country Manager de Bitso, destaca cómo sistemas de análisis predictivo permiten evaluar el riesgo crediticio de personas sin historial bancario tradicional. "Estamos viendo cómo la IA permite incluir a millones que antes eran invisibles para el sistema", explica.
"La inteligencia artificial puede ser una herramienta poderosa para democratizar el acceso a servicios financieros" - Juanita Rodríguez Kattah, Country Manager de Bitso
Este tipo de aplicaciones muestra que la IA no solo mejora la eficiencia, sino que puede redefinir el concepto mismo de inclusión. Pero también plantea nuevos desafíos ¿quién controla los datos? ¿Quién responde si un algoritmo comete un error con consecuencias reales?
¿Un futuro equitativo o más desigual?
La paradoja de la inteligencia artificial es evidente tiene el potencial de elevar el rendimiento de los países, pero sin las condiciones adecuadas, podría ampliar las desigualdades entre naciones y dentro de ellas. Países pequeños con instituciones sólidas podrían avanzar más rápido que grandes economías atrapadas en burocracias obsoletas.
El verdadero desafío no es tecnológico, sino político y ético. Como señala Forero, la pregunta no es si la IA puede mejorar la productividad, sino para quién y a qué costo. La diferencia entre un futuro más justo o uno más fragmentado dependerá de cómo los gobiernos, las empresas y la sociedad civil decidan gobernar esta revolución silenciosa.